Capítulo dos: Creo que el destino me odia.

Bien, este probablemente era el momento más incómodo de toda mi diminuta existencia.

Ahí me encontraba yo, tamborileando los dedos de manera nerviosa sobre la mesa del laboratorio de biología... ¡sentada junto a David Slerman!

Sí, así como acaban de leer JUNTO A DAVID SLERMAN.

Seguramente se preguntarán cómo terminé en esta situación.

Bien, les explicaré.

Al entrar al aula Nathalia se sentó con Theo (lo cual no me sorprendió, ya que ellos siempre se ponían juntos en los laboratorios año tras año) y yo me quedé sin nadie porque la irresponsable y vaga de Alice no asistió hoy, ni asistiría lo que queda de semana, por lo que me senté en un lugar vacío, con la esperanza de que no faltase nadie más para que el lugar de Alice no quedase ocupado... Luego entraron David y su amigo desconocido al aula, pero pasó algo inesperado; su amigo no se sentó con él como en los años anteriores, sino que se fue en dirección a una linda chica de cabello corto y aura tímida que se sentaba al final de la clase... Y ya estoy divagando, el punto es que unos cuantos compañeros más tuvieron el descaro de faltar y ¡oh, adivinen quiénes éramos las únicas personas sin pareja de laboratorio!

No, no se trataba ni de Nora Grey, ni de Patch Cipriano (ya hubiese deseado yo que fuese Patch). Se trataba de David Slerman, el Ignora-La-Existencia-De-Todos y de mí, la pobre e inocente chica que sólo quiere un tranquilo primer día... Bueno, no hay que exagerar. Dejémoslo en la pobre y patética chica que se quedó sin pareja.

Y ahora estábamos ahí, esperando a que la profesora se dignase a iniciar la clase.

Generalmente, me gustaba que los profesores nos dejasen un poco de tiempo libre para conversar un poco y más aún si estamos iniciando el año escolar... Pero este no era uno de esos momentos generales, por el contrario; estaba deseando con todas mis fuerzas que comenzaran con el proceso de esclavización y así poder acabar con este incómodo momento de una vez por todas.

¿Era posible que este chico ni siquiera me mirase de reojo?

¡Ni de reojo!

Y henos aquí con el típico dilema... ¿Le hablo o no le hablo?

...

¡El que no arriesga no gana!

—Hola —saludé un poco nerviosa girando mi rostro en su dirección y esbozando mi mejor sonrisa de comercial.

Ni siquiera se inmutó.

Abrí los ojos desmesuradamente.

¡¿Cómo se...?! Un minuto... ¿esos son...?

Me volví a recostar en mi asiento, con los brazos cruzados, resoplando.

Claro, audífonos, ¿cómo no lo pensé antes?

Esperen, esperen, esperen... ¿está usando audífonos en mi presencia?

¡¿Prefirió colocarse los audífonos a hablar conmigo?!

¡Qué falta de consideración!

Es decir, aquí estaba yo, hecha un manojo de nervios, ideando una buena forma de acabar con el incómodo silencio que había alrededor, mientras él, muy relajado como si nada, llevaba los audífonos puestos indispuesto a entablar cualquier tipo de conversación.

¿Pues saben qué?

¡Que se joda!

Al fin y al cabo, él se lo pierde. ¿Por qué tendría yo que estarme aguantando esta clase de humillaciones?

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