Capítulo 16

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Selena se retiró a una salita privada para hablar con tranquilidad con los recién llegados. El hombre alto se quedó en la puerta, en posición firme para cuidar de su protegido. El joven tomó asiento enfrente de la reina.

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Helios, se ve que a madre le gustaba poner los nombres de los astros. Tú, su luna, yo, el sol. Eso es lo que solía decir.

Ella se frotó las manos y bajó la cabeza, intentando no mostrar la pena que sentía. ¿Por qué su madre los había abandonado? ¿Es que no amaba a su padre? ¿O era a ella a quién no amaba?

—Majestad..., hermana. Nuestra madre te amaba, sé que piensas que se fue por ti, pero fue por mi culpa. Ellos lo decidieron. Mírame. Pero mírame bien, de esa forma que solo tú sabes.

Selena levantó la vista. Observó atentamente al joven y sí, claramente era un luminoso.

—Cuando nací, era peor. Tenía ese aura brillante a mi alrededor y, como no la podía ocultar, estábamos en peligro. Sabes que se nos ha perseguido y nadie podría aceptar una luminosa como reina y a cualquiera de sus hijos. Y, mírate, ahora eres reina.

—¡Qué me importa ser reina! Mi infancia fue muy triste, sin mi madre. Mi padre, nuestro padre se deprimió y se volvió a casar con una mujer... horrible.

—Yo crecí sin padre. Cuando fui mayor, ella me lo explicó. Se alegró cuando fuiste reina, porque pensó que harías algo por los luminosos y sé que lo estás haciendo. Has restituido sus derechos y eso es importante. Si ella hubiera estado aquí, probablemente nos hubieran desterrado. Todo hubiera sido distinto...

—Sí, todo sería diferente.

Selena se levantó del sofá y caminó hacia el balcón, donde salió para mirar hacia el precioso jardín con el laberinto, ese en el que besó a su esposo. Lo amaba y sí, estaba haciendo cosas por los de su raza. Quizá, y solo quizá, su madre y su padre estuvieran en lo cierto. Aun así, y a pesar de que ella siempre estuvo conforme con su suerte, ahora lo veía muy injusto.

—Selena —dijo Helios uniéndose a ella en el balcón—. Nuestra madre ha desaparecido. Por eso he venido, necesito de tu ayuda. Sentí que venía hacia el palacio y pensé que quizá quería verte, pero no ha llegado, por lo que veo.

—No. No he visto a nadie nuevo. Creo que la reconocería.

—Sí, te pareces mucho a ella, aunque algo más pálida —sonrió él—. Te hubiera reconocido en cualquier sitio.

—¿Y qué hacemos?

—¿Estás en contacto con las pequeñas luces de la zona? Ellas pueden ayudarnos.

—Sí, aunque es cierto que últimamente no las veo mucho. Mi trabajo aquí, el bebé... no puedo ir a cabalgar sola al bosque. Ni siquiera he visto a GranMadre desde que me casé.

—¿GranMadre? Ese nombre me suena. Turso, ¿crees que será la misma de la que hablaba mi madre?

El hombre de la puerta se acercó al balcón. Ciertas cosas no se podían hablar muy alto. Era claramente un guardaespaldas, aunque no tan fornido y ancho como los que tenían en palacio, pero sí preparado para luchar en cualquier momento. Y parecía un luminoso.

—Sí, Helios. GranMadre es la misma en todos los lugares. Es la Naturaleza, y es omnipresente. Tu madre todavía no te habló de ella, porque suele mostrarse a las mujeres y no a los hombres.

—Quizá esté visitándola. En este bosque hay un lugar muy especial para ella, que es donde padre y ella se conocieron —dijo Selena mirando hacia el bosque.

—Entonces iremos al bosque. Estoy preocupado, porque despareció de repente, sin avisar.

—¿Cómo está... ella?

—Pareceríais hermanas —dijo Truso sin poder evitarlo. Selena lo miró y él dio un paso atrás, cohibido.

—Truso lleva cuidándome desde que cumplí los diez, aunque solo tiene seis años más que yo. Madre lo acogió cuando nos encontramos en el bosque.

El hombre se sonrojó ligeramente y volvió a su posición de la puerta. Selena le sonrió con agradecimiento, por cuidar de su hermano y de su madre.

—Os quedaréis aquí. Es evidente que no puedo decir que eres mi hermano, pero bueno, nadie pregunta a la reina.

—Temo crearte problemas. Nos parecemos demasiado. ¿El rey sabe...?

—No. Todavía no he podido decírselo. Creo que Henry lo aceptaría, pero no quiero que tenga más responsabilidades —suspiró ella—. Está bien. Puedes ir a la casa familiar. Allí hay un lugar para ayudar a los niños sin hogar. Tanya, mi hermanastra, te abrirá las puertas sin problema. Y, desde allí, el bosque está cerca.

—¿Echas de menos tu vida anterior? —preguntó Helios.

Ella asintió, pero luego sonrió.

—Ahora tengo una familia que me ama de verdad y mi pequeño. Realmente es lo que siempre soñé, un amor verdadero.

—Eso es lo importante, hermana, Majestad —rectificó él.

—Si ves a GranMadre, por favor, dile que la recuerdo con mucho afecto y que algún día quizá pueda escaparme con mi pequeño para verla.

—Lo haremos, Selena.

Ambos se inclinaron y salieron de la sala, mientras ella se quedaba pensativa. Su vida no estaba mal, no tenía que trabajar duro. Sus facciones y sus manos se habían afinado, y sobre todo, tenía a su Henry, al que amaba con locura, y su bebé. ¿Qué más podría pedir? Aunque notaba ese vacío de no salir a la naturaleza, como antes, echarse en el pasto y mirar las estrellas.

Unos ojos ávidos no daban crédito. Desde detrás de un panel, había estado viendo y escuchando todo lo que habían dicho. Su jefe estaría muy satisfecho con esa información, porque significaba que tenían que entrar en acción ya. Y lo mejor era que el rey estaba de viaje. Un momento perfecto para comenzar. 

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