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Son esas ciudades de alargadas calles, casas de altos techos y angostos caminos, en las que a diario se cruzan destinos, los extraños se convierten, vagamente, en conocidos, y las personas se miran sin mirarse y pasan sin pasar, absortos en sus vidas, en sus mentes.

Fue en una ciudad como esa en la que la vi.
Tuve que detenerme a mirarla porque no me quedó opción.
Fue más bien como si detenerme a mirarla fuera la única alternativa que mi cuerpo me daba.

Me quedé observándola a través de la vidriera tras la que se encontraba. 
Al otro lado del vidrio había un mostrador con libros sucios y pequeñas reliquias, pero los noté hasta algunos días después, porque entonces, en ese momento la miraba a ella.

Su piel era nívea y aún en esa distancia y a través del cristal se veía tersa. Sus labios gruesos y rosados parecían estar moviéndose, como si hablara, y entonces me dí cuenta de que tenía entre las manos un libro, el cuál leía a susurros.
Sus dedos se aferraban a él cada vez más apretados y sus ojos cambiaron de expresión.
Yo sonreí y parpadeé.

Seguí caminando por la calle sin mirar a nadie, sin pensar en nadie excepto en ella, y cuando llegué al almacén en el que vivía, comencé a pintar su expresión en el extremo centrado de un lienzo en blanco. Aquella noche no morí pensado en sus ojos.

Unos días después, mientras caminaba bajo la lluvia me atreví a entrar a su tienda y hablarle.
Apenas recuerdo cuál era el tema central, pero sé que le saqué unas cuantas sonrisas.

Salí de la tienda esperando que el clima hubiera cambiado y así era. Había dejado de llover y mientras caminaba por la ya familiar calle me aferré al recuerdo de sus dientes, de sus labios y sus ojos. Llegué llenando un segundo espacio del lienzo en blanco del cuadro con su rostro, aquel que no estaba angustiado, sino brillante.

comencé a visitarla más seguido, y a llenar con más expresiones suyas mi cuadro. todas las tardes salíamos por un café cuando terminaba su turno en la tienda, y todos los días me contaba cosas nuevas sobre ella. Me dijo que era de América y que su familia era británica. Que ella había vuelto a Inglaterra sólo a trabajar y ahorrar para la universidad y que pronto volvería. También me dijo que estuvo enamorada, y una sombra oscura pasó por sus ojos cuando me relató cómo él se había marchado. Me pregunté ¿Quien sería tan tonto para irse de su lado?

La busqué siempre que pude y siempre que pude la encontré, consiguiendo más expresiones. Antes de darme cuenta yo ya estaba enamorado de ella. De su risa, de sus ojos, de su esencia, de su estilo, y hasta de su horrible manera de hablar sobre el amor. De decir que no creía en él.

Mi cuadro comenzó a crecer, comenzó a llenarse con sus ojos, sus labios, sus mejillas, su nariz, y mientras éste se llenaba, yo más la amaba. y así seguí, porque la deseaba, añoraba cada parte cuando no estaba y mientras mi cuadro se llenaba de ella, mi vida también.

Tomé su mano por primera vez, un día, al salir de su tienda. Ella me dejó sostenerla sin decir nada y me miró, asustada. Pero no la solté. Fue mi manera más pura de decirle que no tenía miedo de sostenerla, aunque a ella le aterrara que yo me quedara, sólo porque no podría soportar que después me fuera.

Terminé mi cuadro con sus rostros el día en que ella se fue.
Terminé de esperarla el día en que no volvió,
y terminé de extrañarla después de donar su cuadro.

Porque son esas ciudades de alargadas calles, casas de altos techos y angostos caminos, en las que a diario se escriben historias, pero no se terminan.

A menudo pienso que se arrepiente de haberse marchado, tanto como yo me arrepiento de que se haya ido. Busco no pasar por las calles en las que sostuve su mano, porque sostienen su ausencia. Trato de no entrar a lugares que sé, ella amaría; como librerías, tiendas antiguas o de discos, porque todos esos lugares me gritan que la ame.

A menudo recuerdo sus gestos grabados en mi mente y busco no concretar el pensamiento de que si ella hubiera besado mis labios en lugar de su miedo, aquello, lo nuestro, había durado para siempre.

Son esas ciudades¡Lee esta historia GRATIS!