Capítulo seis

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Me miro al espejo delante de mí y me veo rarísima con esta cosa en la cabeza. No sé si va a funcionar. Espero que sirva de algo.

Mi madre me ha explicado que se llama Lia, tiene 43 años y que vive sola. No tengo padre y no sé cómo sentirme al respecto. Me ha contado que murió en un accidente (ni ella sabe los detalles), cuando yo tenía cinco años. Tal vez me siento un poco vacía porque esperaba encontrarme con la compañía de un padre pero no quiero admitirlo. Aun así, tengo un hermano que, por lo que parece, me va a cuidar igual.

También me ha dicho que después de que Dryn muriera, no se enseñó mi cara a nadie. La gente no me reconocerá por la calle como “la chica que mató a la presidenta” ya que se evitó dar mucha información sobre el asunto. ¿Debería alegrarme? Al fin y al cabo, maté a la presidenta. Creo que si esta gente lo supiera ya tendría una estatua de mi persona esculpida en cada plaza, y mi nombre en alguna calle. Me río al pensarlo; solo soy una estúpida chica de dieciséis años... que ha intentado salvar a esta gente.

Mi madre me ha invitado a darme un cambio de imagen. Me ha cortado el pelo bastante, ahora me llega un poco más abajo de los hombros, cuando antes bajaba hasta casi el ombligo, y me lo está tiñendo. Lo tenía de un color marrón oscuro, y cuando me quite esta cosa tan incómoda de la cabeza lo voy a tener marrón claro. Me ha dicho que es mejor no destacar, así que he escogido un color que me ha contado que es bastante común en las chicas.

Este cambio significa que voy a empezar de nuevo. “Como si no hubiera nada antes de esto” me ha dicho mamá. “No lo hay”, he pensado, pero me he limitado a sonreír. Se la ve entusiasmada. Ha recuperado a su hija, y ahora que la veo, me siento mal por haberle hecho pasar unas malas semanas. Quién sabe si quizás empezó a perderme antes del ataque.

Estoy en la habitación de delante del salón. Es un dormitorio muy bien arreglado, con una cama muy ancha con las sábanas doradas y una lámpara de araña. Esto no es lo que imaginaba cuando vi la fachada de la casa, hace como dos horas. Se ve que mi padre era un rico empresario de la zona moderna de la cuidad. Antes vivíamos allí. Después de su muerte nos quedamos con su fortuna y nos fuimos a vivir aquí. Nadie supo que heredamos el dinero de papá, se ve que hay mucho secretismo por aquí. La gente pensó que lo perdimos, o que papá se fue a la tumba con él. Once años después, aun vivimos de su dinero. Y todos los muebles de la casa estaban en nuestra antigua vivienda. Crecí entre estos objetos, y no los recuerdo. Me odio a mí misma por hacerme esto.

También le he preguntado a mi madre acerca de las cámaras mientras me aplicaba el tinte. Me ha dicho que en esta casa no hay ninguna, así que están seguros. El gobierno cree que este edificio está abandonado, así que no le presta atención. No hay ninguna otra puerta en el callejón, así que tampoco está vigilado. Mi familia tiene toda la libertad para entrar y salir de casa sin “levantar sospecha”, como diría West. Sonrío al pensarlo. Se me borra la sonrisa cuando pienso en el que mamá llamó el Edificio Cronsbeck. Ahí sí había cámaras, y también estaba abandonado.

Mi madre entra en la habitación y me pilla con la mente perdida en mis pensamientos. Me giro hacia ella y no dudo en preguntarle sobre lo que estaba pensando.

–Si aquí no hay cámaras porque el gobierno cree que es un edificio abandonado, ¿por qué las había en el Edificio Cronsbeck?

Creo que mi madre no quiere que sepa la respuesta. Abre la boca pero no dice nada. Mi constante mirada hace que acabe cediendo.

–Ese edificio no está abandonado –mi mente piensa en todo lo que puede ser, pero nada es coherente–. Es un edificio de pruebas del gobierno. Hacen sus experimentos en laboratorios y ahí los prueban, a veces con animales, a veces con seres humanos –se ha sentado en el borde de la cama y tiene la cabeza gacha.

Le doy un puñetazo a la mesa que tengo delante y cierro los ojos con fuerza. ¿Porque nadie me cuenta la verdad a la primera? Ahora me doy cuenta. He sido un experimento. Estaban probando el gas en mí. Yo era su prueba y su excusa perfecta. Me muerdo el labio antes de estallar a gritos.

–¡Era su experimento! Podría haber muerto allí dentro... ¡y lo dices como si nada! –me estoy poniendo roja, lo noto. No puedo contenerme el enfado. Sé que todo esto no es culpa de mi madre, es culpa mía, pero no puedo evitar enfadarme–. Hubierais dejado que me muriera...

–Nunca te hubiera dejado morir, Brook –me corta y por fin levanta la cabeza. No se ha atrevido a mirarme a los ojos mientras gritaba. Su voz tiembla–. Pero tampoco podía hacer nada. Créeme, si hubiera podido, lo habría hecho.

Entonces me doy cuenta de que no lo dudo. No dudo que mi madre habría actuado si hubiera sido necesario. Pero tampoco puedo perdonarla tan fácilmente: me dejó allí y me mintió sobre lo que hacía dentro. Me pongo la cara entre las manos y resoplo. Cierro los ojos e intento calmarme. Conto mis respiraciones y mi pulso disminuye.

Me giro un segundo y veo que mamá está en la misma posición que yo, pero a ella se le resbala una lágrima por la mejilla. Me siento mal y me pregunto porque soy tan blanda. Quizás debería tener un poco de empatía. Es una madre soltera que ha estado a punto de perder a su hija, y además se lo restriego. Lo ha pasado mal y es mi culpa. Ella me apoyó en la decisión de atacar a Dryn, me lo ha contado, pero yo debí pensar en las consecuencias de mis actos antes de hacer algo.

La he hecho sufrir, y me odio por ello.

–Mamá –me mira a los ojos, ya se ha secado las lágrimas–. Lo siento. Lo siento mucho.

Me levanto y le doy un abrazo. Nos quedamos pegadas unos minutos.

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