°•Capítulo 2•°

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-Kima-

Abrí mis ojos y lo primero que vi fue una vieja vestida de monja. ¿Qué era esto? ¿Una secta? Qué horrible. Odiaba este lugar de sólo imaginar que veneraban a un dios. Mis uñas viajaran a mis brazos y los rasqué, se sentía extraño pero emocionante tener un cuerpo después de tantos años vagando de mano en mano por los putos hechiceros que algún día acabaron con mi grandiosa existencia y con la de mi rey.

—¿K-Kiwa? —mis ojos observaron a la vieja que apretaba sus piernas, sin poder moverse un centímetro. Su voz, su postura, todo en ella demostraba que estaba cagada de miedo. Sonreí.

Pasaban los años y seguía demostrando y metiendo miedo ante estos cobardes e inservibles humanos.

—¿Kiwa? —ladeé mi cabeza mientras llevaba mi mano a mi mentón fingiendo interés—. ¿Quién es ella? Yo soy Kima, la reina de las maldiciones... —me acerqué a la vieja, ella estaba paralizada del miedo—, que no se te olvide.

Tomé su cabeza con mis manos y giré su cuello hasta que la cabeza salió de su cuerpo. La sangre no fue capaz de tocarme. Me reí con maldad mientras miraba el techo de este lugar.

—¡Ah, qué maravilloso! ¿Dónde estará mi estúpido rey? Más importante, quiero salir de este maldito lugar ahora, me provoca comezón.

Salí del gimnasio mientras observaba a varias mocosas compartiendo una linda tarde en paz, una linda tarde en paz que se iba a acabar ahora mismo. Pude ver varias maldiciones de bajas categorías que asesine cuando tenían la intención de venir hacia mí. Y sabía la razón del porqué habían tantas aquí, y eso era por mi objeto maldito, que se estaba debilitando y atrayendo por culpa de un sello inexistente.

Llevé mis manos a mi cabeza y golpeé con dos dedos mi sien. La maldita voz de la mocosa no me estaba dejando pensar con claridad.

—¡Cállate, mocosa, tu voz molesta!

—¡Detente!

—¿Ah? ¿Por qué debería escuchar tus órdenes, humana? Los humanos son asquerosos, corruptos, en verdad siento asco en reencarnar en alguien como tú.

Me hice la sorda a sus peticiones y sonreí con grandeza. Este lugar era realmente espectacular para acabar con todas las vidas de estos pobres corderos. ¿Es que acaso no sabían las verdades de estos sitios?

—Qué va.

—¡Oye, ni se te ocurra asesinar a alguien!

Me reí.

—Ya entiendo, Kiwa, ¿no? ¿Por qué no matar a todas estas personas? En especial a tus superiores, ¿acaso nunca lo pensaste?

—¡Lo pensé, pero creía que mi vida era más urgente por acabar!

Junté mis manos y cerré mis ojos para concentrarme un momento. No tenía todo mi poder, tenía mucho menos de la mitad, pero era la reina, con un poco de poder iba a ser capaz de manejar todo esto.

—Pues qué triste, ahora mismo, tu opinión me importa una mierda.

Por fin las mujeres comenzaron a darse cuenta de mi presencia, algunas me miraban con miedo, otras con confusión, pues estando en el cuerpo de la mocosa, era claro que me iban a hacer pasar por ella, lo que esa idea me ponía de mejor humor. ¡Pero qué gran bienvenida me has dado, Kiwa!

—¿K-Kiwa? —preguntó una tipa de baja estatura y con grandes ojos azules—. ¿Qué son esas marcas en tu cuerpo?

—¡Runa, no, no te acerques, detente!

Me reí internamente. Los gritos de Kiwa eran inútiles, esta mocosa jamás la iba a escuchar. Mis ojos se veían reflejados en esos azules que mostraban pánico y horror; podía ver ese intenso rojo que me caracterizaba en el ojo izquierdo y el otro era tan negro como la noche.

—Extensión de Dominio: santuario de la muerte.

Un gran templo lleno de calaveras se formó en todo el orfanato, mi atuendo se cambió por una túnica negra algo ajustada que dejaba ver mi escote y mi pierna derecha. Mencioné unas palabras en latín para poder así activar mi técnica y producir la muerte de todas las mujeres aquí.

—¿Kiwa... qué est-

La chica llamada Runa fue cortada por la mitad justo frente a mis ojos, y pude escuchar el grito agonizante de Kiwa que sólo me causó aún más satisfacción. Mi extensión acabó una vez que todas hayan muerto, y cuando estaba apunto de irme, sentí un gran poder tras de mí. Me di la vuelta para encontrarme con un hechicero, que tenía una orgullosa sonrisa en sus rosados labios.

—¡Hola, reina de las maldiciones!

Alcé mi barbilla.

—Demonios, otro arrogante hechicero que quiere acabar con mi linda existencia. Además, no me mires tan así, baja la mirada, soy tu reina.

—Me sorprendes, Kima. —me ignoró por completo cosa que me irritó—. Acabar con todas estas mujeres teniendo sólo un 5% de tu poder, es increíble. Al parecer fue buena idea venir aquí.

—Qué arrogante, ¿piensas que con esos ojos las mujeres caerán a tus pies? ¡Déjame acabar con tu maldita existencia, chamán!

—¡Sería un honor ser objetivo de alguien tan importante como tú, reina!

—¡Ajá, así que siéntete orgulloso, maldito chamán!

Me lancé hacia él, moviendo mis manos hechas un puño intentando al menos darle un golpe, pero sus movimientos eran tan ligeros. Sin embargo, junté mis dedos índices.

—Técnica de fuego: purgatorio.

Soplé mis dedos provocando que una gran llama fuera dirigida hacia el chamán, pero me tensé cuando sentí que alguien me tomó de los hombros y me lanzó hacia el suelo. Se sentó en mi espalda y cuando miré tras de mí, tenía una arrogante sonrisa en su rostro.

No lo podía creer, acababa de perder ante un mocoso, ante un chamán que ni siquiera se ha graduado. ¡En pocas palabras, un mocoso de mierda! Y sabía, sabía que este adolescente tenía un gran poder, pues hace unos años, muchos años, logré conocer a uno del Clan Gojo y sabía lo poderoso que iba a llegar a ser este mocoso si llegaba a perfeccionar al cien sus habilidades.

Maldición...

—¡Maldito mocoso, te enseñaré a respetar a tus mayores!

—¡Suenas como Utahime! ¿No serás familiar de ella? ¡Eso sería grandioso! Ahora, duerme, reina de las maldiciones.

—¡¿Ah?! ¡¿Quién mierda es Utahime?!

Sus dedos tocaron mi frente y sentí mi corazón paralizado para ya no sentir y ver nada más que oscuridad.

Kiwa || Gojo SatoruDonde viven las historias. Descúbrelo ahora