Capítulo 8

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Selena volvió algo azorada a casa. A la vez, sonreía por el chico. Era muy guapo y algo bromista. Le gustó. Cuando se acercó a casa, la sensación angustiosa volvió de nuevo a su estómago. Había varios coches en la entrada, uno de ellos, de la policía de Vlatvia.

Dejó a Diamante y saltó hacia el interior. Había mucha gente alrededor de Giselle, que se había sentado, alicaída, en uno de los sofás. La señora Snipples se acercó a ella y la abrazó, entre sollozos.

—¿Qué pasa? —dijo ella presintiendo lo peor.

—Tu padre, cariño. Un accidente, en la frontera de Vlatvia.

—¿Dónde está? —gritó ella—. ¿Qué ha pasado?

—Ha fallecido —dijo Giselle con la voz quebrada—. Nos ha dejado.

—¡No! —gritó Selena— ¡No!

Salió corriendo de la casa y se dirigió hacia el bosque de nuevo, sin saber dónde iba. La señora Snipples intentó alcanzarla, pero no lo consiguió.

—Déjala, es una salvaje, estará mejor en el bosque —dijo una de las hijas con voz desagradable. No vio quién fue, pero el tono no le gustó.

Selena se enganchó con las zarzas, pero continuó corriendo, desesperada, hasta que se tropezó y cayó al suelo. Durante un corto tiempo, perdió el conocimiento y, al despertar, ya no estaba en el bosque de siempre, sino en uno lleno de flores y con un precioso lago en el centro. Se levantó con dificultad, pues se había torcido un tobillo y se acercó cojeando hacia allá. Soplaba una suave brisa que le llevaba olor a flores y hierba fresca. Sus piernas se mojaban con el rocío que se desprendía del verde manto. Una cierva bebía agua tranquila y levantó la cabeza al verla venir. Alguien habló dentro de su mente.

—Por fin has llegado. Nos alegra verte aquí.

Sonaba como un coro de vocecillas alegres y cantarinas. Ella se acercó al agua con mucho cuidado para no asustar al animal. El sol creaba una superficie cuajada de brillantes y Selena no pudo evitar meter la mano en el agua. Al instante, una energía la recorrió por todo el cuerpo y el dolor que sentía en el tobillo desapareció.

Se sintió en paz, tranquila. Cerró los ojos para intentar grabar en su mente todo el paisaje, el olor, los sonidos de los pequeños animales e incluso el sabor del aire puro que se respiraba aquí.

Sintió unas cosquillitas en sus brazos y abrió los ojos. ¡Los pequeños seres estaban allí! La cierva se había ido, pero cientos de hadas la rodeaban. No sintió miedo. Algunas estaban muy cerca y la miraban con curiosidad.

Una figura se acercó desde la linde del bosque. Selena reconoció a la anciana que le enseñó a las hadas. Llegó hasta ella y se sentó en una roca.

—Has descubierto nuestro lago secreto mucho antes de lo que yo pensaba. ¿Ha pasado algo? —frunció el ceño pensativa y luego puso una cara de sorpresa y más tarde de compasión—. Lo siento mucho, Selena. Sé cuánto querías a tu padre.

Ella se echó a llorar y la anciana hizo que apoyara la cabeza en su regazo. La dejó llorar durante un buen rato. Las lágrimas caían a la hierba y hacían brotar flores. En un momento, cubrieron todo el pasto verde de pétalos rosas y blancos.

—Bueno, ya está bien, Selena. Llorar es bueno, descarga tu dolor, pero no puedes estar todo el día llorando. Ahora eres ya una joven, y deberás tomar las riendas de tu vida. Puede que no resulte fácil, pero lo harás.

—No puedo, mi señora. Ya no tengo padre, no tenía madre, estoy sola.

—Ah, no, autocompasión no. Tienes a tu madrastra y hermanas, que no son gran cosa, pero también está la señora Snipples y me tienes a mí. Puedes llamarme GranMadre, así es como me llaman todos. Te toca ser fuerte, crecer y afrontar todo lo que venga. Ahora que ya conoces el Claro de la Luna, podrás venir siempre que lo desees. Te ayudaremos a sanar tus heridas, interiores y exteriores.

—No sé si podré...

Pero siguió adelante. En cuanto Giselle se vio dueña y señora de la fortuna del príncipe Dyon y, a pesar de que sus sueños de ser reina se habían esfumado, empezó a frecuentar a la nobleza de Vlatvia, a intrigar y a buscar candidatos bien posicionados para sus hijas. Desterró a la pequeña Selena a la buhardilla y a trabajar en la casa, pues la asignación del príncipe había bajado y los negocios que él llevaba, se vendieron. Pronto dilapidaron parte de la fortuna en caprichos de sus hijas, así que el matrimonio por conveniencia era lo único que les quedaba.

Al principio, Henry volvió cada día a buscar a la bella florecilla, pero ella nunca volvió. Estaba demasiado ocupada trabajando en la casa como para salir a montar a caballo durante las mañanas. Solo podía escaparse al atardecer y muchas veces ni siquiera lo hacía, tan agotada que estaba. Él también dejó de buscarla.

Así pasaron tres años y cuando Selena hizo la mayoría de edad, se había convertido en una bella joven, fuerte, alta y atlética, no debido a ningún tipo de ejercicio, sino por el trabajo duro. Sin embargo, seguía siendo relegada a tareas domésticas. La señora Snipples fue despedida, y apenas quedaban tres personas de servicio, para mantener la casa, que poco a poco se iba cayendo a pedazos.

Las dos hermanas no desearon estudiar y a Selena no le fue permitido acudir a la universidad, a pesar de las buenas notas. Así que allí se quedaron, las unas, pendientes solo de sus caprichos o de la ropa y Selena, obedeciendo cualquier orden, incluso las más estúpidas o antojadizas.

Dejó de ir al Claro de la Luna. Ir allí no tenía sentido y, aunque de vez en cuando la visitaban las luces, sobre todo al anochecer, ella dejó de hacerles caso. ¿Para qué? Lo que faltaba es que la vieran conversando con los Tiznados. Lo único que quería es que se acabase el día, para sumergirse en un sueño profundo que hacía que lo olvidase todo.

Aun así, procuraba no deprimirse mucho, seguía tocando el piano los pocos momentos que tenía libres, porque le recordaba a tiempos mucho más felices, que sabía que nunca volverían.

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