PRESIÓN

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0641 Hs., 22 de septiembre

Pabellón clínico, nivel superior


La primera mañana que Richard abrió los ojos sin preguntarse dónde estaba o ahogarse en el pánico descubrió en carne propia que el ser humano es adaptable a todo tipo de situaciones. Aun no habían cambiado el espejo de su cuarto de baño, así que le tocó arreglarse ante un reflejo resquebrajado para entrevistar a los pacientes de aquel día.

Durante la semana había recibido en su despacho a los infelices que habían sufrido la desgracia de escuchar a Tommy. Pese a sus intentos de comprender a la criatura basándose en las declaraciones de los guardias, no había podido extraer conclusiones novedosas, tal como le había advertido David Li, ese taciturno zoólogo que parecía odiarlo.

El hecho de que cada interacción que el C-6 había mantenido denotara una actitud distinta remecía los sesos de Richard. Por lo que sabía, ningún guardia tenía el poder de liberar a Tommy incluso aunque así lo desease; si el teras también tenía esa información, ¿qué ganaba convenciéndolos de su supuesta bondad? En caso de que su único propósito fuese alterar la mente de sus captores, ¿por qué solo sufría un porcentaje de los soldados?

El primer paciente del día respondía al nombre de Gary Bauman. El muchacho de cabello rubio y pecas ya estaba aguardando fuera del despacho cuando Richard se presentó: los trabajadores del Averno sudaban pulcritud y puntualidad. Habían sido bien entrenados, y además, no había mucho que hacer como para que llegaran tarde.

—Pues la única vez que oí su voz, me dijo que todo iba a estar bien —dijo Bauman durante la sesión—. No sé, no me pareció tan malo como al resto.

Casi se veía tentado a ordenar que el guardia descendiese al nivel C nuevamente para comprobar que Tommy variaba el discurso. Bauman seguía trabajando en A sin problemas aparentes; otro detalle que corroboraba que las alteraciones mentales en los soldados se debían más a lo que les decía Tommy y a su propia vulnerabilidad que al periodo que se comunicaban.

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