Capítulo once.

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El mundo pareció ralentizarse para reírse en la cara de Alexandra, que apretaba los puños en un vano intento de evitar que sus manos temblaran. Ella seguía sonriendo, como si nada ocurriera. Sus ojos, deberían de haber estado al borde de las lágrimas, pero ni siquiera las rozaban: se mantenían indescifrables, y con una frialdad que, quizás, hubiera hecho abrigarse al hielo. El silencio inundaba la habitación. Aquel corpulento hombre se acercó a ella y casi instintivamente Sergio se colocó delante de ella, mirando directamente a los ojos de aquel hombre. Incluso a él le llegaban recuerdos graciosos y entrañables junto al  padre de Alexandra. Ella, apartó de un empujón a su mejor amigo, quitándolo del medio. Él seguía avanzando hacia ella, mientras esta, permanecía inmóvil.

-Ha pasado tanto tiempo, pequeña. Te he echado de menos… -decía mientras se le cortaba la voz y le brillaban los ojos.

Se acercó a su hija para colocarle detrás de la oreja un mechón de pelo, como hacía cuando era pequeña. Ella se tensó. Él se quedó contemplándola, como si más tarde hubiera tenido que sentarse a dibujarla. Susurró un ‘lo siento’, que a Alex le pareció que estaba casi tan vacío como ella. El silencio se vio interrumpido por una tormenta de aplausos y risas que soltó la chica, mientras los que todavía quedaban en la sala, se quedaban estupefactos.

-Muy buena actuación, papá. Casi me la creo y todo –se colgó su mochila al hombro y les dedicó una sonrisa a sus dos amigos-. Vámonos a clase de música, no quiero llegar tarde.

Era irónico porque, su profesor de música, Hugo, todavía seguía en aquella estancia. Incluso aunque aquello no tuviera ni el más mínimo sentido, sus dos amigos la siguieron llevándose aquel silencio abrasador con ellos. De camino al auditorio, ambos la observaban esperando que estallara en lágrimas y cayera allí mismo de rodillas, incluso estaban pensando como sujetarla entre los dos. Pero ella estaba intacta. Ni siquiera un rasguño. Abrió las puertas del auditorio y se sentó en una de las butacas. Se giró hacia Laia y Sergio.

-¿Podéis quitar esas caras de perro, por favor? –quizá lo dijo con demasiada brusquedad, pero a ellos 

no pareció importarles.

Sonrieron: ella estaba bien. La voz de Hugo les impidió seguir conversando. Él la miró. Por un momento, sus ojos verdes captaron atisbo de tristeza, que ella enmascaró con una sonrisa. Hugo seguía paseándose por el escenario, pidiendo voluntarios para cantar, tocar algún instrumento o incluso recitar un poema de tirón. Mer, su compañera de clase de lengua, se ofreció voluntaria y les deleitó con una pieza a violonchelo, que les puso la piel de gallina. Mientras ella bajaba, Gabi la vitoreaba en la fila de atrás. Algunos, creyéndose superiores o que sé yo, creyéndose gracioso, se burlaron de aquel extraño dúo: animador y música.

-No lo hag…

‘No lo hagas’ había querido decirle Laia. Pero ya era demasiado tarde,   Alexandra se había puesto de pie encima de una de las butacas, para que todo el mundo pudiera verla.

-¡BRAVOOOOOOOOOOOOO! ¡IMPRESIONANTE, MER!

Sus dos amigos se sumaron a esta. Menudo grupo hacían. Las risas y los murmullos callaron de golpe. Alex sonrió satisfecha.

-¿Queréis sentaros con nosotros? –ofreció Sergio.

Aquel dúo dinámico asintió y, dándoles las gracias, se sentaron junto a ellos. Otro timbre. Salieron a almorzar, los cinco juntos. Alex los observaba divertida. Eran raros. Muy raros. Por eso le gustaban. Su extravagancia. Su personalidad, quizá. Probablemente, fuera eso. Miró su reloj, y se levantó de golpe.

-Mierda, mierda.

-¿Qué pasa? –preguntó Sergio.

-Que tengo baile. En diez minutos. No me he cambiado. Mierda, si es que soy idiota.

Y dejándoles allí, con la palabra en la boca, salió corriendo. Se vistió en apenas dos minutos: unos leggins y una camiseta ancha, con un top debajo. Llegó a clase con dos minutos de retraso. Nadie lo notó. La hora fue insufrible: ella no sabía bailar. Quizá supiera mover un poco las caderas en una discoteca. Pero esto, le resultaba imposible. Gabi, que compartía clase con ella, intentaba ayudarla. Quizá necesitara algo más de práctica. Unos doscientos mil años más. Sí, quizá así mejoraría. Se rió para ella, mientras salía por la puerta. Un guiño de ojos, con segundas intenciones, la encabezonó todavía más. Alexandra decidió que ella iba a bailar. Si o si, costara lo que costara.

Horas después, estaba en su habitación con Laia, que reía mientras esta le contaba sus vanos intentos de bailar.

-Puedo ayudarte, el baile es lo mío –dijo la rubia, aún riendo.

-¡También es lo mío, oye!

Ambas rieron. Alex tomó su bolsa de deporte, y salió. ‘Estás loca, Alexandra. Estás loca.’ chillaba Laia  mientras esta, cerraba la puerta a sus espaldas. Corrió las cortinas y encendió las luces, iluminando toda una habitación llena de espejos. Puso la música, a un volumen lo suficientemente audible para ella. Miró las indicaciones que le había hecho Gabi en un papel, y comenzó. Pensó en Sergio. A él se le daba bien también bailar. Ojalá estuviera allí. Miró su móvil. Quizá si le enviaba un mensaje ahora, todavía lo pillaba despierto. No, aquello sería imposible. De lo que si estaba segura, era que necesitaba ayuda, urgentemente. No quería acabar rompiéndose la mayoría de sus extremidades en un intento de hacer un par de movimientos bien coordinados.

-Por favor, que alguien me ayude –dijo en una risa desesperada.

Y, como si alguien hubiera escuchado su plegaria, la puerta se abrió, dejando que unos ojos verdes, iluminaran la estancia.

-Creo que te vendrá bien un poco de ayuda, ¿no crees? Ninguno de los dos quiere que te desgracies.

Se sonrieron con complicidad. Alex, sin que él lo viera venir, se lanzó  a darle un fuerte abrazo. Aquel chico, aparecía cuando lo necesitaba.

-Gracias –susurró en su oído, de puntillas, mientras se separaba-. Y bien, ¿por dónde empezamos?

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!