Capítulo 11

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—Me niego a casarme con una joven que no conozco —dijo el príncipe levantándose con furia de la mesa de desayuno.

Hacía varios años que todos se habían trasladado al palacio de Vlatvia para asumir sus responsabilidades. Lo había aceptado con resignación, pero no deseaba tener un matrimonio de conveniencia.

—Otras monarquías europeas se han casado con mujeres plebeyas. Yo quiero casarme por amor.

Sus padres se movieron inquietos en las sillas. Guillermo era demasiado idealista, pensaba en que la vida era fácil. Pero necesitaban tener asegurado el apoyo de los familiares del rey y lo ideal era casarlo con la hija de Dyon, que más o menos, tenía la misma edad. El duque de Satla le había asegurado que la joven era bella y discreta.

—Te debes al país y si los reyes piensan que es mejor casarte con ella, tienes que hacerlo.

—Dadme solo una oportunidad para conocer a alguien. Dadme un mes. Si no conozco a nadie durante ese tiempo, me casaré con esa prima lejana.

—Oh, estupendo, hijo —dijo la madre pensando que, con tanto trabajo y tan ocupado como estaba, sería imposible que conociera a nadie.

—El baile de primavera —soltó su padre de repente—. Es en dos semanas. Quizá conozcas ahí, al «amor de tu vida». Si es así, no nos negaremos a ello.

—Está bien, pero aseguraros de invitar a muchas jóvenes, o no voy a poder elegir.

—Por supuesto, hijo, así lo haremos.

El príncipe Guillermo se retiró a sus clases de economía y gestión. No tenía ninguna gana. Lo único que le apetecía era salir a cabalgar. A veces, pasaba por aquel lugar, esperando ver a esa chica tan bella que vio solo una vez.

—Tonterías —se dijo a sí mismo—. Seguro que la he idealizado y ahora será vivirá en una granja y tendrá tres o cuatro niños.

Pero un cosquilleo ocupaba su estómago siempre que se permitía pensar en ella, en su florecilla. Ni siquiera sabía su nombre. Estuvo mucho tiempo cabalgando por esos prados, sin llegar a verla de nuevo. Quizá había muerto....

Entró en la sala donde sus tutores ya lo esperaban. Ni siquiera había podido ir a estudiar fuera durante mucho tiempo. En cuanto el rey lo hizo heredero, tuvo que volver de la universidad. Ahora lo hacía todo a distancia y solo viajaba para los exámenes o los eventos oficiales. Se sentía más preso que otra cosa. Y, además, si le obligaban a casarse con alguien que ni siquiera conocía, su vida estaría acabada.

Se sentó en la mesa mientras el ministro de economía le daba lecciones sobre cómo llevar un país tan pequeño. El día era claro, alegre y los pájaros cantaban. Tal vez le estaban indicando que debería salir a cabalgar. En realidad, era lo que más le apetecía.

—¿Sabe qué, señor Peterson? Tengo que marcharme. Necesito tomar el aire —dijo sin dar opciones al hombre y dejándolo con la palabra en la boca.

Con varias largas zancadas salió hacia las caballerizas. El aire olía de maravilla a flores y a hierba fresca recién cortada. Sin ponerse ni botas ni traje de montar, escogió a su caballo habitual y salió trotando hacia el bosque.

***

En esos momentos, la modista llegó a casa de Selena. Giselle se apuró puesto que todos ya tenían orden de llamarla con el nombre de la niña. Tal vez metiera la pata.

—Selena, estás trabajando mucho, ¿por qué no te das una vuelta a caballo? Hace mucho que no sales al bosque.

—Oh, gracias, señora, lo haré.

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