Capítulo único.

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Un hombre como él debía empezar cada día retocando la mitad de su cuerpo, siempre había que disimular las grietas para no ser descubierto, así era su rutina. Desde que un día despertó con su lado izquierdo hecho arcilla, había acudido a un artista quien le enseñó a cubrir sus imperfecciones y aparentar ser un humano completo. Aquellos como él eran seres divididos en dos.

Pasar desapercibido era sencillo una vez practicado. Con una pintura bien aplicada como el maquillaje más profesional, hasta la más rígida de las pieles se vería delicada y natural, imposible de desenmascarar su realidad hasta ser palpada. Aun así, muchos optaban por cubrirse con mangas largas e incluso guantes. Mientras menos estuviera a la vista, menor riesgo corrían.

A pesar de esto, sus vidas eran relativamente normales si se les comparaba con un humano de carne y hueso. Se trataba de una maldición que recaía en los que sin estar conscientes de lo que deseaban, aseguraban querer ser más fríos, nada de sentimientos guiándolos en sus decisiones. Como resultado, estas personas se convertían de algún material duro en la mitad de sus cuerpos, manteniendo la otra intacta.

En ellos, cada sensación era percibida a medias. Todo el tacto desaparecía del lado afectado. Todo frío o calor, toda emoción, todo indicador era captado solamente por la fracción ilesa. Por la otra eran una piedra.

Él, un joven cansado de ser manipulado por sus propios sentimientos, sucumbió ante la desesperación y, durante la noche, repitió continuamente su ansia de no dejarse llevar jamás hasta quedarse dormido. A la mañana siguiente, se espantó —no tanto como hubiese esperado— al hallar su izquierda tan rígida, entendiendo lo que había hecho luego de pensarlo con más calma, pero menos de la normal.

A partir de ese momento, se vio forzado a aprender a vivir como un hombre incompleto. La mayor diferencia, aparte de su aspecto, era la insensibilidad. Era como si esa sección de sí mismo fuese inexistente, un fantasma, un vacío, sólo que era totalmente visible y ahí se encontraba. Eso sí, le agradaba que hacía efecto. Más nunca se desvió de sus objetivos por culpa de la tristeza o de la alegría, más nunca se apegó demasiado a algo o alguien, más nunca estuvo muy hambriento o sediento.

Más nunca, hasta cansarse de ser un medio hombre de roca.

No ser sentimental era productivo, le estuvo yendo mejor en los negocios desde que la arcilla se apropió de su zurda, sin embargo, era frustrante no ser capaz de sentirse completo. Esa condición fue soportable hasta que una atracción aceleró la porción susceptible de él. Una mujer tan suave como algodón era la electricidad que ponía a trabajar sus cortadas emociones.

Incompetente para amar, un ser incompleto era un rompecorazones perdido en la soledad que su maldición le imponía. Algunos sobrevivían solos, otros no aguantaban el frío que medio cuerpo ocupaba. Él no resistió lo despoblado que era su corazón. En contradicción a lo que un día le originó su dureza, visitó al más sabio de su región, contándole su desgracia e implorándole una solución, llorando del ojo derecho, seco del ojo izquierdo.

El sabio, sereno como de costumbre, le comunicó que el remedio lo hallaría en un excedente. Esas personas eran lo opuesto a los incompletos, puesto que la mitad de sus cuerpos era de algún componente suave, agradable al tacto. Ellos apreciaban más que cualquier otro, incluso eran capaces de transferir sus sentimientos a los demás. Alguien así era la cura perfecta para los inconmovibles como él.

Medio sonriente, provocó la aparición de aquella chica en su mente. De verdad anhelaba brindarle el amor que merecía una criatura tan adorable. No sabía por qué le producía tanta viveza recordar su delicada imagen y su aterciopelada voz. Era tanta la calidez que lo abrigaba al estar a su lado que sospechó que quizás estaba por rebasar el límite de humanidad que su cuerpo podía contener.

Tardó días en reencontrarse con la muchacha que despertaba su afectividad. Al comprobar que lo llenaba con sólo su presencia, no dudó en sus capacidades extraordinarias de contagiar lo que exteriorizaba. Esa blanca sonrisa y las hermosas palabras que emitía no eran las de cualquiera, eran las de un excedente, el excedente que rellenaría su espacio vacío.

No se separó de ella durante semanas en las que resucitó las partes oxidadas de su ser, lentamente fue recuperando lo que algún día extravió por egoísmo. Su corazón latía más veloz, sus labios se curvaban, su ojo diestro brillaba por sí solo, sus facciones se suavizaban, sus brazos se abrían a ella, su sangre ardía y su derecha no contaba con el lugar suficiente para lo que experimentaba.

Lentamente, la arcilla fue cediendo, ablandándose y devolviéndole su lugar a la carne y al hueso que en el pasado habían conformado ese lado, permitiéndole al joven ser completo después de una larga espera. No más pintura, no más frío, no más ocultamiento, no más inconformidad, lo que ahora era él sólo se podía definir con una palabra:

Humano.

Piedra Humana.¡Lee esta historia GRATIS!