El infeliz de la gorra

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Me levanto tarde como siempre, a pesar de despertarme a las cinco de la mañana, como siempre. Tengo el turno de tarde para ir a trabajar al supermercado, así que no hay problema. Pero si por mí fuera, me quedaría en la cama todo el día, hasta que a la noche no me quede más que seguir de largo y dormir. Pero pensándolo bien, me muero de hambre, razón suficiente para levantarme.

Cuando llego a la cocina, que de hecho está a un metro de mi cama, ventajas de monoambiente, lo primero que hago es tomar agua de la canilla. Tiene un gusto raro, pero de eso hace ya un mes y sigo vivo, por lo que sé que está todo bien. A lo sumo sea una paloma muerta en el tanque del edificio. Nada nuevo.

Obviamente, el agua no consigue saciarme, pero algo en mi interior me dice que en la heladera no hay nada comestible, probablemente sea el recuerdo de anoche. 

Efectivamente. Nada. La panza me ruge como rogándome que vaya a comprar, pero le respondo que se deje de joder, que sabe que no hay plata. Por si no queda claro, le respondo literalmente, igual nadie me escucha, por más finas que sean las paredes.

El reloj marca las doce pm, por lo que, si la hora que dice es correcta, en una hora tendría que estar camino al trabajo. Hay tiempo para bañarme, pero no ganas, así que me visto directamente con el uniforme de siempre (no me vendría mal lavarlo alguna vez... No hoy.) y me afeito. Pequeño éxito! ni un corte en la piel. Tendría que anotarlo.

Una vez estoy listo, me pongo mi gorra roja con el logo de COTO bien grande en el frente y emprendo el viaje a pie de 15 cuadras hasta el super. 

Por qué los Apteryx no vuelan.¡Lee esta historia GRATIS!