TERAS

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2103 Hs., 14 de septiembre

Celda del Alfa-182, Nivel A


La perorata de Shepard sonaba lejana, pese a que el doctor se hallaba a solo unos pasos de él. La baranda de metal casi se sentía cálida bajo las manos empapadas en sudor frío de Richard.

—Lo que está viendo, Hendricks, es una criatura capturada hace tres años en un bosquecillo al norte de Australia. No es sorpresa, en ese lugar hay toda clase de cosas raras. Si quiere saber más sobre la biología de este teras, deberíamos llamar a la doctora. —Se apoyó en la baranda—. ¡Emily!

El cuerpo del extraño animal era tan abultado como el de un hipopótamo, y su pelaje tapaba la totalidad de su piel. Su esquivo rostro quedaba relegado bajo los enormes cuernos que rayaban el aire sobre él. Intentó distinguir si la monstruosa mano que parecía nacer en el lomo de la criatura era en realidad un aparato montado sobre ella; pero resultaba cada vez más claro que la mano azulosa con ojos por nudillos pertenecía al mismo cuerpo pese a su tamaño colosal. Las cinco miradas se clavaron en Richard nuevamente, que se vio forzado a retroceder unos pasos para no sucumbir ante la impresión.

—¿Cómo está, doctor Hendricks?

La mujer del salón inferior había subido por la escalerilla a toda prisa. A diferencia de los guardias, vestía pantalones caqui, botas gruesas y una camisa verde remangada sobre la que le caía el cabello castaño.

—Hola, eh...

—Emily —completó la chica, con una sonrisa y un apretón de manos—. Emily Mills.

—La doctora Mills —empezó a decir Shepard— ha sido la bióloga encargada del nivel A durante cuatro años. La trasladamos casi apenas terminó el posgrado. Domina a la perfección todo dato sobre estos bichos.

Mills lucía bastante joven, aunque sus ojos claros denotaban experiencia y cansancio.

—Me informaron de su llegada, doctor Hendricks —dijo—, pero tenía entendido que sus deberes se localizarían en el nivel superior y en el C.

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