Recuerdo bien cuando la maestra escribía el abecedario, como dibujaba cada una de las letras con tanta precisión. Se veían tan hermosas ahí posadas, llenando el blanco de la pizarra con líneas y curvas. Tan quietas e inofensivas, hasta el momento en que la maestra decía:
-Número 25, lea la primera línea.
Es ahí cuando todo se desmoronaba. Me levanté de mi asiento y con la voz temblorosa comencé a leer. Sin embargo, en el momento en que mis ojos intentaban seguir a las letras, estas se comenzaron a mover, construyendo palabras diferentes y extrañas.
La maestra me detuvo, corrigiéndome, y pidiéndome que volviera a empezar, mientras golpeaba rítmicamente la punta del plumón contra el escritorio. Mi cabeza comenzó a dar vueltas, sentí nauseas, mis ojos de repente empezaron a gotear...
Ese día armé una escena, que terminó con burlas y regaños por parte de mis compañeros y maestros. Desde ese día, evitaba leer en voz alta lo más posible.
Cuando iba a quinto grado nos dejaron de tarea leer una obra para un control de lectura. En mi casa nunca leía, y si lo hacía era muy poco. Las conversaciones en el colegio giraban en torno al libro:
-¿Por qué parte de la obra vas? ¿Recuerdas cuando el Principito encuentra al zorro? ¿Qué te pareció la rosa?
Yo solo me limitaba a asentir a lo que decían los demás e intentaba recordarlo para no tener que leer por mi cuenta.
El día del examen me fue mal, pues las preguntas me parecieron confusas. Volteaba la cabeza y miraba como poco a poco mis compañeros entregaban sus papeletas, regresando a sus pupitres con expresiones de alivio o satisfacción. Yo no pude sentir ninguna de las dos, y cuando entregué mi propio examen la sensación fue más como de resignación. Aunque sé que hice mi mayor esfuerzo, mis padres no opinaban lo mismo.
-¿Crees que el dinero crece de los árboles? Si no quieres estudiar, ¿para qué te pagué colegio?
Esas palabras me apuñalaron el corazón, acompañándome durante años. Había quienes me decían que tenía mucha imaginación, otros que mi actitud era infantil e irresponsable, que todo era mentira. Pero nadie realmente se tomaba el tiempo para escucharme:
-Créanme, las letras... son ellas las que me molestan con sus tontos juegos y bailes.
Eran ellas las que correteaban por las páginas, cambiándose de lugar, girando, torciéndose para crear nuevas formas y palabras. Eran ellas quienes, con sus bailes, me quitaron la comprensión de mis padres y maestros. Así aprendí a no hablar de mis problemas. Esa pelea era solo entre las letras y yo.
Un día me mandaron a la consejería escolar, igual que a los niños problemáticos. Pasé adelante y la consejera ya estaba esperándome, mientras me invitaba a sentar. Por lo que fuera que me estuvieran incriminando, no había sido yo, fueron las letras. Siempre eran ellas. Pero hoy finalmente las denunciaría, limpiaría mi nombre.
Mientras le contaba a la consejera escolar, ella se mantenía en silencio.
-No comprendo por qué siempre soy yo quien está aquí y no ellas, ellas son las que causan alboroto, no yo.
No me percaté que alcé mi voz muchas veces, pero ella solo escuchó. Pegué mi espalda al asiento con la cabeza agachada, pensando que en cualquier momento me regañaría; pero en su lugar dijo:
-Entiendo. Ya puedes regresar a clases, yo me encargo del resto, ¿de acuerdo?
Me fui con curiosidad, ella estaba mandando un correo a mis padres, y pensé que estaría en problemas, pero para mi sorpresa no fue así.
Al día siguiente me llevaron con un psicólogo. No pude evitar pensar que la consejera les había dicho que había perdido la cabeza. Y tal vez sí la había perdido, creo que cualquiera que ve a las letras bailar la perdería.
Mientras esperaba mi turno me encontré con un niño que también esperaba, y nos pusimos a hablar. No tengo memoria de nuestra conversación, pero sí recuerdo cuando me dijo que él también veía a las letras bailar. Y fue hasta ese instante que pude sentirme "normal" por primera vez, que no era solo yo en el mundo, sino que ahí afuera también había muchas personas atormentadas por las letras y sus danzas escurridizas.
Ese día cambió toda mi perspectiva, y aún después de tantos años, lo recuerdo con cariño. Logré graduarme con honores, tengo una buena posición en mi trabajo, y aunque sigo luchando contra las letras día con día, me enorgullezco de decir: "Tengo dislexia ¿y qué?". No todos pueden nacer siendo amigos de las letras y eso no es su culpa ni la de nadie; pero sus bailes ya no me impiden crecer, sus múltiples intentos de confundirme no me harán retroceder nunca.
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Entre Rizos
General FictionColección de cuentos varios pertenecientes a @Tipleoveja (quien al no tener cuenta propia en Wattpad y que le diera flojera crear una me pidió publicar sus relatos aquí).
