abuelitarosa@gmail.com

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Mi abuela era el centro de la familia, la extrañamos mucho desde que murió en una fría noche bogotana hace doce años. Ella era bajita pero robusta, muy inteligente, amorosa, sagaz y con sentido del humor. Mi abuelita Rosa nació en Molagavita, un pueblo pequeño escondido en la montaña, el 16 de Julio de 1911, día de la Virgen del Carmen. Siempre fue creyente, con el rezo durmiendo en su boca. Valiente mujer que crió a sus siete hijos habiendo mi abuelo fallecido joven y dejándolos a todos tan pequeños. Mi mamá era la mayor, no superaba los siete años y mi tía rondaba los cinco. Recuerdo a mi abuelita Rosa con sus largas batas, abrigos y vestidos negros guardando luto por mi abuelo, la recuerdo sentada frente a su máquina de coser, cocinando, orando con el rosario en su mano, mirándome con cariño. Tengo su tono de voz en mi oído, tengo su cara en mis manos y su boca en mi boca, porque debo decir, mi abuelita Rosa fue una de las primeras mujeres que besé en la boca.

Ella me pedía que le cantara una canción y al final de su vida le canté. Me pedía que fuera juicioso pero qué difícil fue en mi juventud. Su amor por nosotros fue infinito. Tenía una memoria prodigiosa donde guardaba los números telefónicos de sus parientes. Fue madre no sólo de sus siete hijos sino también de un sobrino a quien amamantó recién nacido y del hijo de una criada de quien se hizo responsable.

De joven hacía viajes a caballo con un loro que tenía de mascota y en todos los recorridos la acompañaba hasta que un día cuando emprendieron un viaje largo hacia Chicacuta, sin quererlo, el loro se quedó en casa y cuando regresaron encontraron que había muerto de tristeza.

Antes de casarse fue maestra, le gustaba la música, tuvo guitarra y violín, cuando sus hijas estaban pequeñas les compró un piano y un acordeón de teclas con el dinero que ganaba administrando el almacén del abuelo. Contaba historias graciosas como aquella que ocurrió durante una noche de baile en una casa del pueblo. Eran días próximos a Navidad y durante una novena bailable el suelo del segundo piso no resistió a los invitados, colapsó y se desplomó, con tan buena suerte que todos quedaron atrapados en una malla hecha de costales entretejidos que hacía parte de la construcción del suelo.

Recuerdo que jugábamos los dos con globos de colores, también simulábamos bailar despacio y hacer pulsos de fuerza con la muñeca en los que mi inocencia de niño siempre pretendía ganarle venciendo sus manos arrugadas. Nadie sabe qué fue del violín, la guitarra terminó rota después de prestarla para una fiesta y el piano tuvo que ser vendido a un teatro en Bucaramanga.

Hoy pienso en ella y me gustaría tenerla cerca como ocurre en sueños en los que pasa frente a mí con sus batolas de tela fina y entusiasmado la abrazo casi llorando. Es inútil mi locura, pero he creado un correo electrónico con su nombre y ahora le escribo contándole anécdotas, felicitándola el día de sus cumpleaños, deseándole feliz Navidad, pidiéndole que nos cuide en este mundo peligroso y hablándole telepáticamente. 

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