La Escuela Mixta de Ágradein

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Siempre he pensado que mi profesión es una de las más honorables que se puedan elegir. Mi abuelo fue maestro, mi padre también y mi madre ha dado clases en un instituto de secundaria durante años. La tradición familiar nunca me supuso un acicate, elegí la enseñanza por pura vocación pero de haber sabido que acabaría en la Escuela Mixta de Ágradein habría preferido vender espiradoras de puerta en puerta.
     Ser partícipe en la educación de las generaciones futuras es una gran responsabilidad, supone un trabajo arduo y una gran dedicación. Enfrentarse a una clase repleta de infantes hiperactivos es agotador, pero si cambiamos una clase de pequeños humanos por un aula de pequeños no-humanos la cosa cambia. No tenéis ni idea de lo difícil que es mi trabajo; ya me diréis cómo se puede controlar a un crío que es capaz de volverse invisible.
     Diez años atrás habría sido impensable, más bien de locos, la posibilidad de que una momia o un pequeño minotauro compartieran aula con nuestros hijos. Hoy día es una realidad. Cuando la Revolución de los Paranormales comenzó nadie dio crédito. Muchos pensaron que se trataba de una sorprendente campaña de Hollywood, otros que los noticieros, en un arrebato descocado de humor, se habían puesto de acuerdo para gastar una broma a nivel mundial. La Iglesia, por su parte, tardó poco en pregonar que se trataba del Fin del Mundo y que todos, incluso tú, pecador, seríamos devorados por las llamas del Infierno. El caso es que tras unos meses de puro desconcierto comenzamos a sospechar que aquellas criaturas de leyenda eran reales. Sobre todo cuando te encontrabas alguno en la panadería de tu barrio comprando un par de barras de pan.
     Lo cierto es que llevaban siglos conviviendo con nosotros, unos ocultando lo que eran y otros (los que no les quedaba más remedio porque eran demasiado llamativos) en la clandestinidad. Supongo que se ocultaban por miedo a los humanos y nuestra histórica facilidad de recurrir a picas y antorchas para solucionar cualquier contratiempo. Como las costumbres cambian y el siglo XXI trajo un porcentaje más aceptable de tolerancia, decidieron dejar de esconderse.
     Ahora me avergüenzo de todas las revueltas y protestas que vivimos aquellos días. No los queríamos, esa es la verdad. Ellos también nos daban miedo a nosotros. El cine, la literatura y las leyendas habían hecho mella y por aquel entonces un vampiro era un ser depravado que bebía sangre humana, los hombres lobo perros salvajes que comían hombres y las brujas viejas feas que devoraban niños. Monstruos, al fin y al cabo. Gracias a la convivencia, y la tolerancia por ambas partes, nos dimos cuenta de que eran como nosotros.
     Así pues, tras la instauración de la Ley de Igualdad para Ciudadanos Paranormales los “monstruos” pasaron a ser ciudadanos de pleno derecho. Se adaptaron los hospitales, los negocios, algunas leyes y se construyeron nuevas escuelas, como la Escuela Mixta de Ágradein. Los duendes, las hadas, los grifos y las pequeñas hechiceras también necesitan estudiar para ser ciudadanos de provecho.
     Llevaba solo medio curso dando clases, hacía poco que me había licenciado y, como en las escuelas mixtas siempre solía haber plazas vacantes, eché la solicitud en Ágradein para adquirir experiencia. Quizás debí haber tenido paciencia y haberme presentado a unas oposiciones porque, siendo sincero, ser profesor en una clase mixta es un riesgo. Por eso todos mis compañeros son Ciudadanos Paranormales, menos la profesora de música que era humana. Aunque la primera vez que la vi creí que era una enana por la estatura y por la barba.
