El colgante

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Jack despertó aquella mañana sintiendo como si la Tierra le sonriese. Y efectivamente, podía ser así. Aunque había que reconocer que Jack no era lo que llamábamos un chico con suerte. Decidió levantarse rápido, sino llegaría tarde a clase. Otra vez. Llevaba tantos retrasos que ya ni se acordaba de la última vez que oyó escuchar el timbre una vez en clase. Se preparó un desayuno rápido que ni se terminó por falta de hambre, y se preparó para salir de clase. De repente, el timbre de su móvil lo despistó un segundo.

"Supongo que te acabas de despertar. ¿Hoy tampoco te voy a buscar?" - Era su mejor amiga, Fanny. Jack no tardó en contestarla: "Hoy sí, ya casi he acabado". Un "Oh" sorprendido fue toda respuesta de Fanny. Al acabar de vestirse, Jack oyó el timbre de la puerta de su casa. Fanny, suponía. Cogió su mochila al vuelo y abrió la puerta.

- Hola. - le saludó su mejor amiga. El otro correspondió el abrazo y juntos marcharon camino al instituto. El camino era fácil, aunque en varios zigzags, era rápido, y no hacía falta subir una de esas interminables escaleras que caracterizaban la ciudad en la que vivían.

Pero por desgracia, tras recorrer tan sólo unos metros, los dos amigos se toparon con Gull y su tropa. El motivo por el que Gull era un problema no es muy importante para esta historia. Digamos que era un poco como el matón del instituto, y que él y Jack no se llevaban precisamente bien. Cuando Jack lo vio en su reluciente bicicleta, de la que fardaba todos los días, dejando en claro el que se sentía orgulloso de haberla restaurado él solito, arrastró a Fanny hacia la esquina más cercana rezando porque Gull no le hubiese visto. Por desgracia, ya era demasiado tarde.

- ¡Hombre, pero si es Jackie Cara Moco! - exclamó Gull cuando Jack estaba a punto de desaparecer. Él se dio la vuelta, y le gritó a su contrario:

- ¿Qué es lo que quieres, Gaviota? - le dijo Jack a su contrario.

- Crujirte un poco más la cara. - gritó Gull a su contrario, enfurecido por el apodo que le ponía toda la clase debido a su nombre, en este caso Jack. Gull se montó en su bicicleta, y todos sus amigos le imitaron. Jack entendió entonces que debía correr por su vida. Empezó a correr, mientras Fanny se encargaba de adelantarle.

- Tú por aquí, yo los despisto - gritó su amiga.

- Fanny, no - dijo Jack.

- Escucha, vienen a por ti, no a por mí. - dijo Fanny, convencida por el valor. Jack no estaba de acuerdo en abandonar a su amiga, pero no había tiempo para pensárselo mucho. Empezó a correr de nuevo, y decidió girar hacia el antiguo callejón delante de la droguería. Y ahí sí que había escaleras que subir.

Jack se paró a respirar un momento, pero al escuchar el ruido de las bicis acercarse, decidió que no había otra opción. Empezó a subir las escaleras, de dos en dos, de tres en tres.

Pero su torpeza legendaria le volvía a jugar una mala pasada. Finalmente, este no iba a ser su día de suerte. Pisó un papel que le hizo resbalar, y comerse un escalón.

Cuando por fin volvió a la realidad, se sentó en uno de los escalones, aquel que le había hecho jugar una mala pasada. Observo el papel que le había hecho resbalar un par de escalones más abajo.

Un envoltorio de hamburguesa. La gente era demasiado guarra. Pero Jack no se fijó solo en eso, sino en lo que había justo debajo: una extraña luz azul iluminaba el papel amarillento por la grasa.

Jack quiso levantar el papel, pero de repente, un ruido hizo que levantara su mirada. Vio como el grupo de matones pasaba por delante del callejón sin siquiera pararse.

Eso hizo relajar un poco el corazón de Jack, que ya iba a mil mientras que un hilillo de sangre le resbalaba por la frente. Se había tenido que hacer una fea brecha.

Se tocó instintivamente la sangre, y un agudo dolor le señaló que no tenía que tocar esa parte. Así que decidió centrarse en aquella luz azul que atraía su atención. ¿Qué podía ser?

Levantó el papel de hamburguesería y se encontró con un extraño colgante de cuerda, con un medallón de piedra que era el que emitía la luz, ya que en el centro tenía un agujero de donde salía lo azul.

Jack le dio varias vueltas, para comprobar cómo un trozo de piedra podía emitir tanta luz. Pero por detrás no había nada, sólo más piedra lisa que daba la vuelta al medallón.

- ¡Ey!, Estás aquí. - la voz de Fanny hizo que se sobresaltara. Por suerte, no eran Gull y sus matones que venían para una segunda carrera. Se guardó rápidamente el colgante en su bolsillo. Ya lo observaría con más atención más tarde, porque había algo en ese colgante que no le parecía normal, aunque no pudiese decir el qué.

Ambos amigos se redirigieron al Instituto, aunque siendo muy cuidadosos a la hora de girar en las esquinas, por si acaso se encontraban con él. Por suerte, no fue así, y pudieron tener un paseo más o menos tranquilo, aunque aquel incidente había provocado que llegaran tarde otra vez.

Al llegar a su clase, el profe los apuntó en la lista. Gull no estaba, y eso significaba que podrían estar tranquilos por lo menos las tres primeras horas. Ese tío no solía madrugar, y si lo hacía, era para estar con sus amigos.

Clase de matemáticas. Jack se sentó en uno de los pocos huecos libres de la última fila y volvió a sacar el colgante. Más tarde Fanny le explicaría lo que habían estado haciendo en Mate. Jack no era de los alumnos que solían captar las explicaciones del profesor a la primera. Tras inspeccionar un poco más el colgante, decidió ponérselo, ya que no le parecía lo más bonito del mundo, pero mejor ahí que en su estuche. Y entonces, ocurrió. Jack aulló de dolor, interrumpiendo la clase de Matemáticas.

Jack y la leyenda de los susurradoresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora