Capítulo 15

5 0 0
                                    

Al día siguiente, Selena estaba muy feliz. ¡Él la amaba! Le había pedido que se fuera con él. Y, sin duda, eso haría. No sabía cómo todavía, pero si vivía en el palacio, sería fácil encontrarlo. Comenzó su jornada con ilusión y esperanza, por primera vez en su vida.

***

El príncipe paseaba por la sala con la fina sandalia en sus manos. Sus empleados habían intentado alcanzar a la mujer de sus sueños, pero no lo habían conseguido. Al menos, se había dado cuenta de que su amor era real y que ella sentía lo mismo por él. Le daba igual quién fuera, porque estaba realmente enamorado. Y ella ni siquiera sabía que sería reina cuando se casase con él. Todavía le gustaba más, porque era amor por su persona y no por su trono.

El rey le mandó llamar y se acercó con la sandalia todavía. Parecía enfadado.

—Habíamos quedado en que me presentarías a tu futura esposa ayer.

—Se fue, algo pasó, pero la he encontrado, majestad. Tengo su sandalia.

—Pero ¿Qué crees que es esto? ¿un cuento de hadas? Basta ya de tonterías. Te casarás con la esposa que te han buscado, es una prima lejana, con la que no tienes lazos de sangre.

—¡No! Me casaré con la dueña de esta sandalia —dijo él enfadado.

—¿Lo juras? —dijo el rey. Guillermo Henry asintió.

—Está bien —sonrió el rey—. Haremos como en el cuento y buscaremos a la dueña de la sandalia. Cuando la encontremos, te casarás. Pero te digo una cosa, solo dispondrás de un día para encontrarla.

—Pero es imposible, hay cientos de muchachas rubias en Vlatvia.

—Un día, Guillermo. Puedes retirarte.

El príncipe hizo una reverencia y se fue. Debía darse prisa si deseaba encontrar a su florecilla. Ni siquiera sabía su nombre. Mandaron mensajes para que todas las muchachas rubias que habían asistido al baile se acercasen al palacio. Al menos, podría ir más deprisa.

Cuando Giselle recibió el mensaje, supo que había una oportunidad. Su hija mayor podría encajar todavía y conseguir ser reina. Rápidamente, se vistieron de forma elegante y se prepararon para ir al palacio.

—¿Puedo ir yo, madre? —dijo Tanya—. Soy rubia.

—No seas ridícula —dijo su hermana—. Buscan a alguien bella, no a ti.

Tanya salió llorando de la sala y ambas rieron cruelmente. Había pensado decirle a su madre que era Selena, la verdadera, la que había conquistado al príncipe, pero decidió no hacerlo. En cambio, se acercó a la cocina a coger unos bollitos.

Selena estaba fregando unas altas ollas. Allí estaba, sin protestar, dejándose las manos con productos de limpieza, sudando y siendo la propietaria de toda la casa. Se sentó a mirarla y ella se volvió y le sonrió. A pesar de todo, ella le había sonreído. No podía ser tan buena, algún fallo debería tener.

—Selena, te veo muy feliz —dijo Tanya.

—Oh, sí, y, además, me gusta que me hagas compañía.

Esto acabó por rendir a la muchacha y se echó a llorar. Selena se lavó las manos y se sentó junto a ella.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?

—Selena, es todo muy injusto.

Entonces Tanya comenzó a contarle lo que su madre y su hermana estaban haciendo. El tema de la asignación, la malversación de su herencia, y que, en ese mismo momento, la falsa Selena iba a conseguir que el príncipe la aceptara.

CenizasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora