El Bibliófilo de Bilgi

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En aquel pueblo armado de grises y marrones se hacía muy llamativo cuando alguien se atrevía a añadir color y alegría al cotidiano vivir. Un reflejo de la vida y rutina de los habitantes del lugar: sin altibajos, sin pesares y sin ambiciones. Trabajaban, comían, charlaban y dormían, sabedores de que mañana sería igual que hoy. Los pocos que entendían una vida distinta se marchaban y nunca se volvía a saber de ellos, ni se les mencionaba entre quienes quedaban. Un desertor con derecho a marcharse y a ser olvidado.

Hacia el sur de la plaza central, a escasas tres construcciones, había una pequeña casa que ofrecía al paisaje no más de una puerta pesada y vieja, una pequeña ventana totalmente cubierta que no permitía el paso de luz y un rótulo de madera que su dueño había colgado en el cual se leía: “El Bibliófilo de Bilgi” —que nadie excepto él sabía lo que significaba—. Dos habitaciones, una para dormir y otra convertida en un estudio con repisas a lo largo de las cuatro paredes que se hacían cada vez de menos espacio para acomodar más libros; la cocina en donde a fuerza se colocó la mesa para tomar los alimentos; y la sala de estar ataviada con dos sofás, un cuadro que mostraba un camino que parecía llevar hacia todos lados, que colgaba al centro de la pared principal, y más libros. Era aquel su refugio de la sociedad a la que tan poco entendía.

Había heredado cuatro casas de un tío, el único con quien sentía empatía y con quien tenían mucho en común. Aquella herencia había representado su tranquilidad para vivir y su enemistad eterna con los de su apellido. Vivía de alquilar tres de las construcciones y él se había quedado con la más pequeña a sabiendas de que mucho espacio no necesitaba y favoreciéndose con la cercanía hacia la plaza.

Libros, comida y algunas monedas para la señora que llegaba cada semana a ordenarle algo el lugar era el total y el orden de prioridad de sus gastos, lo que le permitía no preocuparse en demasía por su futuro económico.

A la plaza central llegaban cada mes mercaderes con toda clase de producto para proveer al apartado pueblo. Legumbres, frutas, carnes, pieles, telas y herramientas, como también un sinnúmero de cosas inútiles. Al Bibliófilo —a quien nadie llamaba por su nombre, Yonah— solo le interesaba un puesto que se colocaba hacia el final del lado oeste de la plaza: dos hombres que llevaban libros, la mayoría de ellos usados. Siempre cargaban con dos o tres títulos nuevos, pues sabían que aquél los compraría. Economía, filosofía, historia, novela, ensayo, cuento o poesía… no importaba, lo que deseaba era satisfacer su necesidad de conocer y aprender.

Interactuaba con pocos. Solía decir que no estaba en este mundo para desperdiciar tiempo; que siempre recibiría con gratitud a aquel que quisiera discutir con él y no repararía en resarcir con el favor de sus posibilidades a quien contribuyera a aumentar su sapiencia. 

Recorría su vida entre puntos y comas.

Celebró su medio siglo de existencia de la forma que le pareció apropiada: solo y en casa. Decidió salir al patio trasero, contemplar la distancia y meditar en lo efímero del mañana que ahora era ayer.

A la mañana siguiente se levantó temprano y dispuso las horas a ordenar sus textos sacudiendo, ordenando y apilando porque ese día llegarían los mercaderes. Un deseo le consumía —que es lo que en realidad acontece a los mortales, más que una sensación o un presentimiento—, que su compra del día siguiente fuera importante por lo que quería despreocuparse de las inevitables minucias que acompañan la existencia.

Estaba ansioso pero no apuró ni alteró la rutina: tomó el café amargo que hacía las veces de desayuno, guardó su viejo par de anteojos, cargó con su abrigo y a la hora adecuada salió en busca del puesto de libros.

Un viento frío atravesaba la plaza de este a oeste, como si la mañana le arrastrara y tuviera prisa en hacerle llegar. Los vendedores de libros no estaban. En su lugar un viejo de mal aspecto, malcarado, que daba impresión de no querer hablar con nadie y de no haberlo hecho en mucho tiempo, estaba sentado detrás de una pequeña mesa sobre la que había algo envuelto entre una manta roja.

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