Capitulo 16

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Sábado por la mañana, Mia se disponía como no, a hacerse un café bien cargado, el día iba a ser duro. En dos días tendría a su bebe en casa, compartiendo su vida, no era una vida perfecta, pero se podía arreglar. Lo único que le preocupaba era que no renovasen su contrato, no le importaba que siguiera siendo de becaria pero, ella necesitaba esa renovación. Entre el alquiler del piso, los potitos, bodies, pañales, etc. Mia estaba segura de que se le iría el ochenta por ciento del sueldo y para el resto, tendría que hacer malabares para comer ella, llenar el depósito de su cucaracha blanca, pagar agua y luz.

Desde luego iba a ser una época dura. Al menos, el consuelo que tenía era que la empresa le pagaba la guardería y lo mejor de todo era que su bebe estaría con el hijo pequeño de Rose, su compañera de trabajo. Rose le había comentado que era una guardería estupenda, ella había metido allí a sus tres hijos y que todos habían estado bien. Además, Mia no estaba en condiciones de exigir una guardería mejor y, por supuesto no estaba dispuesta a coger el dinero que los señores Stone le estaban metiendo religiosamente cada principio de mes.

Con todo eso en mente, Mia se dispuso a reordenar por quinta vez el cuarto del bebe, el salón, la cocina y el baño. Tardó menos de los que pensaba, la verdad que llevaba haciéndolo todos los días. Todos los días después de cenar se disponía a “organizar” el desastre que tenía por piso. En realidad alguien tan organizado y meticuloso como Mia, no tenía nada que hacer, pero ella siempre encontraba algo que cambiar de sitio, ordenar alfabéticamente, por colores o por uso. Cada día cambiaba el orden y cada día era más ridículo el cambio.

Su vecina la Sra. Margaret pasó a eso del mediodía con un brownie de chocolate exquisito y, como llevaba haciendo toda la semana se quedaría a comer en su casa. La Sra. Margaret le acompañaba a todos los cuartos que Mia iba a ordenar y le miraba atentamente mientras se sentaba en algún lugar, silla, sillón, no importaba, siempre se sentaba en silencio a observarla con su té verde.

La decimoquinta vez que Mia organizaba los bodies del bebe, la Sra. Margaret advirtió la hora que era.

-Mia, cariño son ya las dos y media, ¿a caso quieres matar a esta vieja de hambre?

-Oh disculpe Margaret, estaba ensimismada con estos bodies, espero que le queden bien. No estoy muy segura la talla que tiene ahora, ya son siete meses desde que nació y no estoy segura de que esto le vaya a ir.

-La única manera de averiguarlo es probándoselo, pero como ahora no puedes, tendrás que cuidar a esta pobre vieja que tienes incordiándote.

-Sabe perfectamente que no es ningún incordio Margaret, estoy muy agradecida que pase y me traiga esos deliciosos pasteles.

-Sí, pero si no viera con mis propios ojos que comes, no me lo creería, pensaría que los tiras.

-Sabe perfectamente que no me gusta tirar la comida, además cuando me trae muchos suelo llevar alguno a mi jefe. Que por cierto el otro día mencionó algo de casarse con la cocinera…

-¡Ay si tuviera veinte años menos! No se me escapaba ningún hombre.

-¡Sra. Margaret!

-¿Qué? Mi marido, que dios lo tenga en su gloria,  ya no está para gruñirme así que ahora aprovecho cuando voy hacer la compra y me agarro de algún buen hombre cuando cruzo la acera.

-Miedo me daría presentarle a mi abuelo.

-¿Abuelo? Yo no quiero abuelos, yo quiero jovenzuelos, ¡ay si pudiera menear estas caderas!

Mia roja como un tomate ante la imagen que se le empezaba a formar en su cabeza, negó con la cabeza mientras iba hacia la cocina para preparar la comida, mientras tanto la Sra. Margaret le perseguía riéndose de ella por ser tan tímida en ese sentido.

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