Parte 5: Callejón de la Inquisición

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«Así es la Sevilla nuestra, no ha terminado noviembre y ya están dando la tabarra con la decoración de navidad». Taylor miraba el agua, perdiéndose entre reflexiones, apoyado sobre la baranda, hasta que una voz le hizo girar la cabeza.

—¡Anda!, ¡qué canijo te has quedado Ra! —Aquella chica le brindaba una sonrisa, mirándolo desde unos ojos grandes y a la vez achinados. Era menuda, de caderas redondeadas y con esa melena tan suya de color negro brillante. Vestía siempre algún complemento especial que resaltaba su belleza y etnicidad, en este caso era una larga bufanda con los colores del arco iris que casi le arrastraba por el suelo . Algunas veces parecía una japonesa moderna, otras veces parecía una sudamericana revolucionaria, los que la conocían sabían que era una sevillana con muchos viajes a las espaldas.

—Por favor Mariana, llámame Taylor.

—Mira Ra, son  ya muchos años... —Sonrió mientras se acomodaba la bufanda— ¡Te llamaré como siempre!

Taylor se encogió de hombros. «Para qué discutirle nada, siempre se sale con la suya». Comenzaron a pasear por el puente de Isabel II, viendo el río pasar bajo ellos. Unos piragüistas remaban rápido y el sol del atardecer relumbraba sobre las aguas verdosas. Siguieron caminado por Triana y doblaron la esquina en la calle San Jorge, buscando camino para bajar hacia la orilla del río a través de del Callejón de la Inquisición. El callejón, en su tramo final, se cerraba creando un pasadizo de ladrillo antiguo. Taylor se paró y extendió los brazos hacia uno de sus muros, dejándolos reposar sobre los húmedos ladrillos vistos.

—¿Qué haces Ra?, ¿otra de tus colgaderas? —A Mariana le encantaban las excentricidades de Ramón, especialmente las intrincadas y, para él, absolutamente lógicas explicaciones.

—Trato de captar la impregnación de este lugar, pero no lo consigo, solo noto el frío de los ladrillos.

Mariana tocó también aquel muro.

—Explícame lo de la impregnación, a ver si yo también la puedo captar.

—Es una teoría que dice que parte de la energía se los sucesos del pasado queda adherida a los lugares donde ocurrieron, especialmente cuando los sucesos fueron violentos o desagradables. El sufrimiento parece reverberar en esos lugares, pero aquí no noto nada.

—¡Ah!, ya entiendo, por eso me has traído hasta aquí, para ver si había impregnación de los torturados por la Santa Inquisición.

—Algo así, ya lo probé anoche, vine varias veces en la madrugada, con todo tranquilo, pero no recogí ninguna evidencia.

—¿Recoger evidencia?

—Sí, alguna prueba fehaciente.

—¿Pruebas de impregnación?

—No exclusivamente, busco inteligencia paranormal en general. Me importa más el dato empírico que la teoría que lo sustente.  —Taylor movía sus manos señalando la pared, parecía un profesor señalando una pizarra—. La verdad es que, por lo que he experimentado en los últimos tiempos, la teoría de las impregnaciones hace aguas. Estoy encontrando pruebas sobre la existencia de inteligencias extracorpóreas, con capacidad emocional y discursiva que en nada tienen que ver con huellas del pasado.

—¡Se te va la pelota Ra!, ¿no tienes ya bastante marrón con tu inteligencia?, ¿para qué buscas otras?

Habían salido del callejón y ahora su mirada se abría hacia la orilla del río.

—Entre otras cosas para demostrarlo, ¡para joderlos!, ¿ya no te acuerdas de lo que hicieron?

—Ya no se acuerdan ni ellos Ra, ¡tienes que pasar página!

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