El hombre eterno

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Alberto observó el rectangular espejo que tenía situado en el salón. Un día más, como cada semana, mes, año anterior, su imagen impertérrita le devolvía una enigmática mirada. Terminó de ajustarse la corbata y retiró sus ojos de la pulida superficie.

—Alberto, ¿vas ya a la entrevista? —La voz de su esposa salió con fuerza de la cocina.

—Sí, cariño. Deséame suerte.

—Oye —Luisa abrió la puerta de la cocina, haciendo que un fuerte olor a pescado frito inundara todo el apartamento—, no te olvides de comprar un par de litros de leche. Desnatada, ¿vale?

El hombre asintió mientras sonreía. Sin embargo, incluso antes de abandonar el lugar ya sabía que no podría cumplir con el encargo de su mujer. Había llegado el día.

Alberto Sanz tenía cuarenta años. Los que le conocían de tiempo afirmaban consternados que se mantenía tan joven como cuando tenía veinte. Poco podían imaginar que, antes de eso, Alberto Sanz no había existido. Dos décadas atrás, Fernando Castillo, de cuarenta años, dejaba su casa para morir; morir y volver a nacer. Aquella no fue la primera vez que realizaba ese ritual, ni ésta iba a ser probablemente la última.

Mientras salía del portal a la aún despejada calle, los pensamientos de Alberto regresaron precisamente a ese momento, a la muerte de Fernando. Por aquel entonces estaba también casado, y además tenía dos hijos, descendencia que por sus experiencias pasadas sabía que no tendrían el mismo destino que él. Y lo agradecía enormemente. No podía recordar cuánto tiempo hacía desde que todo comenzó; su infancia se diluía con relatos, historias y leyendas, y le era imposible la mayoría del tiempo recordar lo que ocurrió realmente, por no decir cuándo. Sí que se acordaba de la primera vez que su extraño don fue descubierto.

Contaba en esos tiempos con una edad que, por sí misma, llamaba la atención de sus conciudadanos. Puede que sesenta o setenta años, no estaba seguro de eso. Lo que sí sabía era cómo le miraban por la calle, cómo temían y posiblemente envidiaban su longevidad; y recordaba con toda claridad la llegada de los hombres que convirtieron sus siguientes años en un infierno. ¿Los siguientes años? En realidad, el legado de aquello le perseguía incluso ahora, cientos de años después. El miedo a ser retenido, estudiado, diseccionado... no iba a pasar otra vez por eso. Antes moriría; de nuevo.

Así llevaba haciendo durante sus últimas “vidas”. Veinte años, ese era el tiempo que se había marcado; lo bastante como para poder convivir sin llamar la atención y seguir con su, de momento infructífera, investigación.

Una solitaria lágrima rodó por su mejilla mientras se despedía de su familia, sus amigos, sus compañeros de trabajo. Ya debía haberse acostumbrado a aquello, pero lo cierto era que una fuerte punzada atravesaba su corazón los momentos antes de su evasión. Claro que el dolor que le iba a causar su muerte tampoco hacía el trago más agradable. Dejó el periódico que le habían dado a la entrada del metro en un asiento y se acercó al borde del andén. El próximo tren estaba a punto de efectuar la entrada.

Bien.

***

—Mi más sentido pésame, Luisa —dijo uno de los hombres que se encontraban en el cementerio. Ésta hizo un movimiento de agradecimiento, pero no pudo decir nada. Tan solo podía mirar el ataúd, aún abierto, en el que se encontraba el cuerpo sin vida del que había sido su esposo durante más de diez años. En ese instante no sabía de la cuantiosa cantidad que el seguro la pagaría unos días después, ni que reharía su vida precisamente con el hombre que acababa de darle el pésame y cuyo nombre, en ese momento, era incapaz de recordar.

Solamente pensaba en Alberto.

***

—Oiga —dijo el hombre con seriedad—, si han extraviado mi partida de nacimiento no es culpa mía. Arréglelo lo antes posible.

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