Capítulo 9

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Hoy se había levantado especialmente mal. El día anterior había estado recogiendo y fregando la enorme casa entera. Giselle recibía unos amigos o parientes, no lo sabía. Pero debía disimular el mal estado de conservación de los muebles, encerándolos hasta sacar brillo; las baldosas agrietadas del suelo brillaban como un espejo y las cortinas y alfombras olían a limpias y nuevas. A Selena le dolía todo el cuerpo. Incluso se sentía enferma. Eran las cinco de la mañana, su hora habitual de levantarse y no podía mover un dedo.

Se obligó a incorporarse un poco. ¿Tendría una lesión en la espalda o solo estaba agotada? Volvió a echarse y sintió unas terribles ganas de llorar. Pensó en su vida anterior, en sus padres y se dio cuenta de que una vida así no valía la pena. Siempre era positiva, pensaba que podía con todo, que sus hermanas y su madrastra algún día la apreciarían, sobre todo, cuando ella hacía el trabajo de dos personas o más... pero día tras día su esperanza la abandonaba... hasta el siguiente.

—Supongo que soy una ilusa —suspiró mirando el cielo oscuro a través de las ventanas. Pronto amanecería, pues en verano el sol se levantaba perezoso a las seis de la mañana. Para entonces, ella ya había limpiado y preparado el desayuno, dado de comer a las gallinas, que su madrastra había comprado para gastar menos en el mercado e incluso recogido algún fruto del pequeño huerto que ella misma había plantado.

Cerró los ojos revisando el dolor. Se extendía desde la nuca hasta la cadera, toda la espalda; músculos contraídos y agotados. Pero tenía que levantarse.

Con un esfuerzo sobrehumano se quitó la sábana que la cubría y se incorporó. Puso un pie en el suelo y luego otro. Tal vez una ducha, aunque no fuera muy caliente, le ayudaría a relajar su dolor. Se quedó sentada durante un minuto y, entonces, las luces que ya habían dejado de visitarla, volvieron. Ella agradeció que estuvieran allí, pues eran las únicas que parecían tenerle aprecio.

Tres de ellas se posaron sobre sus rodillas y dejaron de aletear. Entonces, ella pudo verlas más claramente. Se trataba de dos pequeñas y un pequeño. Parecían adolescentes con orejas picudas y trajes hechos con hojas.

—¿Por qué no has venido a visitarnos? Te echamos de menos —dijo una de ellas.

—No tengo tiempo de ir al bosque a pasear —protestó Selena—. Ojalá pudiera, pero paso todo el día trabajando. No es fácil.

—¿Y por la noche? —dijo envalentonado el pequeño.

—Si no descanso por la noche, ¿Cómo me voy a levantar por la mañana? Fíjate cómo estoy hoy. Apenas puedo moverme.

—Puedes viajar en sueños, no es necesario que muevas el cuerpo físicamente —dijo la tercera sonriendo—. Es tu alma la que vendría a vernos. Eres parte de nosotras.

La primera hada hizo callar a la tercera, pero Selena estaba tan cansada que no se dio cuenta.

—En fin, tengo que ducharme, a ver si se me pasa este dolor.

—Nosotros te ayudaremos —dijo la primera hada.

Los tres la rodearon y comenzaron a volar alrededor de ella, que se levantó, impulsada por la magia que se había generado. Ella sintió como se elevaba unos centímetros del suelo y cerró los ojos. Unas corrientes eléctricas muy agradables la traspasaron por todo el cuerpo y relajaron su musculatura agotada. Su cabello, que ya le llegaba a la cintura, comenzó a trenzarse y hubo algo de movimiento en la ropa. Poco a poco, fue depositada suavemente sobre el suelo. Selena abrió los ojos y comprobó que ya no le dolía nada, y que su cabello estaba limpio y peinado. Su ropa, planchada y sin arrugas. Era como si hubiera vuelto a renacer.

—¿Cómo lo habéis hecho? Me siento de maravilla.

—Es algo que tú misma podrías hacer, Selena, si vienes al Claro de la Luna para que GranMadre te enseñe —dijo la primera hada—. Tienes en tu interior la fortaleza y el don de hacerlo. Puedes hacer cosas que no podías imaginar.

Selena se quedó mirando a las tres pequeñas hadas que revoloteaban a su alrededor.

—¿Quieres decir que soy una Tiznada?

—Oh, nos gusta más el término de Luminosas. Y sí, tienes sangre de hadas. Tu madre lo era. No era Terránea.

—Si se entera Giselle, me echará de casa —dijo ella preocupada.

—Esta es tu casa, Selena, nadie puede echarte. De hecho.... —dijo la tercera enfadada—. Deberías luchar por lo que es tuyo. Ahora eres mayor de edad. Habla con las personas de confianza. Hay gente que te puede ayudar y podrás hacerte cargo de lo que te corresponde. Deseabas ir a la universidad, y no te dejan. No es justo.

—Vamos, vamos, dejemos a Selena que empiece su día —dijo la primera llevándose a la belicosa hada. Tenía miedo de que hablase más de la cuenta.

—Llámanos y vendremos, no esperes a estar tan mal —dijo el hada masculina con una gran sonrisa.

—Os lo prometo —dijo Selena.

Las tres hadas, ya convertidas en luces, se alejaron por la ventana abierta y Selena, ya vestida con su habitual ropa de servicio, bajó contenta hacia la cocina, donde le esperaba un nuevo día de trabajo, aunque ahora ella comenzaba a sentirse diferente, con esperanza de que todo pudiera cambiar algún día.

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