25. Fin del viaje.

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Llegué a mi habitación y me tumbé en la cama.

Quería salir corriendo, pero no podía.

¿A dónde corren las personas que están totalmente perdidas? A ningún lado.

Sólo se pierden un poco más entre el dolor. Su dolor. Porque ya les pertenece, me pertenece.

Porque todas las zarzas que tengo clavadas en el corazón y en el alma, no se irán por mucho que corra, no se volatilizarán por mucho que huya, pero igual, siénto que no las tengo por un momento.

Y en ese pequeño instante, te recordaré a ti a mi lado, porque me sentiré libre, como tú me enseñaste.

Entonces surgió otra pregunta en mi cabeza.

¿Cómo seguir? ¿Cómo sin ti?

Fuiste tú quien me enseñó a vivir. Quien me demostró que no sólo es respirar. Quien me enseñó a volar.

Fuiste quien me rescató de mi mísma, quien me sacó del agujero en el que estába perdida, para perderme de nuevo en tus ojos.

¿Cómo vivir sin la poesía de tus labios que endulza mi boca?

¿Cómo vivir sin la persona que me ha enseñado a sonreír?

¿Cómo?

Daría todo lo que tengo por estar un segundo más a tu lado. Por volver a cogerte de la mano. Por depositar un beso sobre tus labios.

En ese instante entró mi padre por la puerta interrumpiendo mís pensamientos.

Comenzó a gritarme, le odiaba tantísimo.

Él había matado a la única persona que había querido realmente.

Por eso, cuando salió de mi cuarto después de desahogarse y provocarme unos cuantos cardenales, empecé a hacer la maleta.

Metí todo lo que pude y después de eso me dirigí a su habitación. Cogí dinero, el suficiente para huir lejos.

Robar está mal, pero está peor que me maltrate cada día de mi vida.

Luego fuí a mirarme por última vez en el espejo, porque ese día, lo rompí, me libré de sus cadenas que tantas heridas me habían hecho y salí a ser feliz.

Me di cuenta de que era yo la persona reflejada en él. Era yo mi peor pesadilla y mi mayor enemigo.

Y hoy, había decidido no volver a ser ella nunca más.

Asi que después de acabar con todo, me fuí de casa pegando un portazo, dejando tras de mi a mi padre  y con él mi pasado.

Él habría querrido que viviese mi vida. Y tenía el lugar ideal para comenzar de nuevo a vivirla.

La playa en la que estuvimos él y yo. Donde aún existía un nosotros. Donde éramos dos y no uno.

Asi que cogí el primer autobús y en cuanto llegué fuí a nuestro rinconcito, a ese pequeño sitio donde sólo habíamos estado nosotros y me puse a recordarle.

Si le pensaba todos los días, seguiría vivo conmigo.

Es curioso como una persona puede arreglarte la vida, cuando estába más que torcida.

Como sólo necesitaba cogerme la mano para estar segura.

Como un abrazo puede llegar a transmitir tanto.

Como era poesía en mís pupilas cada vez que lo veía con su sonrisa.

Desde entonces nunca dejé de imaginarme a su lado.

Cada día le escribía, aunque fuese un poco. Porque para mi seguía vivo. Él estába conmigo.

Le sentía en la suave brisa de verano que me aliviaba o en esa manta que usaba para protegerme del frío.

En cada melodía que me acogía cuando la escuchaba, haciendo que no me sintiese tan sola, tan destrozada.

En los rayos del sol que entraban por mi ventana y me iluminaban las mañanas.

Para mi nunca murió del todo, estába conmigo cuidandome y queriendome.

Porque cuando se quiére de verdad, se quiére para siempre.

Y eso, eso es algo que me enseñó él.

No os engañeis, el amor no duele. Lo que duele es olvidarlo.

Y yo no pude borrar todo eso que sentía, pero al menos aprendí a vivir con ello, aunque a veces moría (por ti).

Atrapada en el espejo¡Lee esta historia GRATIS!