Capítulo trece.

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En el momento en que sus pieles rozaron la cálida y verde hierba de aquel prado al que habían llegado tras la carrera, estallaron en carcajadas. Alex miraba a su alrededor, el paisaje parecía casi irreal, como si estuviera sacado de una película de Tim Burton, y los sonidos, tan finos y débiles, hicieron que ella empezara a tararear una versión de ‘Here Comes The Sun’, que jamás le había ensañado a nadie. Hugo la miraba, como si ella fuera la única luz en el mundo.  De quién sabe dónde, en las manos de él apareció una guitarra, y él empezó a tocar aquella soleada canción de los Beatles. A medida que la melodía se acercaba a su fin, sus cuerpos estaban más cerca. La melodía terminó, dejándoles un silencio casi abrumador; y, a la vez que él se cernía sobre sus labios, la oscuridad se cernió sobre ellos, llevándoselo todo en un sacudido.

-Alex –susurraba la voz de su mejor amiga, sacudiéndole el hombro mientras ella se sentaba sobre la cama-, buenos días.

Abrió la boca para contestar a aquella chica de cabellos claros, pero sus palabras fueron ahogadas en un abrazo. “Todo ha sido un sueño”, se repetía una y otra vez, mientras se dirigía al baño para cepillar su largo, y ahora, enredado cabello oscuro. Sus ojos se perdieron en su reflejo, mientras Laia se apoyaba sobre el marco de la puerta, arqueando una ceja, mientras se llevaba una mano a la boca, sobre actuando.

-No me lo puedo creer, ¿eso que he visto en tus ojos era un atisbo de humanidad? –rió, mientras Alexandra le lanzaba el peine a la cabeza.

-Oh, no. Eso jamás ocurrirá –contestó esta, fingiendo estar horrorizada-. Pienso ser la persona más desagradable del mundo hasta el último de mis días.

Ambas rieron, conscientes de cuánta parte era verdad, y cuánta no lo era, en aquellas palabras.

-Menos mal, pensaba que íbamos a pasar a ser ese tipo de mejores amigas cursis-vomitivas y prefería un tiro en la cabeza, de verdad.

Volvieron a reír. Laia fue a por su cepillo de dientes, y a pesar de que disponían de un baño para cada una, se lavaron las encías entre codazos y espumosas carcajadas. Al terminar, los ojos azules de Laia, se posaron sobre Alexandra, suplicantes. Esta, resopló. Pero, después de todo, de que ella la cubriera noche tras noche, mientras se marchaba a ensayar, se lo debía.

-Está bien, haz tu magia –contestó haciendo una mueca.

Laia se movió rápidamente hacia su armario, mientras Alex se dejaba caer sobre el sillón que había junto a la ventana. Hoy tenían el día libre, y ella tenía planeado en pasárselo con la nariz entre las páginas de un libro. Laia seguía hablando de qué color conjuntaba con otro, mientras la mirada de la más menuda de las dos se perdía en aquellas vistas desde su ventana. Hacía sol, mucho sol. Como en su sueño. “Sueño”. ¿Quizá fue una pesadilla? El recuerdo de aquel veinteañero cerniéndose sobre ella, la inquietaba. Alexandra, se apartó un mechón que le caía sobre una mejilla, mientras sus ojos marrones se volvían indescifrables y todo su cuerpo se tensaba al captar la imagen de aquel hombre. Era frío. Quizá es lo único que ella sacó de él. Quizá…

-¿Me estás escuchando, Alex? –preguntó Laia.

-Ajá .

-No, ¿verdad?

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!