Capítulo 7

17 0 2
                                    

Los días pasaban de igual modo y lo único que a Selena le alegraba era la llamada diaria de su padre, aunque solo fueran un par de minutos, porque su madrastra enseguida le arrebataba el teléfono. Por suerte, solo quedaban cuatro días para que volviera.

Había organizado la buhardilla de tal forma que parecía casi un apartamento. Todos se habían volcado en llevarle de otras estancias lo que pudiera necesitar. Así, había alfombras que daban calidez al suelo, muebles varios y, por supuesto, todos los cuadros de su madre. Las lámparas de pie hacían parecer el techo más bajo, más acogedor, y el baño ya estaba arreglado. No tenía bañera, pero si una ducha que debía utilizar por la noche, pues sus hermanas agotaban el agua caliente cada mañana con interminables baños.

No le importaba tampoco. Ni siquiera que no la avisaran para comer. Al final, acabó comiendo en la cocina, con la señora Snipples, cuya función era ahora la de cocinera, ya que Giselle había despedido a la anterior, por su avanzada edad. Cada vez quedaba menos personal en la casa, al menos de los antiguos.

Incluso se empezaba a notar el ambiente algo más enrarecido. El administrador contratado por la nueva esposa del príncipe Dyon era muy estricto con los gastos, aunque no le importaba que las chicas se gastasen grandes cantidades de dinero en ropa o joyas. Mientras tanto, Selena no gastaba en nada. De hecho, solía aprovechar la ropa que desechaban sus hermanas para vestirse, arreglada a mano entre ella y la señora Snipples.

Ese día se despertó con una extraña sensación de angustia en el estómago. No pudo desayunar y comenzó las tareas que le había asignado el administrador. Según él, el verano y las vacaciones había que aprovecharlos, aunque no decía nada cuando sus dos hermanas estaban en la piscina tomando el sol. Los Leales eran pálidos de nacimiento y por mucho que se expusieran, no solían tener un color tostado. Pero a ellas les gustaba estar al sol, a pesar de todo.

Sin embargo, Selena, al ser mestiza, tenía un bonito color dorado claro en su piel, que resaltaba más el color de ojos y su cabello claro.

Después de acabar las tareas ensilló a Diamante y fue a pasear por el bosque, más allá de su finca. Ese día no tenía ganas de correr o de ir deprisa. Necesitaba el contacto con la naturaleza. Ojalá pudiera ver a esas pequeñas hadas de nuevo. De alguna forma, le relajaban.

Se sentó en uno de los árboles caídos que había cerca de un precioso claro. Se apoyó en una gruesa rama y cerró los ojos. Poco a poco, el sonido de los animales del bosque se fue introduciendo en su mente. Escuchó varios insectos que recorrían afanosos el tronco del árbol, preocupados por no ser devorados. Un pájaro que llamaba a su pareja para pedirle más comida para sus polluelos, un conejo que rumiaba una nuez mientras la observaba con detenimiento. ¿Cómo podía saber todo eso?

El aire de la mañana era fragante y le traía el perfume de la hierba ligeramente húmedo, la tierra revuelta por las lombrices y las pequeñas flores en forma de campana que crecían aquí y allá.

Sintió que estaba conectada con la naturaleza y cuando puso la mano sobre la tierra, un potente latido la sobrecogió, pero no la asustó. Era como si estuviera de nuevo en el vientre de su madre, protegida y feliz. Abrió los ojos y la percepción del bosque había cambiado. Ahora veía una especie de halo alrededor de cada hoja, de cada rama, de cada animal. Eran como chispas diminutas que salían de ellas y, además, los colores eran más vívidos, más brillantes.

Se quedó maravillada viendo el espectáculo. Toda la angustia que había sentido antes desapareció como por arte de magia y la paz y la tranquilidad se apoderó de ella. No sabía qué estaba pasando, pero le gustaba mucho.

Un ruido estruendoso la sacó de su ensoñación. Movió la cabeza como para despertar y escuchó. Eran los cascos de varios caballos. Diamante pifió y se acercó a la chica. Un jinete se acercó a galope y cuando se encontró con el caballo de Selena en el centro del sendero que seguía, frenó en seco y el hombre salió despedido por encima de Selena hasta caer en una zona de hierba y flores. Ella se levantó deprisa y corrió hacia el hombre, que yacía echado, sin moverse.

Se acercó a la figura caída. No era un hombre adulto, o no todavía, sino un adolescente. Su cabello castaño era largo, pues lo tenía sobre la cara y estaba con los ojos cerrados. Ella vio sus labios entreabiertos y sintió que deseaba besarlos. Claro que, no podía hacerlo. Apartó el cabello de su cara y luego le tomó el pulso. Latía algo desacompasado, pero estaba ahí. No sabía si se habría lesionado la espalda, así que no lo movió.

Siguió retirando el cabello. Era extremadamente guapo. Debería buscar ayuda. Intentó levantarse, pero una mano la retuvo.

—Puedes seguir acariciándome. —Una sonrisa canalla cambió su rostro y abrió los ojos. Eran de color gris claro, verdoso, color de la niebla cuando se posa sobre la hierba fresca.

—Oh, qué cara —dijo ella frunciendo el ceño. Se levantó y él hizo lo mismo, aunque con algo de dificultad—. ¿Estás bien?

—Si esto es morirse y despertar junto a un ángel, estoy de maravilla.

El chico se estiró. Era algo más alto que ella, aunque no demasiado. De porte elegante, solo podía venir del castillo del rey.

—Has tenido mucha cara en fingir que estabas desmayado —protestó ella.

—Al principio lo estaba —se defendió—, pero luego me desperté con unas suaves caricias —dijo acercándose a ella. Selena dio un paso atrás—. ¿Cómo te llamas?

—No te conozco, así que no tengo por qué decirte nada.

—Está bien «noteconozco», yo me llamo Henry. Encantado de conocerte, pequeña florecilla. Sí, creo que te llamaré así, florecilla.

—Oh, eres imposible —dijo ella alejándose de él. Henry la siguió.

—¿Vienes a pasear por aquí a menudo? Nunca te había visto.

—Puede. Normalmente no me alejo tanto, pero hoy...

—¿Te ha pasado algo?

Selena se encogió y acarició a su caballo. No le había pasado nada de lo normal, pero sentía que algo iba mal.

—Me tengo que ir.

—¿Vendrás mañana a pasear por aquí? —dijo él acariciando a Diamante también.

—Puede ser —dijo ella medio sonriendo. Él se la quedó mirando, prendado de su belleza natural.

—Entonces, nos vemos, pequeña florecilla.

Ella montó a caballo sin ayuda y se alejó a trote. Henry pensó que, si bien parecía delicada como una flor, no lo era en absoluto. 

CenizasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora