Tercer acto: Sobredosis

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Sei, aun adormilado, lanza un sonoro bufido.

-No me llames así – creo que intenta sonar serio, pero su cara no me convence en lo más mínimo. Todavía es un niño.

-Sí, sí, lo que digas – miro a Aoba con una sonrisa ignorando a Sei y el segundo vuelve a hacer un ruido gracioso. Agito un poco a mi ‘’hermano’’ y paso mi mano por su cabello – ya es hora solecito – digo suavemente para no levantarlo tan a prisa.

Vuelve a quejarse y de pronto siento a Ren en nuestras piernas retorciéndose.

Un allmate…

Solo los aptos pueden tener una. ¿En qué se diferencian? No estoy muy segura. Algo sobre salud, edad, estado mental y la adecuada para ti. A veces te las asignan a la fuerza, siendo esta opción la peor de todas. Luego están la allmates como Ren, las cuales encuentras quizás por una casualidad o por buscar una en la tienda. Mis recuerdos de Ren no son muy concretos, no existe un antes o un después exacto. Conduzco mi bicicleta con Sei y Aoba acomodados de una forma y Ren no está. Luego la misma escena aparece, pero frente a mi hay una canasta y el pelaje negro roza un poco mis manos. Aparece de la nada.

Aoba es el único que tiene en la casa. Tae no es una apta, seguramente pos su edad. La salud de Sei debe ser la razón por la cual esta opción no es buena para él. Y yo… mi mente. Eso debe ser. Hay un secreto en ella que yo nunca he podido revelar; quizás toda la gente que amo lo sabe y lo oculta de mi. Quizás. Cualquier probabilidad, por otro lado, no me deja poder tener una.

El doctor dijo que no me consiguiera una, esperar a sus instrucciones pero a medida que pasa el tiempo, las ganas de un allmate salen de mi contexto.

Acaricio a Ren con la rodilla por mis manos ocupadas y mis piernas alejadas. Al igual que Aoba recibe el gesto.

-Aoba voy a desayunar – susurro y se le vuelve a escapar un gemido.

Suelta mi mano, receloso y se retuerce en la cama para darme la espalda. Sei y yo nos reímos. Paso mi mano por su hombro y el reacciona cubriendo el oído que ha quedado en el aire.

-Anda vamos a comer…

Otro quejido.

Miro a Sei y levanto los hombros, poniendo los ojos en blanco. Me siento en la cama no sin antes plantarle un beso en el hombro, puesto que sé lo sensible que es su cabello. Un recuerdo de un doctor diciéndole que eso no es normal pasa por mi mente y me hace suspirar de rabia, antes de levantarme y pararme junto a Sei.

Solo tú sabes lo que sientes, me digo, dándole un vistazo a Aoba, quien aún se queja.

Miro a Sei parado frente a mí. Se nota la diferencia de estatura a simple vista y le temo al hecho de quedarme de la misma estatura y que ellos crezcan todavía más.

-Buenos días – repito.

Sei se ríe, mientras pasa sus brazos por encima de mis hombros. Pega su nariz y boca sobre mi frente y resopla, causándome cosquillas. Su respuesta a mi saludo – lo más perfecto de mundo – provoca que sostenga con mis manos frías sus brazos alrededor de mis hombros.

-¿Se lleno de borrachos el bar anoche, [T/N]? – ya con dirección a las escaleras, a Sei no se le olvida la pregunta de el día.  A pesar del tono de pregunta, puedo sentirlo más como una afirmación.
-Como cada noche – le doy validez a su respuesta con un suspiro de derrota y los dos reímos en silencio.
El pasillo frente a nosotros es tan familiar que los tres podríamos cruzarlo fácilmente con ojos vendados. Por una facción de segundos se me hace muy largo, pero luego diviso las escaleras y el barandal, que se interpone, entre el segundo piso y una caída libre hacía una fractura. Siento que cada elemento que compone la subida al segundo piso, es un cómplice en mis mentiras mal estructuradas.  
Me parece peculiar no tener ninguna clase de regresión esta mañana. Espero no hablar muy pronto.

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