Capítulo II

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                                                                                                                                                                                                                II

                                                                                                                                                                                                          - 1918 -

Seguramente pareceríamos un grupo de embarazadas con aquel uniforme marrón del ejército, por los paquetes de munición y granadas que nos abultaban exageradamente el cuerpo. Yo y los demás reclutas buscábamos con la mirada perdida algo de ayuda, dando pasos en falso en la mutilada y grisácea tierra francesa. Mi rostro, aunque lo rechazara, era el de una simple criatura. Trataba de impartir gravedad con la mirada, pero aún había en mi bondad y algo de timidez. Mi piel era suave y carecía de cicatriz alguna. Me sentía incómodo en mis ropas.

El escenario era desolador. Los soldados corrían de un lado a otro, algunos cargando agua y vendajes, otros llevando munición para los morteros; todos obedeciendo sumisos las confusas e imperiosas órdenes de sus superiores.

Junto a mí, otros jóvenes novatos buscaban una guía en los demás soldados, pero estos solo nos ignoraban. A muchos de los recién llegados les conocía del barrio, otros tantos me imaginaba que habían llegado de una manera similar a la mía: un muchacho pobre de un barrio estancado de Illinois, inspirado por las historias de los Harlem Hellfighters, esperanzado por la posibilidad de unírseles en batalla. “El llamado al deber”, como les gustaba promocionar a los reclutadores.  Divisé al que parecía ser un oficial. Pero antes de poder entablar conversación, dos camilleros se interpusieron ensimismados cargando un bulto cubierto; el nauseabundo olor que emanaba el cadáver casi me hizo vomitar.

- ¿Señor…? Disculpe, Teniente- pregunté tímidamente, seguramente con el tono propio de un niño perdido a un policía.

- ¿Sí? ¿Qué necesita cabo? ¿Es que no ve que estoy ocupado?- se quejó el comandante, mientras me señalaba los papeles que sostenía. 

- Sí, señor, lo veo. Pero yo y los demás reclutas nos preguntábamos a que unidad estábamos asignados. En la base estadounidense no fueron muy claros al respecto- le insistí. Si no hubiera sido por el rango que ostentaba su uniforme, no hubiese adivinado que aquel muchacho fuera un superior. Aunque era un blanco de cabellos rubios, supuse que el hecho de que no tuviera muchos años más que yo, nos colocaba de algún modo en un pie de igualdad. El comandante me dedicó una lenta y despectiva mirada de arriba a abajo. Dejó relucir una blanca fila de dientes y volvió a sus papeles. 

- ¿Y a donde crees que tú y tus amigos pertenecen, cabo?- preguntó irónico el hombre sin abandonar los ojos de los archivos. Titubeé por unos instantes sin entender y regrese la mirada hacia los demás reclutas; éramos todos jóvenes de color. Seguí luego el fino índice del oficial, que señalaba a un alejado grupo de soldados negros rodeando un improvisado campamento– Con los de tu clase... 

- Gracias, señor- exclamé con dificultad, saludándole rápidamente. Y siendo yo, no pude evitar  murmurarle insultos mientras me alejaba. Aunque supongo que con el poco tacto que te dan los dieciocho años, no supe hacerlo lo suficientemente bajo.

- ¡¿Qué fue lo que me dijo, cabo?! ¡Repítalo!- gritó mientras me obligaba a enfrentarlo- Vamos, responda. No sé qué te enseñaron en la base chicaguense, pero aquí no estamos tan desesperados como para admitir insubordinación de un negro, encima del más bajo rango…- continuó amenazándome. En un momento lo dejé de escuchar, esta vez no de pedante; verdaderamente me sentía desfallecer del miedo.

- ¡Hey! ¡Hey! Dele un respiro al chico, Teniente Bishop- vociferó un hombre que corría hacia nosotros. De aspecto desalineado y con una derruida cazadora, el tipo tenía casi dos metros sólidos y su piel era de un negro intenso, cuasi azulado. Rápidamente se puso entre el rubio y yo.

- Esto no le incumbe, Solomon- objetó Bishop.

- Es Sargento Cross, y le vuelvo a corregir: sí me incumbe. Este muchacho y el resto de sus compañeros son el faltante del segundo batallón de la 370, escuadrón que llevamos solicitando hace semanas que se complete y del cual soy responsable. 

- Eso no es así hasta que pisemos territorio enemigo, Sargento, usted bien lo sabe. Hasta ese entonces tú, este mocoso y el resto de la 370 me pertenecen. Y para aclarar: sí dependiera de mí, ninguno de ustedes tocaría un rifle más que para limpiarlos. Ahora, vuelvan a las barracas y preparen sus literas, ¡todos! ¡Doble tiempo!- gritó al resto del escuadrón, que se había quedado viendo la escena- Y, en cuanto a ti- me dijo, casi en confidencia- a la próxima que me faltas el respeto te mandaré a recoger los pedazos mutilados en tierra de nadie, ¿me entendiste? Bien, retírense, ambos- finalizó Bishop.

Hicimos como se nos ordenó. A los pocos metros y al ver mi rostro aún repleto de cólera, aquel gigante que me había salvado sintió la necesidad de explicarme.

- Tienes que disculparlo, chico, Bishop es…

- Mi nombre es Marcus Benjamin Wolfe, señor- le corté. Estaba agradecido, sí, pero también ya estaba harto de que todos allí, no importara su color, me trataran como algo menos, alguien que había que había que cuidar y disciplinar- y el Teniente es otro blanco con delirios de poder. Todos somos parte de la división 93, la primera de su clase, y desde que llegamos no han hecho otra cosa que subestimarnos y… y… yo no me enlisté para esto y…- no pude continuar por la rabia. No importara a donde fuera siempre encontraba condescendencia o llano odio en las palabras de los blancos, y ahora la jerarquía parecía potenciar eso. Para esa época aún me preocupaba por nimiedades como la raza y lo que pensasen los demás.

- Bishop es otro muchacho que trata de impartir más madurez de la que en realidad tiene, como tú- dijo tranquilizándome, pero hiriéndome en el orgullo también- Solo… baja la cabeza, Marcus. Cumple con tus órdenes, no les des más razones de las que ya piensan tener; por otra tontería así puedes perjudicar a los demás. La 370 se cuida entre sí. Espera a que lleguemos al Frente: allí no importa más que el tamaño de tus pelotas.

- Perdóneme, señor. Lo haré así, señor. 

- Buen chico. Y entre nosotros, abandona el “señor”. Soy Solomon- me dijo, estrechándome la mano- Vamos, tú y el resto deben de estar hambrientos. 

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