Capítulo 17

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Helios y Truso se dirigieron hacia la antigua casa de Selena y Tanya, que ya estaba avisada, salió a recibirlos con amabilidad. Si venían de parte de la reina, debían ser importantes, aunque se sorprendió de ver la sencillez de sus ropas. Ya había aprendido de los anteriores errores de su madre y hermana y no dijo nada.

Los acomodó en una de las habitaciones de invitados. ¿Quiénes serían? Sería una información que su madre agradecería. Porque, aunque ella finalmente había colaborado con Selena, antes de marcharse, su hermana la había convencido de que les ayudase y que las mantuviera informadas. Se habían marchado fuera de la capital, hacia una de las ciudades sureñas donde vivían gracias a todo lo que le habían robado a Selena en su día. Pero pronto se les acabaría el dinero y eso significaba que aumentarían sus intrigas hacia los actuales reyes. Según sabía, se habían aliado con un primo del rey, que deseaba el trono para su hijo. A cambio de informarles sobre todo lo que ocurría en el palacio, el joven se casaría con Tersya y ella sería reina.

No es que todo esto le gustase. Selena se había portado muy bien con ella, había viajado a menudo y llevaba una casa de acogida para niños abandonados, lo que había despertado un lado tierno y amable que desconocía. Pero su madre era muy perseverante y si deseaba hundir a Selena, lo haría, así que más le valía jugar a dos bandas. Era cuestión de sobrevivir, se decía a menudo para acallar su conciencia.

Los dos invitados se acomodaron en la habitación y después salieron a dar un paseo hacia el bosque. Ella se los quedó mirando mientras se alejaban y entró en su habitación para registrar sus pertenencias. Sin embargo, excepto por ropa corriente y algún libro, no encontró nada que le dijera quiénes eran.

Suspiró y se fue para hacer una llamada. Quizá no tuvieran importancia, pero tenía orden de informar de cualquier cosa, así que eso hizo.

***

Helios paseó por el bosque, seguido de Truso. Era un precioso lugar, repleto de flores, setas y pequeños animales que no se asustaban a su paso. Los miraban curiosos y volvían a lo que estuvieran haciendo.

—¿Qué opinas de mi hermana? ¿Crees que nos ayudará?

—Parece... es ... —Truso no pudo contestar, ligeramente turbado.

—Muy bella, ya lo sé. Pero ¿nos ayudará?

—Sí, espero que lo haga. Deberíamos encontrar a vuestra madre. Quizá esté en peligro, no sé.

—Espero que no, Truso. No sé si habremos usado el suficiente glamour para que nadie nos reconozca como Luminosos. Creo que nos miraban mucho.

—Quizá os parecéis demasiado a la reina, o es porque somos muy guapos —sonrió Truso.

—Eso será. Bien, querido bosque, ¿por dónde ir? ¿No hay pequeñas luces por aquí?

No tardaron ni dos segundos en aparecer las lucecitas y rodear a los dos recién llegados. Los sonidos que emitían parecían campanillas alegres y solo si eras un Luminoso podrías entenderlas. E incluso a veces era complicado. Se esparcieron por un sendero, indicándole el camino y ellos las siguieron hasta llegar a unos frondosos árboles. Tras pasar por una cortina de ramas y enredaderas que caían de forma salvaje, entraron en un precioso claro. Los árboles lo rodeaban y allí todo era verde y de colores. La hierba crecía y se movía con una suave brisa y miles de flores crecían por todas partes y de cualquier color del arco iris.

En el centro, un lago cuya superficie brillaba por los reflejos de sol y donde había varios animales bebiendo. Una mujer, cubierta con una capucha, parecía tejer algo con unas plantas, sentada a la orilla del lago. Ellos se acercaron despacio, aunque estaban seguros de que ella los había percibido.

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