Capítulo diez.

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-Alex -gritó Laia-, date prisa o llegaremos tarde.

Ella salió del baño soltando un bufido. Laia la contempló: hoy llevaba una camiseta de baloncesto, la cual seguramente había pertenecido antes a su mejor amigo, por dentros de unos vaqueros. Se calzó sus vans negras y le depositó un beso en la mejilla a Laia a la vez que cogía su mochila. Y, después de esto, salieron juntas hacia el comedor. Dado el poco tiempo que tenían, cogieron una magdalena y se dirigieron hacia una de las asignaturas que compartían. Alex resopló y miró su horario. Primera hora de la mañana: historia y geografía. Una asignatura que, para opinión de unos cuantos, debería suprimirse del programa. Pero, ¿qué pasaría con los jóvenes cuyo talento es redactar escritos históricos? ¿O aquellos que memorizan fechas, lugares, o incluso leyes, por puro placer? ¿Acaso el programa no se trataba de eso, de ofrecer un lugar a cada talento? Aunque eso, a Alexandra, no la consolaba. No tenía buenos recuerdos de las clases de Ciéncias Sociales,una vez se había aburrido tanto, que llego hasta, literalmente, quedarse dormida. Aún recordaba vagamente aquel día: los codazos de Sergio, los intentos fallidos de este por incubrirla y la regañina de aquella profesora. Rió por lo bajo mientras caminaba del brazo de Laia.

-¡Eh, esperad! -gritó Sergio haciendo que ellas se frenaran de golpe.

-Mira que eres lento, ¡cómo te gusta llegar tarde, eh! -dijo Alex con una sonrisa.

-Serás... -empezó él.

-¿Guapa? -arqueó una ceja.

-Guapísima -dijo él, a lo que ella respondió con un beso en la mejilla.

Llegaron entre risas a la clase dónde Alex, sin duda, desearía evitar. Un par de murmullos llamaron la atención de Laia: un nuevo profesor. Sin darle importancia, cogieron los únicos sitios libres qué quedaban. Primera fila. Alex se dejó caer y, seguidamente, resopló. Laia se sentó al lado de ella, sonriendo como una niña pequeña. Sergio lanzó la mochila a la mesa de detrás de Alex, riendo sin ninguna razón.  Ella levantó la vista, para encontrarse mirando directamente al profesor. Era alto, bueno, desde su punto de vista, todos lo eran. También tenía lo sojos azules y vivos, escondidos detrás de unas grandes gafas de pasta. Estaba nervioso, aunque intentaba  mostrarse lo más sereno posible. Alex soltó un resoplido justo cuando él empezó a hablar.

- El mundo está divido en continentes. Probablemente, solo veáis pedazos de tierra repartidos en unos aparentemente puntos estratégicos, quizá veáis una tierra lúgubre y sucia. No os culpo. El mundo que conocéis, está literalmente hecho mierda. Sus pilares se tambalean, dando tumbos, comosi no quisieran sostenerse, quizá se parecen a nosotros, en cierto modo. Pero no todo es así. Si os muestran elmundo con otros ojos, para poder contemplarlo con otra prespectiva, os aseguro que os parecerá hermoso. Os llegará a dejar sin aliento. No pretendo que os sepáis los nombresde cada uno de los países o que os sepáis una página de libro mal actualizada. Quiero que entendáis y penséis. Que podáis tomar vuestras propias decisiones, porque habéis tenido la oportunidadde manejar vosotros mismos la información. Quiero que aprendáis a mirar el mundo de otra forma, quizá tengáis que mirarlo del revés para entenderlo en su completa totalidad. Quiero que tengáis una opinión propia, argumentos para defenderla y una oportunidad de demostrar que esa utopía de una sociedad nueva, sea posible. Pero sobre todo, quiero que aprendáis a creer en vosotros mismos, porque vosotros sois el cimiento sobre el que están los pilares de esta sociedad. Me llamo Carlos, y seré vuestro profesor de Ciencias Sociales.

‘Los pilares se tambalean’, repetía una voz en su cabeza. Ella se quedó sin palabras. Jamás hubiera pensado que salieran aquellas palabras de la boca de un profesor. Jamás hubiera pensado que, quizá, ella si tuviera una oportunidad de cambiar el mundo. Ningún profesor les había dado pie a eso: una opinión propia, inculcada por uno mismo. Se sintió poderosa, por una vez en su vida. La clase había pasado volando, y en el último minuto levantó la mano apresuradamente.

-¿Sí?  -sonrió.

-¿Y no podemos sujetar entre todos los pilares? –ella se sonrojó.

La pregunta sonaba casi estúpida al escucharla en voz alta. Carlos sonrió, como si fuese la cosa más inteligente que había escuchado en años. Se le resvaló el bolígrafo por cuarta vez en aquella hora, antes de contestarle.

-Podemos hacerlo, pero quizá muchos quieran tumbarlos, y solo habrá un par de manos para sujetarlos. Y eso, por desgracia, no es suficiente.

El timbre sonó, y ella no quería que lo hiciera: había descubierto un nuevo mundo. Uno que nunca antes había imaginado. Se levantó y se giró hacia Sergio, le cogí la mano y, juntos, nos encaminamos a nuestra clase de música. Ella desvió la mirada hacia su mejor amigo que fruncía el ceño mientras miraba hacia la puerta. Ira. Su rostro estaba bañado en ira. Entonces supo que ocurría. Así que se dio la vuelta, puso la sonrisa más irónica que pudo, se encaminó hacia la figura que estaba junto a Hugo y escupió las palabras hacia la razón de sus pesadillas

-Hola, papá. 

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!