13. Un respiro

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Le había pedido a Gandalf que le dejara a solas con ella para disculparse apropiadamente. Tras conocer su secreto su intención había sido alejarla de allí de inmediato. No quería que aquella inocente muchacha llena de vitalidad corriera la misma suerte que ellos, pero su plan había tenido justo el efecto contrario. En cuanto ella y el mediano advirtieron la amenaza, corrieron sin dudarlo hacia las fauces del peligro para ayudarles. Estaba vivo gracias a eso, sentía una profunda deuda ante aquellas pequeñas criaturas que había tratado tan severamente.

—Quería pedirte perdón por lo que te dije al escapar de los trasgos.

Iriel estaba sentada a su lado, había sacado las escasas vendas que le quedaban en la bolsa y las estaba empapando con las aguas del manantial para poder limpiarle las heridas. Aquella confesión casi le cortó la respiración, pero fingió lo contrario y se concentró en su tarea.

—No te preocupes. Yo tampoco pensaba con mucha claridad en aquel momento. Imagino que nuestra desafortunada discusión fue producto de la tensión de la situación y la falta de descanso.

A pesar de la amable justificación de la chica, Thorin seguía sintiéndose mal por lo ocurrido. Estaba acostumbrado a tratar con enanos, por lo que su tacto y sus palabras eran a menudo demasiado bruscos. Su intención había sido alejarla del grupo para protegerla y para ello había necesitado ser despiadado, pues la chica no abandonaría la Compañía sólo con las advertencias de peligro, de lo contrario jamás se habría unido a aquella empresa. Sin embargo se había visto abrumado por la situación y la cólera le había hecho excederse más de lo que pretendía. Necesitaba compensarla de algún modo, hacerle saber que las acusaciones que le había dedicado no eran ciertas.

—No eres débil. Eres probablemente la mujer más diestra en batalla que he conocido hasta ahora.

Las mejillas de Iriel se encendieron súbitamente con un rojo tan intenso que parecía que alguien las hubiera golpeado. Intentó bromear para quitarle importancia a la situación, si seguía haciendo caso de las palabras del enano con su profunda y sensual voz, su corazón se acabaría escapando de su pecho, pues ya empezaba a golpearlo con violencia.

—Eso será que no has conocido a muchas. —La tímida y radiante sonrisa de Iriel volvió a vulnerar las defensas del enano. Esta vez fue él quien desvió la mirada porque se sintió sobrepasado por aquellos ojos claros que brillaban ante los tonos apagados del cielo.

Iriel aprovechó la ausencia de contacto visual para concentrarse en su labor. Observó el cuerpo del enano, tenía rasguños y heridas por todas partes. Decidió empezar por las que parecían más superficiales, situadas en su pierna derecha, justo encima de la rodilla. Debía de habérselas hecho el huargo blanco con sus garras. Como la tela del pantalón estaba rasgada, aprovechó el agujero para limpiar la herida a través de él con las vendas mojadas. Si al enano le dolió el contacto del agua sobre sus heridas abiertas cubiertas con sangre seca y restos de tierra, no se quejó. Iriel se entregó a la tarea en silencio mientras el enano se sometió a sus pensamientos, ya había cumplido su tarea de disculparse, ahora podía volver a concentrarse en el resto de sus preocupaciones.

En otra situación el enano jamás habría consentido que nadie se encargara de sus heridas. Simplemente las habría ignorado o las habría tratado él mismo. Pero en aquel momento nada de eso tenía importancia para él. Se sentía cansado, humillado y derrotado. Quería evadirse de la realidad y que su cuerpo hiciera lo que creyera conveniente.

La siguiente vez que Iriel observó el rostro del enano, su expresión había cambiado, se había vuelto más triste.

Su mirada parecía perdida, como si se encontrara a miles de pasos de distancia. Thorin no podía dejar de pensar en lo que había sucedido con los orcos. No podía dejar de pensar en su derrota.

Una identidad inesperada - Hobbit¡Lee esta historia GRATIS!