El Bibliófilo de Bilgi

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—¿Sabe qué pasó con los vendedores de libros? —se animó a preguntar Yonah, atormentado por la carga de tener que esperar otro mes sin sus textos nuevos.

—Te estaba esperando —dijo el viejo mientras con una mueca le invitaba a acercase.

—¿Cómo? ¿Me conoce?

—Eso no importa. Tengo algo para ti.

Removió la manta hasta dejar libre lo que envolvía. Era un libro de tamaño considerable. En la portada se leía: “Tomo único” y no tenía el nombre del autor.

—¿Qué libro es éste? —preguntó Yonah intrigado.

—El libro que has estado esperando.

—Lo siento, creo que me confunde… yo no he encargado nada.

—Lo has estado esperando desde siempre Yonah, ¿o prefieres que te llame “Bibliófilo de Bilgi”?, tómalo.

Escéptico y sin prestar mucha atención a la pregunta alzó el libro para hojearlo. Los temas le parecieron interesantes, algunos párrafos que leyó le fueron una delicia, el uso de las palabras estaba en su punto. Algo se apoderó de él: el deseo de poseerlo, el afán por el placer, la ambición del saber. Inquieto por empezar la lectura se dirigió al viejo.

—¿Cuánto quiere?

—¿Cuánto cargas contigo?

Sacó todas las monedas que portaba y las puso sobre la mesa. 

—Con esto es suficiente, de cualquier forma no ibas a necesitarlas más.

Yonah no comprendió lo que el viejo quiso decir y no le interesó cuestionarle. Dio la vuelta y dirigió los presurosos pasos hasta su estudio.

—¡Se feliz, disfrútalo, trata de entenderlo, no te obsesiones con los porqués! —gritó el viejo mientras veía a Yonah alejarse.

Tomó asiento y abrió el libro. No tenía presentación, ni prólogo, ni índice. Pensó que era perfecto que fuera directo a los asuntos que trataría. Las oraciones parecían leerse a sí mismas con una voz firme y fuerte pero agradable, dotada de pausas, énfasis y alternando intensidad. Pasaba igual con los temas que se entremezclaban como notas musicales bien seleccionadas: ya trataba un tema de política como uno de moral, citaba un evento histórico y emitía juicio filosófico sobre él o ahondaba en detalles pero no cansaba. La magia de la narración encerraba y atrapaba con cuestionamientos improbables para luego mostrar la eufórica salida. Cada página le parecía un viaje hasta los confines del entendimiento. 

La noche se había adueñado de la fecha y Yonah, cansado pero aún con fuerza, se dijo que era mejor descansar para poder absorber de mejor forma lo que el texto tenía por enseñarle. Cerró el libro recordando la página en la que se había quedado y se retiró a su habitación. El sueño fue profundo y reparador, acaso por la satisfacción de cómo había empleado su tiempo.

Agitado y anhelante se obligó a levantarse a la misma hora y a tomar su taza de café. Cuando la terminó se dirigió al estudio y abrió el libro tratando de ubicar la página en la que se había quedado, pero la búsqueda escapaba al sentido común. Las primeras páginas del libro, todas las que leyó el día anterior, habían desaparecido y no estaban arrancadas, el libro estaba en perfecto estado o al menos tal cual lo había adquirido.

Recordaba que se había detenido en la página setenta y siete y era precisamente esa la página en la que el libro iniciaba. El libro tampoco parecía ser más pequeño de su tamaño original. Era como si su contenido hubiese crecido. Lo dejó en la mesa y se tendió sobre la silla. Quería seguir leyendo pero le consumían las ganas de entender lo que había pasado. Fue hasta luego de varios minutos que decidió tomar el libro y examinarlo, buscar algo que le diera una pista o algo que explicase el truco. 

Rendido procuró olvidarse del sinsentido y dedicó el resto de horas a continuar con la lectura que resultaba tan deleitable como el día anterior.

A la noche le costó más conciliar el sueño. Después de unos minutos se levantó para revisar el libro pero nada había cambiado, estaba como lo dejó la última vez. Nuevamente se acostó y fue muy de madrugada que logró adentrarse en el mundo de la inconciencia.

Al despertar olvidó su rutina, se dirigió al estudio y comprobó que el libro había cambiado, ahora iniciaba en la página ciento setenta y tres, la última del día anterior. 

Salió de casa. Fuera todo parecía normal. Preguntó a quienes veía por la calle si sabían algo de la persona que había llegado a vender libros la última vez. Nadie le dio razón y argumentaban que si alguien sabía del tema tenía que ser Yonah mismo. Caminó por las calles buscando, tratando de adivinar algún rostro o algún gesto. Todo fue inútil. Malhumorado regresó a casa a continuar con la lectura.

A la noche quiso terminar con todo de una vez. Procuró no dormir y seguir leyendo hasta llegar a la página final. Luchó con todas sus fuerzas para permanecer consciente pero la naturaleza y el tiempo le vencieron. Eran las once de la mañana del día siguiente cuando se quedó dormido y no había logrado llegar a la mitad del libro siquiera. Cuando despertó había cambiado. 

Siguieron pasando los días y Yonah seguía en la lucha por alcanzar el final. El placer de la lectura iba quedando atrás derrotado por el deseo de descubrir lo que pasaba. Cada vez se preocupaba menos por las comidas. Marielos, la señora que llegaba a ordenar, lo vio como encantado en el estudio, como poseso, pero acostumbrada a sus rarezas, no comentó nada. Entró y salió como si todo fuera normal. Tan solo tres semanas después fue testigo de cómo Yonah envejeció diez años. 

El martes siguiente Marielos se dirigió a la cocina. Vio que prácticamente no había nada que ordenar y fue al patio trasero a buscar algunos trapos con qué sacudir el polvo. Cuando llegó al estudio vio el cuerpo casi desnudo de Yonah que había resbalado de la silla. Escrito con perforaciones profundas y aún ensangrentadas se podía leer por todo su brazo, la pierna y en el torso del lado izquierdo, repetida, la palabra “Fin”. Del lado derecho del cuerpo estaba tirado un cuchillo con muestras de sangre. Los gritos alarmaron a los vecinos que corrieron en auxilio de la desdichada. La escena era desagradable y algunos salieron al nomás entrar. Afuera todos comentaban la desdichada y trágica muerte del “Bibliófilo de Bilgi”; otros se quedaron tratando de armar conjeturas antes que las autoridades se presentaran. Solo encontraron en el escritorio un libro que decía en la portada “Tomo único”, cuyas páginas estaban todas en blanco.

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