Sesenta y seis

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Tres meses después

El olor a carne inundaba cada espacio del campo que se encontraba junto al patio de juegos. Música sonaba, niños reían. Me sorprendía cómo un lugar que se supone debe ser deprimente y silencioso podía albergar tanta alegría. Papá había tomado un descanso de su típica bata blanca y mamá servía las gaseosas. Yo le daba el último retoque a un pastel color esmeralda de tres pisos decorado con glaseado.

Sentí cómo dos manos se posaron en mi cintura.—¿Cómo pasas de no saber hervir agua a esto?—preguntó Conor asombrado. Sonreí tontamente.

—¡Estuve practicándolo toda la semana!—contesté—Revisé la receta treinta veces, vi maratones de Cake Boss... Además, tu mamá me ayudó un poco.

—¡No seas modesta!—gritó Clara a unos metros de distancia—El crédito es todo tuyo.

Me sonrojé; intenté ocultarlo fingiendo buscar velas.

—Y sigo hallando nuevos talentos... Ahora solo falta que tengas súper fuerza.

—No es tan difícil como parece. Nada más necesitas paciencia.

—Sí, y polvo de hada.

Revoleé los ojos divertida y le embarré un poco de caramelo en la nariz.

Me miró amenazante y tomó la lata de crema batida.—¡No debiste hacer eso!—exclamó.

—Ágnes, ¿Podrías acercarte un segundo?—llamó mi padre. Yo acudí.

Mientras caminaba escuché a Conor decir: ¡Sí, muy bien, huye! Y no pude evitar soltar una carcajada. Rápidamente me acerqué a papá y lo abracé por la espalda. Él estaba conversando con otro doctor, mucho más experimentado que él. Entonces me presentó:

—Cariño, él es Mark Lewis, el director del centro.

—Solo un colega—dijo el hombre tendiéndome la mano—Seguro—dije correspondiendo el gesto.

—Así que, Ágnes, tu padre ha estado hablando muy bien de ti. Dice que tienes calificaciones excelentes.

—Exagera—aclaré—Mis notas son muy promedio.

Mark Lewis me observó detenidamente, como analizando cada una de mis palabras.

—Déjame preguntarte algo: ¿Qué harás este verano?

Volteé hacia mi padre en busca de una respuesta, pero él se mantuvo callado.—Ah... Pues... Creo que nada. Aún estamos acostumbrándonos al nuevo ambiente, así que...

—¿Qué opinas de apoyar aquí, con los niños?—preguntó finalmente—Será como cualquier otro trabajo de medio tiempo, y se te pagará por hora. ¿Suena bien?

No salía del asombro; papá me había comentado antes que el hospital estaba buscando estudiantes voluntarios, pero había olvidado mencionar la parte de la paga.

—¡Suena excelente!—exclamé entusiasmada—¡Me encanta ayudar! Sea lo que sea, cuenten conmigo.

—¡Eso quería escuchar!—papá dijo emocionado. En ese momento, Ernesto se acercó a nosotros con una espátula en la mano derecha y un mandil por sobre su ropa.—Henry, ¿Te molestaría revisar la barbacoa un segundo?—preguntó dirigiéndose a mi padre—Creo que necesita más carbón.

Él asintió y, usando sus manos, avisó que volvería en un momento.

Incluí al padre de Conor a la conversación, evitando que se alejara.—Oh, él es... Mark Lewis, el director del centro.—los vi estrechar sus manos con sonrisas en el rostro—Mark, él es Ernesto, padre de Sophie.

—Sophie es una niña muy especial—dijo Mark en modo de cumplido—En poco tiempo ha sabido ganarse nuestros corazones.

—¡Cierto! No imaginé que hubiese hecho tantos amigos tan pronto—habló Clara una vez dentro del círculo. Tenía que darle la razón es eso: sólo habían ocho niños en la fiesta, pero ocho amigos en un mes era un verdadero récord.

—Y, ¿Ustedes viven aquí?—preguntó Mark.

—Oh, no—interrumpí—Solo vinieron por el fin de semana. Se están quedando con nosotros, de hecho.

—Vivimos en Westfield...—aclaró Ernesto—Por ahora.

—¿Quiere decir que se mudarán?—pregunté entusiasmada—¡Eso es genial!

—Sí, bueno...—divagó Clara—Pondremos la casa en venta y, con un par de meses de sueldo, tendremos lo suficiente.

—Oigan, oigan—llamó mamá—No quisiera terminar con esta linda conversación, pero la mesa está lista y no me gustaría que ese pastel se desperdiciara.

—¡Pastel!—exclamó papá frotando ambas manos. Los niños tomaron asiento impacientes y yo dirigí mi creación hacia el centro de la mesa.—Feliz cumpleaños número ocho, Soph—susurré acariciando a la pequeña niña en silla de ruedas.

—¿Carne y pastel? ¿Eso no arruinará mi estómago?—preguntó Conor muy fuerte para llamar mi atención.

—¿Entonces no quieres tu parte?—pregunté de vuelta—Bien, mejor para los niños.—Mi ex-novio rió y me atrajo hacia él.

—Conor, estoy ocupada...—dije divertida intentando soltarme de su agarre.

—No puedo agradecerte lo suficiente por esto—dijo en voz baja.

Negué con la cabeza.—No tienes que agradecerme; sabes que para mí es un placer.

—No lo digo por la fiesta—explicó—Mi familia está más unida que nunca, mi hermana es feliz... Yo soy feliz.

Junté nuestras manos disimuladamente. Él no dejó de mirarme.—Te amo, Ágnes—susurró. Una sonrisa escapó inconscientemente de mi boca.—También te amo—contesté.

Entonces él me dio un corto beso en la frente y yo posé mi cabeza en su hombro. Escuchamos la última estrofa de Feliz Cumpleaños prestando muy poca atención y los aplausos nos despertaron.

—Pide un deseo, linda—dijo Clara, abrazando a su hija con sumo cuidado.

Ella volteó hacia nosotros y nos dirigió una mirada cómplice por algunos segundos. Ninguno de los dos se movió. Sophie sonrió, volvió a su pastel, y entonces sopló.

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