Capítulo 19

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Los funerales de estado fueron más ruidosos y perturbadores de lo que Selena había pensado. Además, los consejeros la apremiaban para tomar decisiones que ella, en este momento, no quería ni podía tomar.

Estaba claro que Dyon sería el futuro rey, pero mientras tanto, necesitaban una figura fuerte. A ella no la consideraban como tal, estaba claro. Tampoco es que se sintiera en ese momento así.

Tanya acudió al funeral, aunque no su hermana y madre, de lo que Selena se alegró. Se sentía tan frustrada que quizá las hubiera enviado a la cárcel, que es donde deberían haber estado.

Buscó a su hermano y a Truso, pero no los vio. Tal vez habían decidido no acudir, por si acaso. Aunque le hubiera venido bien contar con su presencia. Ahora mismo, no confiaba en nadie, o en muy pocos.

Al día siguiente del funeral, y solo había pasado una semana desde la muerte de Henry, ella fue requerida por los ministros y consejeros, que le exigían su presencia. Siempre había sido una mujer bella, y ahora las ojeras daban un aspecto triste a su mirada.

Antes de entrar en el consejo, visitó a Dyon que dormía ajeno a todo. La niñera no lo perdía de vista y sabía que sus luces no estaban lejos. Sentía la necesidad de escaparse, de ir al bosque. Lo decidió.

Se desnudó en sus habitaciones y se puso un antiguo pantalón y camisa que todavía guardaba. Se recogió el pelo dentro de un pañuelo y saltó por la ventana. Eso le hizo sentirse un poco más viva. Accedió a los establos, donde estaba su antiguo mozo de caballerizas, que la descubrió sorprendido. Ella le pidió que no dijera nada y montándose en su nuevo caballo, Jade, hijo de Diamante, salió al galope hacia el bosque.

Los árboles la acogieron como a una hija pródiga. Notaba la caricia de la brisa y de las hojas que rozaban su cabeza. Siguió galopando sin rumbo, sin parar. Las lágrimas caían y dejaban un rastro de flores por donde antes había huellas de caballo. Finalmente, Jade se detuvo, piafando nervioso. Ella miró alrededor y se dio cuenta de que se había internado en la parte más oscura del bosque, quemada y triste. Le dio mucha pena ver los árboles quemados y el pasto arrasado. Solo había edificación con varias torres en lo alto de una colina. No parecía estar habitada. Se concentró y abrió las manos. Las luces la rodearon, cambiando el paisaje por completo. Lo que antes eran troncos secos, brotaban con nuevas ramas y hojas. El prado comenzó a verdear y las flores se extendieron por toda la colina. Era su pequeño milagro, dar vida donde apenas había.

Después de dejar ahora un bello paisaje, dio media vuelta y se encaminó hacia el interior del bosque. En ese momento, tenía claro dónde deseaba ir, así que manejó las riendas hasta encontrar el camino que le llevase al Claro de la Luna. Debía hablar con la GranMadre, ella podría aconsejarle qué hacer.

Llegó al lago, pero estaba desierto. No había ni animales ni ruido. Un silencio que le parecía extraño se había apoderado de la zona. Su hermano le había dicho que GranMadre estaba bien, que no estaba enferma, por lo que le extrañó todavía más.

Se bajó del caballo y examinó los alrededores. Entonces, la descubrió. Estaba dormida, apoyada bajo un árbol. Se acercó despacio para no despertarla y entonces vio con horror que tenía un puñal en el corazón. Y no era uno cualquiera, llevaba un intrincado mango labrado, que solo podía haber sido realizado por alguien de su raza. Y ese alguien era conocido, porque de no ser así, no hubiera podido acercarse a ella.

Se dejó caer, sentada, sin saber qué hacer. Ahora sí que estaba perdida y confusa. Escondió su rostro en las manos, comenzando a llorar de nuevo. Parecía que no le iban a quedar lágrimas, después de todo lo que había pasado, pero no era así.

Sintió unos pasos y alguien que se sentaba al lado suyo. Levantó la cabeza y la miró.

—Hola, hija. Hemos llegado tarde.

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