Capítulo 18

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Selena no se enteró de lo que le había pasado a su hermano, porque justo en ese mismo momento, su mundo se vino abajo.

—¡Un accidente! —gritó desesperada al secretario que le había dado la noticia. El coronel del ejército de Vlatvia entró con el rostro descompuesto. Apreciaba mucho al hombre mayor, había sido un apoyo, desde que ascendieron al trono.

El hombre se acercó a ella y le explicó los pormenores. La reina estaba sentada en un sofá de su despacho. De no ser así, hubiera caído, pues las piernas le fallaban.

—Lo siento, majestad —dijo el hombre— Fue algo inevitable. Un rayo impactó contra su vehículo y explotó. Ha sido la naturaleza...

—La naturaleza nunca haría eso...—dijo llorosa, pero sabía que sí, los accidentes ocurrían. Y ahora había perdido a Henry. Su único y verdadero amor. Su pequeño Dyon se había quedado sin padre y ella sin esposo, Vlatvia, sin rey. Todos los planes que habían forjado, se truncaron con un accidente.

Hizo un gesto para que se marchasen todos. Necesitaba estar sola y pensar. El dolor era tan fuerte que sentía su alma estremecida, marchita. Si su corazón se parase ahora, no se daría cuenta.

Miró por la ventana. El jardín estaba precioso, desde que ella paseaba por él. Sintió las lágrimas bajando por su rostro sin que pudiera contenerlas. Cayó en el suelo, llorando amargamente. Entonces, las volvió a sentir. Era peligroso y no solían venir a palacio, pero esta vez, la acompañaban. La rodearon y se fueron posando en sus hombros, en su cabeza o en las piernas. Había muchas, cientos de ellas. Todas le transmitían calma, bondad. Casi la convencen.

—¡Tendríais que haberlo protegido! —gritó Selena y todas echaron a volar, espantadas. Aun así, se sentía más fuerte, horriblemente triste, pero de alguna manera, le habían devuelto la entereza.

Se sintió culpable por haberles gritado, pero ahora sabía dos cosas. La primera, que tenía que armarse de valor y continuar la labor del reinado hasta que Dyon fuese adulto. Y la segunda y la que le habían transmitido las pequeñas luces, es que no había sido un accidente. Alguien había desviado un rayo contra Henry y eso solo lo podía hacer un Luminoso.

Salió de la habitación decidida a encontrar el culpable, pero iba a ser difícil, desde su posición. Necesitaba a su hermano y a su guardaespaldas. Pero no ahora. Tendría que encargarse de todos los preparativos del funeral. Quería que fuese sencillo, aunque no dejaría de ser una ceremonia de estado.

Fue a ver a Dyon, que jugaba con su niñera. Ni siquiera había podido empezar a disfrutar de su padre y ya se lo habían arrebatado. Empezó a sentir que las lágrimas querían invadirla, pero las retuvo. Se sentó con su pequeño a jugar y le dio un enorme abrazo. La niñera la miró, compungida. Era una Luminosa y confiaba en ella. O eso creía. Ahora mismo, no se sentía capaz de hacerlo en nadie.

Ni siquiera su hermano y Truso. ¿Había sido casualidad que ellos aparecieran y Henry muriera? Ellos eran luminosos y capaces de desviar un rayo, estaba segura. Tendría que hablar con ellos después del funeral. ¿Y dónde estaba su madre? ¿Estaba viva? Su cabeza no podía más, no acertaba a pensar con claridad, así que decidió, que durante unos días, solo se ocuparía de Henry y nada más. No era capaz de hacerlo.

***

La fría celda de piedra donde les condujeron estaba en un lugar indeterminado de Vlatvia. No habían llegado muy lejos, tan solo unos veinte minutos, por lo que estaba todavía en el país. Los arrojaron como si fueran sacos de tierra.

Truso ayudó al príncipe a levantarse y lo dejó sobre un camastro. Él examinó la puerta, las paredes e incluso de un salto, se asomó a la pequeña ventana, que estaba a unos dos metros del suelo. El paisaje que los rodeaba era bastante triste, parecía como si hubieran quemado la hierba alrededor. Imaginó por qué.

Esta era una prisión para Luminosos, para que no utilizasen la naturaleza a su favor. Se sintió desanimado. Esperaba que Selena se diera cuenta, pero posiblemente no sucedería en unos días, ya que ellos no vivían en el palacio. La misión que tenía, la única que debía cumplir, proteger al heredero, la había fallado. No sabía qué les harían, pero no tenía buena pinta.

Además, cuando los metieron en la celda, habían golpeado a Helios, sin que él pudiera evitarlo, pues estaba sujeto por tres hombres. Los muy cobardes habían maltratado a un joven, después lo habían sedado y eso, lo pagarían.

Se sentó en el suelo, apoyado en la pared y sin dejar de vigilar al chico, que dormía. Debía pensar quién los había traicionado. No pensaba que fuera Selena, ella se alegró de recuperar a su hermano, aunque estaba entre contenta y contrariada por la noticia de que su madre estaba viva. Quizá ella tenía más que perder de lo que sospechaba. Si se sabía que él era su hermano, tal vez destituyeran al rey y su hijo perdería la oportunidad de serlo. No quería pensar que fuese así. Pero, ¿quién lo sabía? Ellos habían vivido siempre apartados de la corte, en una granja y Melissa solo los visitaba cuando se podía escapar. Es cierto que había muchos conflictos en la corte de los Luminosos y a los otros herederos, no les gustaría nada la existencia de Helios. Pero no lo sabían.

—O eso pensaba —dijo Truso suspirando.

Ahora estaban encerrados en una torre, sin posibilidad de salir. Él no podía llamar a las luces, como Helios. Y eso lo debían saber también. No dudó de que había un Luminoso en la trama. Seguramente partidario del otro heredero, el sobrino del rey.

Se levantó, nervioso. La celda tenía una forma de cuarto de círculo, por lo que adivinó que estaba en una torre. Y que, probablemente, había más celdas como la suya. Quizá es donde traían a los que querían aislar, hasta que murieran. Al menos, los habían dejado juntos. Hubiera sido terrible no saber si el príncipe estaba vivo. Se acercó a la puerta, era de madera y tenía una pequeña abertura en la parte superior, pero estaba cerrada. Intentó moverla sin éxito. Después, pasó la mano por la madera, sintiendo su alma. Él no era un Luminoso puro, porque su padre era terráneo, pero podía hacer algunas cosas. La madera era muy antigua, quizá tenía cientos de años y quedaba poco del árbol que fue.

Truso le presentó sus respetos y se escuchó un leve crujido. ¡Aún había vida allí! No se había petrificado como en otras ocasiones. Eso le daba esperanza. Intentaría darle algo de su vitalidad para probar si la madera podría encogerse o incluso moverse y abrir la puerta. Aunque le costase varios días y, sin saber cuántos le quedaban, lo intentaría. 

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