Deseo de Nochebuena

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Noche buena, y ella ahí sola, sentada en la triste mesa de la cocina, medio tirada sobre la fría superficie con una bolsa de patatas congeladas en la que apenas queda una cuarta parte.

Hasta la rata del rincón tenía más que llevarse a la boca, con un poco de suerte no habría sirenas policiales esa noche, estaban demasiado ocupados celebrando esas “felices fiestas”.

Ni si quiera las ambulancias llegarían a ese barrio donde el sonido de las pistolas al dispararse era la melodía de fondo junto a los gritos y el golpeteo de carne presionando carne.

Seguramente aquello no que era lo que ningún niño soñaría jamás a menos que hubiese crecido siempre en esa miseria que la que no se parecía poder escapar.

Quizás fuera mejor irse directamente a la cama y no levantarse hasta año nuevo.

Todo alrededor, fuera de ese gueto era buenos deseos, sonrisas y alegrías, el aroma de la comida flotaba desde las ventanas, se oían risas y niños correteando, nada ni parecido por asomo.

Bueno, almenos podía decir que tenía un techo que la cobijaba aunque se cayese a pedazos, tuviese goteras y más inquilinos indeseables que en zoológico.

El colchón estaba limpio, no se hundía y los muelles todavía no crujían así que ya era algo positivo, todo dependía de los ojos con que se mirase.

Se encogió de hombros levantándose de la silla y sacó la sartén del armario cuya puerta descolgada raspaba en suelo. Calentó el aceite y una vez estuvo listo metió las patatas, iban a estar riquísimas por que almenos ella podría llevarse algo a la boca, sacó la cabeza por la ventana y silbo.

__¡Eh Hank! Sube__ llamó al sin techo que dormía junto al puente de la autopista que lindaba con el edificio. __Hoy cenas conmigo.

El hombre retiró los cartones dejando a un lado las raídas y mugrientas mantas y se calentó las manos en el bidón antes de subir.

Adriana abrió la puerta y le sonrió al verlo aparecer, el hombre, ya entrado en años miró el fluorescente caído que parpadeaba y luego a ella.

__Podría mirar de arreglar eso.

__Que más da, vamos entra, hay patatas__ movió las cejas varias veces consiguiendo arrancarle una risotada. __Manjar de reyes amigo.

__Gracias cielo, eres muy amable.

__Mientras se terminan de hacer puedes pasar por el baño si quieres ¡ah! y mañana súbeme esas mantas.

__Me consientes demasiado__ sonrió cerrando.

El hombre miró alrededor sacándose el gorrito de lana como siempre hacía esperando permiso y Adriana sonrió extendiendo la mano hacia el baño.

__Lo único es que no me queda Bourbon amigo, pero si para un par de vasos de vino, lo rampiñé de la trastienda de la bruja esa, total lo estaba tirando__ se encogió de hombros.

__No te preocupes, cualquier cosa estará mejor que nada.

Ella asintió regresando a la diminuta cocina-salón y siguió con las patatas mientras se duchaba, no sabía por que ese hombre le daba mucha ternura, parecía buena persona y era como el gordito Santa Claus, almenos siempre lo había visto así. 

La vida lo había tratado mal, no había tenido suerte o quizás es que las pruebas de su camino eran más duras que las de otros.

Ella ya tenía asumida la suya, había intentado cambiarla muchas veces y seguía sin resignarse ni rendirse a pensar que nunca habría nada bueno, sabía aceptar todo tal cual llegaba, se adaptaba y sobrevivía en esa gran ciudad enemiga donde nadie era nada salvo un número que marcaba sus ingresos.

Sirvió los platos poniéndole casi todo a Hank y lo esperó.

__Gracias por la ropa del otro día__ se acercó él tomando asiento.

__No las des__ terminó de poner los cubiertos.

__Deja que te ayude__ la detuvo al ver que se levantaba otra vez.

Hank alcanzó la bebida y sirvió a ambos, miró el plato con una sonrisa paternal y meneó la cabeza. Juntó las manos y recitando una escueta plegaría empezó a comer. Adriana apoyo la barbilla entre sus manos con una sonrisa y lo observó feliz de ver como devoraba las patatas como si fuese lo más valioso y exquisito del mundo.

__Y dime, Adriana__dejo la servilleta de papel pulcramente sobre sus rodillas __Si pudiese pedir un deseo de Navidad ¿cuál sería? y no me vale uno para los demás, sino para ti. ¿Qué es lo que más deseas? ¿Qué sueñas?

__Sinceramente... no se...__ se retorció las manos __Creí que siempre quise ser cantante pero la fama no es lo que busco.

__No, tu quieres amor, humanidad. Tu quieres ayudar.

__Me gustaría tener esa tiendecita de la tercera, la que cerraron y allí poder montar un pequeño taller donde vender lo que creo, hacer talleres para los niños, lecturas para mujeres, tertulias, esplais, manualidades... 

__Eso estaría muy bien, le vendría tan bien al barrio. Quien sabe, esta noche todo puede hacerse realidad.

Ella sonrió enternecida y suspiró mirando el plato.

Cuando terminó fregó los platos y Hank regresó a la calle declinando la oferta de quedarse un poco más, la compañía era grata pero prefería regresar y dejarla descansar.

Se metió en la cama con un nudo en el estomago y cerró los ojos escondiéndose entre las mantas, fuera hacía un frío que pelaba y no descartaba que nevase.

Adriana se removió medio adormilada y en su duermevela creyó oír el sonido de unos cascabeles junto a una risa aburbonada, peor eso... sólo era un sueño.

Al día siguiente el lugar de Hank estaba vacío cuando saco la cabeza, extrañada se vistió a toda prisa y abrió la puerta para lanzarse escaleras abajo, justo bajo que quicio había un sobre:

Para Adriana

Frunció el ceño extrañada y giró el papel, no había remitente ni nada que le indicase quién podía haberlo dejado, lo abrió y cayó al suelo con las manos temblando y las lágrimas colapsando sus ojos, ahí, dentro de aquel sobre estaban las escrituras del local de la tercera y un talón con una pegatina que rezaba:

Feliz Navidad, ángel. 

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