-    ¿Enserio? Porque yo creí escuchar de ti que su cita sólo estuvo “Bien” ¿Qué te hace pensar que voy a creerte respecto a lo último? – preguntó, con un tono de superioridad y desafiante. No dudaba en que sus diminutos ojos por fin estarían del todo abiertos.

-    Porque voy a golpearte si no lo haces – dicho eso, cambié de tema por fin - ¿Para qué me llamabas, de todos modos?

-    ¡No cambies el tema! – ordenó – Aunque… sólo quería saber si estabas en casa. ¡Y estoy seguro que estás metido ahí, idiota! ¿Crees que no conozco los diálogos de “300”? ¡Eres hombre muerto! – apagué el televisor

-    Bien… sí estoy en casa. Pero no voy a dejarte pasar – dije, mirando mi plato vacío, donde hace unos minutos estaba lleno de frutas. Mi vaso con agua seguía lleno en la mesa de madera frente a mí.

-    ¿Cómo que “No voy a dejarte pasar”? – corté

-    ¿Si te dejo pasar, vas a colgar y me darás un respiro? – ofrecí. Hubo otro rato de silencio por parte de Bastian. Supuse que lo estaba pensando.

-    Hecho. Pero déjame entrar – y, así como no me dejó decir “Hola”, tampoco me permitió decir un “Adiós”.

Tomé el vaso y bebí todo el contenido dentro. Llevé todo a la cocina y lo dejé en el lavabo. Regresé a la sala, tomé una almohada y subí a mi habitación. Lancé la almohada que llevaba en mi mano sobre la cama y luego recosté mi cabeza sobre ésta, con mi cuerpo relajado sobre el colchón y el edredón blanco. Otra pantalla de TV me miraba desde el frente. La pared café claro, con un enorme cuadro deGuemica, de Picasso, estaba colgado sobre un mueble café, donde estaban organizadas mis corbatas, relojes y perfumes. Al lado de la pared, otro corto pasillo que daba lugar al baño y, frente a éste, otro pasillo que conducía a una pequeña sala, con tres sofás negros de cuero y una chimenea. Al fondo de la sala, se encontraba el piano. Mi clóset estaba frente a mí, ahora. Justo al lado de la puerta.

Era una habitación grande, cómoda y diseñada a mi gusto. Pero le faltaba algo. Y me molestaba el no saber qué era. Creí que se trataba de un cuadro, así que compré el de Guemica, pero, ya puesto, noté que no se trataba de un cuadro.

¿Sería un candelabro? ¿Una enorme ventana? ¿Una nueva pantalla de TV?

El sonido de la puerta me sacó de lo que, cinco minutos después, podría haber sido un profundo sueño. Maldije en voz baja a Bastian y me froté los ojos. Bajé con prisa las escaleras y llegué a la puerta. Efectivamente, era Bastian

-    ¿No estás feliz de verme? – preguntó, alzando sus cejas y tornando un rostro angelical.

-    No. Quiero matarte – contesté, frío.

-    Claro… pero si fuera Jane Harrison… - le solté una leve bofetada

-    Cállate – espeté, haciéndome a un lado y dejándolo pasar. Bastian me fulminó con la mirada mientras pasaba frente a mí e ingresaba a la sala.

-    ¿Sabes? Extraño a Mirna – dijo, colocando sus manos en sus caderas y mirando hacia el techo, de donde colgaba un enorme candelabro que había comprado para darle un poco más de “clase” a la casa.

-    ¿La extrañas a ella o a su comida? – pregunté. Bastian siempre acostumbraba a cenar conmigo al final del día. No porque fuese un admirable amigo y quisiese hacerme compañía en la cena. Sino porque estaba enamorado de la comida de Mirna, la cocinera.

-    Las dos – contestó – También hace falta Gretel

-    ¿Gretel… o la hija de Gretel? – insistí. Bastian no extrañaba a la ama de llaves por una cosa simple.

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