Luna de sangre

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Al principio no pensé que sería algo malo. Muchos creen que ser perseguidos por una chica es genial, pero... ya no se siente tan bien.

Desde pequeño me ha parecido hermosa, ahí arriba, con su brillo blanco iluminando las noches, rodeada con una aureola de estrellas. Es única. Quién hubiera creído que se fijaría en alguien tan insignificante como yo, y por algo tan absurdo. Yo solo había querido pintarla.

Me la encontré en el bosque, ahí donde ella era la única luz. Estaba preciosa como siempre, con su blancura tan limpia, que no pude evitarlo preguntarle:

–Luna, disculpe, ¿podría pintarla?

En ese momento no esperaba respuesta, no una que no fuera su indiferencia; pero ella me miró, asintió con la cabeza y posó para mí.

Pinté durante una semana. Cada noche nos encontrábamos, yo continuaba mi cuadro donde me había quedado, y ella solo se quedaba ahí. Cuando lo terminé se lo mostré, y ella se sonrojó. Nunca había visto una luna tan roja, ni tan linda; pero al instante se marchó. Pensé que no le había gustado el resultado de mi obra, y quise buscarla para disculparme por ofenderla, por no haber podido plasmar toda su magnificencia con mis manos mortales; mas en la tierra no la volví a encontrar.

Lo mejor hubiera sido seguir viéndola ahí arriba, lejos, muy lejos de mí.

Una semana después de ese incidente fue cuando comencé a sentir como que alguien me seguía por las noches. Salgo de la Academia de artes a las 6 pm, y a cada paso que daba sentía algo, una cosa persiguiéndome desde la distancia. No se trataba de ningún asaltante, pues nunca fui atacado; aunque ahora que lo pienso hasta ese escenario hubiera sido mejor, más simple y normal.

Un día logré verla. Era ella, era la Luna. Tuvieron que pasar dos semanas hasta que pude verla, y mi primer pensamiento fue de alegría y tranquilidad. Al final de todo, no me odiaba. Hubiera querido que me odiara. Traté de acercarme, pero ella mantenía su distancia. Me decía algo, pero no podía escucharla.

*

La Luna estaba afuera de mi casa, esperándome, esperando que saliera por ella. Ya han sido dos meses desde que me enteré de que mi acosador era la Luna. Salí a darle el cuadro, pensando que eso era lo que buscaba; pero ella nunca lo vio, solo me miraba a mí, y me dijo:

–Humano, vuélveme a pintar.

Y lo hice, una, dos, seis veces más. Me llené de cuadros de ella, porque cada vez que terminaba uno, ella sin verlo desaparecía, y al tiempo regresaba pidiéndome otro.

Ya ha pasado un año desde la primera vez que pinté a la Luna y que ella me sigue. Y hasta hoy me di cuenta de que en todos mis cuadros me está viendo, con esos ojos claros fijos en mí, como si fuera su presa y no quien la retrata.

Cada vez que la veía fuera de mi casa ya sabía lo que quería. Todo esto comenzó a parecerse un juego, uno que ella mantiene y que parece no tener fin. A veces me preguntaba si llegaría a viejo sirviéndole, como un perro fiel que solo complace a su amo, cumpliendo cada uno de sus caprichos.

*

Hoy, por primera vez en más de un año, no me ha seguido. Quizá se aburrió de mí, quizás encontró a alguien más o simplemente decidió volver al cielo a estar rodeada de estrellas. Fuera lo mejor.

El camino a casa ha estado tranquilo, y parece ser una buena noche... O eso pensaba antes de ver la puerta de mi casa abierta. Mi padre nunca saldría de noche, no sale ni de día, y no recuerdo tener enemigos. ¿Hoy sí serian ladrones? No se ve nada desordenado, al contrario, todo está muy limpio. Llamo a mi padre, pero no contesta. Se escucha que hay alguien en mi habitación. No encontrará nada ahí, solo hay pinturas, unos cuantos bocetos, y una mesa llena de ropa que ya no recuerdo si está limpia o sucia. Tomo un paraguas, me armo de valor y entro.

No debí hacer esas pinturas, esas malditas pinturas de la Luna, y nada de esto estaría pasando. Ahí está, parada en medio de mi habitación, rodeada de ella misma. Hermosa y deslumbrante como siempre, me mira.

