Capítulo 13

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Se acercaba la fiesta que traía locas a todas las jóvenes de Vlatvia. Se decía que el príncipe Guillermo buscaba esposa, como en esos antiguos cuentos para niños, y todas las mujeres en edad de casarse y, por supuesto, sus madres, se afanaban en encontrar la mejor tela, el tocado más espectacular o los zapatos más delicados.

Selena se enteró de la fiesta, pues Tanya se lo hizo saber y pensó que quizá era una buena oportunidad para ver a Henry, que trabajaba en el palacio de los reyes, y al cual no había podido ir a ver ni una sola vez más. La fiesta era el siguiente sábado y, aunque no tenía vestidos muy lujosos, no le importaba. Solo quería ver al joven soñado. Hoy se lo preguntaría a Giselle.

Sirvió una cena muy especial. Los alimentos ahora eran de mejor calidad, Selena no sabía por qué, e incluso habían contratado a una persona de limpieza, por lo que ahora ella no tenía que limpiar toda la casa sola. Por ello, hizo un delicado guiso que a todas encantó.

—Giselle —dijo mientras retiraba los platos—, he escuchado que hay una fiesta en el palacio de Vlatvia, y me gustaría asistir.

La copa resbaló de la mano de Tersya hasta el suelo y se rompió en mil pedazos. La chica miró horrorizada a su madre, que frunció el ceño.

—¿Y para qué quieres asistir? Tampoco es que tengas ropa adecuada. Son vestidos largos, de gran calidad.

—Tal vez Tersya pueda prestarme alguno de los suyos. Tenemos una figura similar —sugirió ella.

—De eso nada —contestó la chica—. No puedo dejarte mis vestidos porque me los ensancharías. Tú tienes más pecho.

—Pero... se dice que pueden asistir todas las jóvenes y yo...

—No creo, porque además toca limpieza general. No te dará tiempo ni siquiera de preparar un vestido o de ir de compras.

—¿Y si me da tiempo de hacerme un vestido que sea digno? —dijo Selena esperanzada.

—Lo dudo mucho, pero si te da tiempo de hacer la limpieza general y el vestido, quizá puedas acompañarnos.

La joven se retiró feliz y Tersya se giró hacia su madre, fulminándola con la mirada.

—¿No te das cuenta de que, si ella viene, la van a reconocer? ¿Y cuando me llamen a mi Selena?

—No seas estúpida, niña. He dicho si le da tiempo. Cosa que dudo mucho. Un vestido lleva meses o, al menos, semanas. Y no va a ir con cualquier harapo. Tranquila, ella no irá.

Tanya se quedó pensativa. La verdad es que sería gracioso que ella fuera y descubrieran el pastel de su hermana y su madre. Lo malo es que, si las echaban de su casa, tal vez ella tuviera que irse también y aún le quedaban dos años para ser mayor de edad. No, de momento se quedaría callada.

Selena se refugió en la cocina, ya se le había pasado el apetito y se puso a limpiar las ollas. ¡Qué buena noticia! Tal vez podría ver a Henry y volver a besarlo. Estaba tan contenta que tarareó una suave canción, sin darse cuenta de que era la que su madre le cantaba al dormir.

Las luces se acercaron a la cocina, atraídas por la preciosa melodía y, mientras escuchaban, ayudaron a limpiar toda la vajilla a la chica, que se lo agradeció con una cálida sonrisa.

—Vamos a la buhardilla —dijo cuando ya recogieron todo—. Tengo grandes noticias.

Subió corriendo las escaleras, emocionada por la ocasión. Guardaba toda la ropa de su madre y estaba segura de que podría encontrar algún vestido largo, de esos que se llevaban antes. Como era hábil cosiendo, tal vez podría darle un nuevo aire. Además, siempre que sus hermanastras tiraban alguno de sus vestidos, ella retiraba piezas o brocados por si acaso algún día pudiera utilizarlos. Ese día había llegado.

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