Capítulo Veintitrés

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De vuelta en casa

Paula

Llegué a Madrid. Dani me esperaba en el aeropuerto sonriente.

-¿Qué tal, Paula?

-¡Mal!-y me eché a sus brazos llorando.

-Tranquila, tranquila.

Me llevó a casa. Yo seguía angustiada, lo había estado durante todo el viaje.

-Cuéntame, ¿qué ha pasado?-preguntó extrañado.

-Pues él... Estuvo conmigo... Luego se fue...-dije mientras seguía llorando.

-A ver, tranquila. Despacio.

-Pues ya sabes que conocí a un chico, Carlos. Me enseñó la ciudad durante la semana y tuvimos una "relación", si se le puede llamar, porque después de lo que ha hecho no parece que me tenga un gran aprecio.

-¿Qué ha hecho ese idiota?

-El último día me dio un regalo y dijo que se le había olvidado otro detallito en casa. No volvió, después de una hora y quince minutos. Resumen, que me estuvo tomando el pelo y me rompió el corazón.

-¿¡Quieres que vaya a partirle la cara a ese...?!

-No. Es mejor dejar este recuerdo en el cajón de las cosas que no me importan. Aunque sí me importe...

Mi hermano volvió a abrazarme. ¡Qué mono es cuando se pone protector!

-Y ¿ahora qué vas a hacer?

-Seguir con mi vida y olvidar a ese chico, tan guapo, tan maravilloso, tan amable, tan...

-¡Basta! ¡Te ha roto el corazón! ¡Es un mierda! Repite conmigo, ¡es un mierda!

-¡Es un mierda!

-Así me gusta. Menuda educación te estoy dando...

-Me gusta tu educación, Dani.

Estuve deprimida durante ese fin de semana. No sé si por Carlos o por tener que ver a mi jefe Alberto de nuevo. Puede que por las dos razones.

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El domingo me quedé en casa, no tenía ganas de hacer nada; solo comer helado mientras veía películas románticas y lamentaba estar soltera, de nuevo.

Tocaron la puerta. ¿Quién venía a perturbar mi calma?

-¿Quién es?-pregunté detrás de la puerta.

-Soy yo-dijo una voz conocida.

-¡¡¡¡Miranda!!!!-grité y abrí la puerta como una loca a mi mejor amiga-¡No sabes cuánto te he echado de menos este último mes!

-¡Y yo a ti, mi pequeña! ¿Por qué tienes esas pintas de vagabunda?

-Una larga historia.

-Tengo tiempo de sobra.

-Adelante, pasa.

Le conté todo lo que me había pasado esta última semana y ¡me eché a llorar otra vez! (¡No podía evitarlo! ¿Vale?)

-Bueno, pues tengo un plan. Vas a ducharte, vestirte y luego iremos a cenar. Y me da igual que no te apetezca una mierda porque vas a salir de esta cueva de tristeza eterna y lo vamos a pasar bien.

-Vale, si insistes...

Me arreglé bastante para ir a cenar con mi mejor amiga. Después, íbamos a ir a ver a su novio, es guapísimo. Tiene ojos azules, un pelo sedoso de color marrón claro y una dentadura blanca y perfecta. Además, es encantador y uno de mis mejores amigos.

Tuvimos una historia hace mucho tiempo. Cuando dejamos la relación, decidímos seguir siendo amigos y así ha sido durante todo este tiempo.

Lo conocí en la universidad; en aquella época estaba como hipnotizada. Ha sido una de las mejores parejas que he tenido.

Bueno, al grano. Fuimos a su oficina. Es jefe de una empresa y trabaja muy duro. Esta ocasión era especial, estaba trabajando un domingo porque tenía una reunión muy importante, o algo así.

Hacía mucho que no lo veía, pero a pesar de todo, seguía igual de atractivo.

-Hola, cariño-le dijo Miranda a Aaron.

-Hola, cielo. ¿Paula?-preguntó él.

-La misma-contesté yo.

-¡Vaya! Estás guapísima.

-Gracias, aunque no sé ni cómo después de todo lo que he llorado.

-¿Llorado? ¿Por qué?

-Nada, nada. Ya te contaré.

-Bien, pues mañana tengo el día libre; si quieres quedamos para comer y me cuentas.

-Vale.

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