No puede ser.

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Seguía besando mi cuello y yo seguía notando esa cosa que no sé describir. Pero lo que si sé es que no quiero que mi primera vez sea en un banco.

Me separé como pude, con la respiración acelerada y una sonrisa de disculpa en la cara.

-Diego, por favor. -Le miré con ojos de súplica y observé como él sonreía decepcionado.

-No quiero obligarte a hacer lo que no quieras. Pero de verdad que me gustaría. -Dijo mientras se acercaba de nuevo a mi y besaba mis labios.

Vale que no haya mariposas, ni hormiguitas ni nada de eso, pero hay algo o lo habrá.

-Gracias. Yo...bueno, cuando esté preparada...

-Ya, ya, pequeña. Tranquila.-Dijo mientras colocaba un mechón pelirrojo detrás de mi oreja.-No tenemos prisa.

Le sonreí y volvió a besarme. A este chico le gusta mucho besar...y no lo hace nada mal.

-Vamos al internado. -Sugerí mientras me ponía de pie. Él tomó mi mano y con un movimiento rápido me sentó sobre él.

-¿No prefieres disfrutar de la libertad? -Susurró en mi oído, lo que me estremeció. No sé si porque me gustó la sensación o porque me asustaron sus palabras.

-La verdad es que quiero volver. Llamar a mi hermano, a Carlos, a Raúl...

-Vaya, que de tíos.-Dijo, pude ver los celos asomar. Sonreí.

-Son sólo amigos, y mi hermano. ¿Celoso rubito?

-Para nada pelirroja. Yo también debo hacer algunas llamadas.-Dijo guiñandome el ojo. Sonreimos y volvimos al internado en completo silencio.

-En la cena te veo.

-Claro.-Respondí mientras me inclinaba para darle un corto beso de despedida.

Me encaminé a mi habitación con una sonrisa en los labios. Vale que no me guste igual que Asier, pero me siento bien.

Llegué a mi habitación y me sorprendió ver que estaba abierta. Juraría que la cerré...

Entré y no vi nada raro. Claro, a excepción de un bulto en mi cama, tapado hasta las cejas.

Me acerqué sigilosamente y retiré las sabanas con cuidado para no despertar al intruso. Al ver quien era me arrepentí. Cogí un vaso de agua que tenía en la mesita y se lo volqué en la cara.

Asier se levantó de golpe notablemente asustado y como no, enfadado.

-¿¡Qué cojones haces, niña!?

-Eso debería preguntar yo. ¿Qué haces en mi cama?-Dije lo más serena posible.

-Estaba esperándote y me quedé dormido.

-¿Bajo las sábanas? -Alcé una ceja incrédula.

-Tenía frío.

-En verano...

-Ya vale. Quería hablar contigo.-Dijo viendo que no podía seguir con tal estúpida mentira.

-Te escucho. Dos minutos.-Dije mientras le indicaba con la mano derecha dos dedos levantados.

-No te conviene. Diego es un imbécil. Te va a hacer daño.

-¿Qué dices?-Pregunté aún más incrédula. -Si fuera así hoy me habría violado.-Ups, eso no lo he pensado...

-¿Violado?-Abrió los ojos como platos.-¿Qué habéis hecho, Victoria?

-Nada que te incumba. Y ahora, si no vas a decir nada bueno...puerta.

Tras las apariencias¡Lee esta historia GRATIS!