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Prólogo

“Las voces se acallan, no pueden más que esperar ansiosas oírles cantar. El telón está alzado y el espectáculo listo para comenzar...”

Por más que lo intente soy incapaz de acallar los murmullos que danzan acompasadamente a mí alrededor. Hace apenas unas horas que he comprendido el verdadero propósito de estos y a pesar de que creía que se limitaba al simple hecho de hacerme perder la cabeza, de desconcertarme y obligarme a evadirme de mi propia realidad, me sorprendí al averiguar que su efecto reside justamente en lo contrario. Pues son precisamente ellos, con su insinuante y atrayente sonido quienes revelan mi secreto, el tormento de mi anhelo...…

“No soy yo”

Nunca lo soy. Aunque eso parece dar igual.

Me es extrañamente conocido este peculiar sentimiento que lleva azotándome desde hace, aproximadamente, dos horas. No es rabia, ni rencor, ni siquiera el miedo que deben sentir las personas que están en mi situación, sino la terrible confusión de no saber dónde estás o peor aún...…el por qué estás aquí. Y por primera vez en días vuelvo a no sentir miedo, sino verdadero pavor.

Pero al menos no estoy sola, esta vez no. El vacío que devora mi interior no tiene cabida en estos momentos, al igual que la culpabilidad que extrañamente no siento. Aunque no puedo evitar darme cuenta que algo, demasiado fuerte y alto, me dice que debería. A pesar de todo, sonrío, sin saber si quiera el porqué.

Sus voces son tan familiares que a veces las confundo incluso con la mía. Me obligo a no plantearme todo lo que esto significa, ni siquiera si son ellas las culpables de que me encuentre en esta situación. Sólo sé que sin ellas aquí, estas cuatro paredes desnudas y frías se abalanzarían sobre mí y me comerían. Entonces sí que me abandonaría a la jauría de oscuridad y desconcierto que me intenta embaucar.

Lo que nadie sabe es que cuando lloro, ellas lloran. Si río, festejan conmigo. Y si por algo me entristezco, ellas claman por su merecida venganza.

Noto varias decenas de ojos clavados a mi espalda. Son duros y fríos, sin compasión ni comprensión por lo que estoy viviendo. Y aunque soy capaz de ver el movimiento de sus labios, su intención de dirigirse a mí, lo único que llega a mis oídos son las voces de Musetta y Marcello [1] confesándose su incontrolable amor a las puertas de Momus [2], al final de un bello y destartalado segundo acto.

La música me mece y por un mísero segundo, me encuentro tranquila y en paz. El miedo y la confusión se han ido. Me siento terriblemente adorada sobre un escenario imaginario, mientras mi voz se eleva y sustituye a las que antes me distraían. Ese sueño imposible me vuelve a invadir y sé que no es real, pero en estos momentos es lo que menos me puede importar. Tengo el público a mis pies, pero eso tampoco me distrae. Las notas se escapan de mi garganta, libres, corriendo a un lugar a donde me gustaría llegar. Una sombra difusa oculta el rostro de mis camaradas, pero eso no importa, sé perfectamente de quienes se tratan. Llevamos demasiado tiempo juntos como para no saberlo.

Sólo puedo pensar en que por fin, se acerca el gran final.

El barítono y la soprano se funden en una sola voz. Una voz que lo único que es capaz de transmitir es amor. Amor bohemio, pero amor sin límites al fin y al cabo. Los oídos que nos escuchan se estremecen y el salto unísono de los corazones que pueblan la sala es casi tan atronador como nuestra confesión. Puede que no tan bello pero sí lo bastante conmovedor para que una lágrima surque nuestras mejillas, amenazando con destrozar —o si tenemos suerte, mejorar— nuestro perfecto escenario de humo y corcheas sueltas.

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