– ¿Cómo es que entraste aquí? ¿Por qué no está mi padre en casa? ¿Cuántos cuadros más me harás hacer? –Ella solo me ve y camina hacia mí.

– ¡No, aléjate de mí, ya no entiendo porque no me dejas en paz! –Mi interior duele, tengo... tengo miedo de ella.

–Humano, tú no necesitas a un padre. Solo me necesitas a mí –Sus mejillas se tornan ligeramente rojas.

– ¿Qué le has hecho a mi padre? ¿Dime dónde está? –Mis rodillas chocan bruscamente en el suelo, el paraguas yace en el piso.

– ¿Qué pasa, por qué hay lágrimas en tu hermoso rostro? He venido a llevarte, así que vámonos.

Tengo miedo, miedo de lo que hizo, miedo de lo que puede hacer. Definitivamente es superior a mí, es la Luna. ¿Que soy yo en comparación? Me aterra ir con ella y no volver. Quiero odiarla, pero su hermoso y blanco rostro no me lo permite, sus penetrantes ojos que tocan hasta mi alma y no la quieren dejar correr. Pero no quiero, no quiero estar con ella, tengo una visión de lo que quiero que sea mi futuro, quiero pintar (y no solo el cielo nocturno), quiero viajar, conocer nuevas cosas, quiero casarme y formar una familia. No quiero perder nada de eso, no quiero vivir amarrado al capricho de una deidad.

–No, ¡No! ¡No quiero ir contigo, ya no te quiero pintar, yo no te quiero más, te odio, déjame ya en paz, devuélveme a mi padre, devuélveme mi vida!

–Pero, humano, ¿qué cosas tan crueles dices? Nosotros nos amamos, ¿no es así? ¿Por qué quieres alejarme? Hemos estado juntos por mucho tiempo. Yo he venido para darte mi corazón y que tú me des el tuyo, y así compartir nuestro amor –Es preciosamente aterradora.

–Yo... yo no te amo... te odio, realmente te odio, Luna. Si no fuera por tu maldita belleza, si tan solo nunca te hubiera pintado... –Me levanto, la veo. Sus ojos, luceros de enamorada, ya no se ven felices–. No quiero volverte a ver, si no es arriba en el cielo, lejos, muy lejos de mí –No puedo estar más aquí, como un cobarde salgo de mi propia casa, como un cobarde huyo de su amor.

Corro por el sendero del bosque, cada vez era más oscuro. Ya debería haber llegado a algún lugar, pero entre tanta oscuridad confusa me he perdido. Perdido con ella, pues entre los arboles miro cómo se acerca, es la única luz en el bosque. Persigo la oscuridad y escapo de la luz, que irónico.

Entre tanta noche y carrera, me golpeo contra los árboles, cayendo más de una vez con las raíces de los mismos. El silencio es tanto que puedo escuchar cada latido de mi corazón, cada respiración cansada y angustiada que se emite de mí.

–Por favor, deja de seguirme... déjame te lo suplico...

Llego a un claro, la Luna está justo sobre mí, y no piensa moverse. Me cuesta respirar, estoy muy cansado.

–Si no piensas darme tu amor por tu voluntad, lo arrebataré de ti –La Luna brinca sobre mí, abriendo mi camisa y dejando mi pecho descubierto. Con sus heladas manos dibuja corazones en él–. Lo malo de los humanos es que son muy tercos.

Realmente es bella.

Con sus delicadas manos atraviesa mi pecho, y como un par de puertas lo abre sin más, dejando a la vista mi corazón palpitante, hasta que lo arranca.

–Ahora que tengo tu corazón debes amarme. Yo ya te amo, así que viviremos felices juntos.

Está cubierta de sangre, su perfecta blancura está sucia. Sus largos cabellos blancos abrazan mi rostro, y sus labios tocan los míos con una pasión muerta.

Una luna de color rojo ilumina a una bella mujer y a un cadáver triste, muchos desde sus casas deben estar admirándola, bella, brillante y roja luna de sangre.

Una luna de color rojo ilumina a una bella mujer y a un cadáver triste, muchos desde sus casas deben estar admirándola, bella, brillante y roja luna de sangre

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