El Cazador

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La puerta se abrió con un leve chirrido, debería volver a engrasarla se dijo a si mismo mientras tiraba a un lado la larga gabardina negra que llevaba. Exhalo el humo del cigarrillo y lo tiró al suelo pisándolo con la bota. La pesada hoja de la puerta se cerró resonando en el espacioso lugar. Sus pisadas llenaban el aire con su eco metálico al pasar la pasarela, bajo las escaleras sin prisa y se sacó el jersey de cuello alto negro y ceñido que llevaba dejándose caer en el camastro apoyando la cabeza en las manos que entrelazo detrás de esta mirando el grisáceo techo. Desvió la vista hacía una pared que estaba entreabierta ocultando otra estancia y se apartó un rubio mechón de la frente con un suspiro pensando que ya iba siendo hora de arreglar ese antro que tenía por hogar o abandonarlo.

Hogar rió para sus adentros, a aquella nave no se le podía llamar hogar sino base de operaciones. En su mente repasó la visita al ático en venta que había visitado la víspera anterior, tenía múltiples posibilidades al tener pocos tabiques, más que un ático era un amplio loft, acogedor y algo frío como a él le gustaba. Recogió el móvil que tenía tirado por el suelo a su lado y marcó el número cuando encontró la arrugada tarjeta a la vez que echaba una hojeada a la hora. El teléfono empezó a dar tonos, uno, dos, tres… estaba a punto de colgar cuando escuchó la voz de la mujer al otro lado de la línea, ésta no estaba sola, por el auricular pudo captar la voz de un hombre y como la mujer intentaba no reír. Él se presentó y le expuso el motivo de la llamada, al día siguiente acordaron tener la cita para cerrar la venta.

Rebuscó en el bolsillo el paquete de tabaco y lo sacó, estaba vacío lo arrugó y lo tiró a un lado incorporándose. Buscó cansado por entre la ropa del suelo otro paquete hasta encontrarlo, sacó el pitillo y lo encendió con el zipo plateado y dio la primera calada recostándose de nuevo. Volvió a hojear el reloj y se levantó estrellando el cigarro en el cenicero, se quitó las botas y se acabó de desnudar metiéndose en la pequeña ducha, abrió el agua fría y dejo que esta se estrellara contra su nuca, el pelo se pego a su cuello y el agua resbalo por su ancha espalda, se giró y levantó la cara para mojársela. Se enjabonó con rapidez y se aclaró, sacó la mano en busca de la toalla pero esta como siempre había caído al suelo, la recogió y salió secándose. Se situó frente al espejo y paso la mano mojada por la superficie quitándole una pequeña capa de polvo y se miró sin mucho interés.  Su rostro anguloso y masculino se reflejo en el cristal, su piel suave y bronceada aún resplandecía por las gotas de agua, aunque algo duro tenía un cierto aire dulce. Se peinó la melena rubia y clavó sus ojos azules enfrente, sus labios eran llenos y carnosos. Cogió el desodorante y se lo aplico, dejo el bote medio vacío por algún lado y se vaporizo un poco de perfume sobre el pecho ancho y musculado. Salió del baño y buscó algo de ropa limpia, se enfundo unos tejanos negros y una camisa blanca por fuera. Recogió todo lo que había por el suelo y puso la lavadora antes de salir recogiendo la gabardina del suelo. Arrugó la nariz al descubrir una mancha de sangre y volvió a bajar las escaleras para limpiarla. Reviso el arma y la ajusto tras su espalda, jugueteó con un cuchillo y lo deslizó a su lugar dentro de la gabardina, empujó la puerta de una patada y salió al callejón, una sombra se movió por su izquierda y con una rapidez increíble se giro y acorraló contra la pared a un enjuto hombre cuyo hedor le lleno la nariz, aflojo la mano de su cuello y aún con la bota en el pecho del hombre lo miró apuntándole con el arma, hubiera sido tan fácil apretar el gatillo y ver como su sangre y sus sesos se esparcían por la asquerosa pared…

Volteó la culata del arma escondiéndola de nuevo y soltó al asustado despojo que temblaba de pies a cabeza.  Hades se rasco la nariz y volvió a enfilar el callejón estaba amaneciendo, miró al cielo y encendió otro pitillo. Esa misma noche la caza había sido fructífera, parecía que un nuevo grupo se estaba instalando en la ciudad y por desgracia cada vez había más indeseables atestando sus calles. Entro en una vieja lavandería china y cruzó una portezuela tras saludar al propietario, recogió la llave de debajo de una maceta y apartando un armario metió la llave en la cerradura que dejo al descubierto una combinación digital, marco el número y lo abrió. Cogió los fajos de billetes que había dentro y quemo la nota que había con ellos tras guardar el dinero en el interior de uno de sus bolsillos. Cerró la caja de seguridad y salió del patio apartando la cortinilla que repiqueteo a su espalda.

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