Capítulo doce.

81 6 1

Alexandra, exhausta, apoyó su espalda contra el espejo,  dejándose caer hasta quedar sentada hombro con hombro, junto a aquel veinteañero de ojos verdes. Cuando minutos antes ella había plegado por ayuda, jamás se hubiera imaginado que serían las manos de Hugo las que la guiarían al compás de aquella agridulce melodía. Rió. Rió como una loca. La vida se estaba riendo en su cara, pero no le importó. Hugo la miraba atónito,  como si su risa, fuera la melodía capaz de parar garras. Quiso abrazarla, para mecerla en sus brazos y reírse junto a ella. Pero se limitó a dedicarle un sonrisa. Dulce. Inocente. Como ella. O al menos, eso es lo que el creía.

-Gracias, Hugo -le dijo ella.

-No hay de qué -le devolvió la sonrisa-. Puedes acudir a mi siempre que lo necesites.

Ella le dio un apretón rápido en la mano, como agradecimiento. Entonces, él volvió la cabeza hacia ella. Y le sonrió,  implantandole de nuevo aquel doloroso nudo en el estómago. Hugo se levantó torpemente mientras las palabras le golpeaban una detrás de otra: "Cinco años,  Hugo.  Le sacas cinco años.  Ni siquiera la conoc..." Su olor lo inundó todo. La suave corriente de vainilla,  le hizo entender que ella se había puesto en pie. La observó coger su bolsa y dirigirse hasta la puerta.

"No lo hagas. No lo hagas.  No lo..." seguía susurrando la razón en su cabeza.

-Nos vemos mañana -la voz de Hugo sonaba extraña-, a esta hora.

Alexandra se giró de golpe, sorprendida.

-¿Qué? -rió.

-Te ayudaré con la coreografía. No aceptaré un no por respuesta.

Ella hizo una mueca. Y salió de la estancia. Dejandole a él el beneficio de la duda. Llegó a su habitación,  y después de dejar que el agua de la ducha corriera por sus facciones. El día había sido intenso. Demasiado. Por una fracción de segundo, olvidó todo. Olvidó su nombre. Su historia. Sus gustos. Sus aficiones. Todo. Pero no fue suficiente. Los recuerdos volvieron de vuelta, con más intensidad que otras veces. Él había vuelto. Y a ella le dolía. Le dolía tanto que la sangre en sus venas demandaba ser derramada. Intentó ignorarlo. Salió de la ducha y se vistió. "Respira, Alex. Respira. Está todo bien." Pero no era cierto. Ella no estaba bien. Susurró un "perdóname, por favor", uno que ni siquiera ella misma sabía a quien se dirigía. Mientras su mente daba vueltas, agarró aquel bendito trozo de hierro, y escribió la historia más desgarradora que alguien podría imaginar. Limpió sus muñecas, y con sumo cuidado, se metió en la cama, donde varias veces, su sueño había vuelto a ser perturbado por las pesadillas.

Y así fue como transcurrió esa semana. Ensayos a escondidas en mitad de la noche que la desvelaban junto a las pesadillas, atisbos de esperanza que le daban las charlas de Carlos, y risas por todos los sitios. Pero luego llegaba  la noche, y la ahogaba. En un mar, del que nadie la podía sacar. Un mar, en el que él la había metido.

Entonces, amaneció un sábado. Y mientras sus amigos dormían ella se vistió, metiéndose en aquel vestido suelto, y atandose a aquellas sandalias doradas. Justo cuando acabó de cepillar su oscuro cabello, que caía liso por sus hombros,  un par de golpes cuidadosos cayeron sobre la puerta. Abrió.

-Hoy te vienes conmigo.

Y sin esperar respuesta, mientras ella reía por lo bajo, la cogió de la mano y la sacó de allí. Ella lo miró. Esto no estaba bien. Alguien que no era su amigo, la estaba tocando. Y ella no estaba molesta. Qué estaba mal, qué ocurría. Siguió  corriendo de su mano. Él se giró para mirarla. Estaban locos.  Ambos. Pero no importaba, porque cuando sus ojos verdes se mezclaban con el marrón de los suyos,  el mundo se paraba para darles a Hugo y Alexandra, un respiro.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!