     En una escuela mixta hay de todo, hasta niños humanos. Solo unos cuantos, a decir verdad, pues pocos padres se arriesgan a que sus hijos acaben convertidos en piedra o embrujados por accidente. No es que los niños Paranormales sean malos, ni mucho menos, la mayoría son buenos chicos y muy cariñosos. En especial Albert, el niño lobo. Siempre que entro en clase mueve la colita con algarabía. Una vez se alegró tanto de verme que se hizo pis encima. De haber sucedido en una clase de humanos habría sido motivo de burlas pero allí nadie le dio importancia. Supongo que en la Escuela Mixta de Ágradein son todos tan particulares que nadie ostenta el título de rarito de la clase.
     Los que me traen de cabeza son los vampiros. No les puedo quitar el ojo de encima porque a la que me descuido se transforman en niebla y se escapan por debajo de la puerta. En una clase mixta a veces ocurren accidentes, como el de hoy…
     Imaginad pues a un joven inexperto, recién salido de la facultad de magisterio, enfrentándose día a día a semejante aventura. Ése soy yo. El mismo que estaba en el despacho de la directora en calzoncillos, chamuscado y sin cejas. Para colmo humeaba.
     ―Tengo que felicitarle por su entereza y rapidez, gracias a eso has salvado la vida de tus alumnos —decía la directora, comprensiva. Poco me consoló porque estaba en paños menores ante la respetable señora.
     Con un carraspeo, agarré lo que quedaba de mi corbata y ajusté el nudo al trozo que conservaba de camisa. Supongo que entendió mi apuro.
     ―Pídale al conserje un uniforme, después váyase a casa. Tiene libre el resto de la semana.
     ―Gracias ―respondí agradecido.
     Salí del colegio vestido con un mono azul, justo cuando los bomberos recogían las mangueras. Por las ventanas de mi clase todavía salía hilillos de humo. Poco más allá, en la puerta del patio, estaba el imponente señor Flores con su hija, la causante del incendio. El contraste era considerable porque mientras Rosita tenía la altura de una niña de nueve años, el dragón esmeralda medía al menos tres metros. Se acercaron, él con un par de zancadas y ella trotando tras su padre. El dragón dijo con voz grave:
      ―Ramón, mi hija quiere hablar con usted.
     Miré entonces a Rosita, la dragona que había reducido a cenizas desde los pupitres hasta la pizarra. Era tan pequeña, me llegaba hasta la cintura, no quería pensar en lo que sería capaz de hacer su padre. Posiblemente habría incinerado el colegio entero.
      ―¿Te encuentras mejor, Rosita? ―pregunté.
   ―Sí… ―contestó con timidez―. Siento mucho haber quemado la clase, yo no quería chamuscarle, profe…
     Que había sido sin querer ya lo sabía.
     Cuando sucedió estaba recitando la lección del día. De repente escuché un ruido muy extraño, como si una cañería estuviese a punto de explotar. Entonces vi que la cara de Rosita se ponía morada. Me asusté, enseguida fui a ver qué le pasaba pero antes de que pudiera hacer nada a la dragona se le escapó el eructo más atronador que había escuchado en mi vida. Retumbó hasta el suelo. Apenas tuve tiempo de cubrirme con los brazos cuando escupió una llamarada.
     El resultado del flato fue una estampida de pequeños paranormales, una clase quemada y un maestro convertido en carboncillo.
     ―Lo sé, pequeña, no te apures. Pero la próxima vez que te sientas indispuesta saca la cabeza por la ventana.
     La pobre me miró disgustada, con los ojillos brillantes. Me abrazó y con un suspiro rodeé el cuerpo escamoso que era muy calentito, blando y reconfortante.
     ―Es el mejor profe del mundo mundial ―dijo la dragona.
     ―Gracias, Rosita… ―contesté con un nudo en la garganta.
    Olvidad todo lo que os he contado antes. Mi trabajo es el mejor del mundo. Adoro a estos pequeñajos.
    Daba gracias por su bendita inocencia cuando los ojos de Rosita empezaron a parecer dos huevos fritos. De seguido regurgitó como una cañería a punto de explotar.
     ―¡Nooo! ―exclamé.
     Lo siguiente que escupió la dragona fue un potente GRRROOOT…
     El resto ya os lo podéis imaginar.

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