Prólogo

18 1 0

Quizá fueran las siete de la tarde. El reloj estaba atrasado un par de minutos y a pesar de que no dejaba de mirarlo no me había acostumbrado a ese defecto, a priori, insignificante. Seguía sentado en mi butaca color canela, con las piernas cruzadas y un puro entre mis rugosos dedos a causa del frío invernal que se filtraba por las ventanas. Dediqué un par de segundos a la arruga que se dibujaba en mis pantalones de tergal, a la altura de la rodilla. Pasé la mano que tenía libre para intentar suavizar la tela al mismo tiempo que tomaba una interminable calada de aquel cubano que saboreaba entre mis labios cuarteados.

Exhalé hasta la última columna de humo que, después, se disipó a lo largo y ancho de mi cuarto, fundiéndose contra las paredes color verde manzana, un color que detestaba dese el día en que los pintores decidieron convencerme de que a mis pacientes les relajaría. Cuando la verdadera razón era que ese color era cuarenta libras más caro que el burdeos intenso que yo tenía en mente para mi despacho desde el día en que me mudé.

Llevaba poco tiempo en Londres, aún no me había acostumbrado al frío de Inglaterra. Pasaba los días encerrado en mi casa, bebiendo whisky escocés y fumando tabaco malo pero exageradamente caro. Malgastando los días leyendo novelas de Agatha Christie mientras Chopin recitaba sus melodías en el reproductor que tenía en el salón de estar. Apenas salía de casa, el frío y la nieve no eran una grata compañía.

Por fin sonó el timbre, el cliente de las siete llegaba tarde, pero al menos llegó. Era nuestra primera cita, una toma de contacto que no llevaría más de diez minutos si todo salía según lo previsto. Pero nada surgió como ninguno de los dos esperábamos...


La butaca vacía¡Lee esta historia GRATIS!