Un conocimiento correcto conduce a acciones correctas

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Ya mencioné que Sócrates pensaba que tenía por dentro una voz divina y que esa «conciencia» le decía lo que estaba bien. «Quien sepa lo que es bueno, también hará el bien», decía. Quería decir que conocimientos correctos conducen a acciones correctas. Y sólo el que hace esto se convierte en un «ser correcto».

Cuando actuamos mal es porque desconocemos otra cosa. Por eso es tan importante que aumentemos nuestros conocimientos. Sócrates estaba precisamente buscando definiciones claras y universales de lo que estaba bien y de lo que estaba mal.

Al contrario que los sofistas, él pensaba que la capacidad de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal se encuentra en la razón, y no en la sociedad. Quizás esto último te resulte un poco difícil de digerir, Sofía. Empiezo de nuevo: Sócrates pensaba que era imposible ser feliz si uno actúa en contra de sus convicciones. Y el que sepa cómo se llega a ser un hombre feliz, intentará serlo. Por ello, quien sabe lo que está bien, también hará el bien, pues ninguna persona querrá ser infeliz, ¿no? ¿Tú qué crees, Sofía? ¿Podrás vivir feliz si constantemente haces cosas que en el fondo sabes que no están bien?

Hay muchos que constantemente mienten, y roban, y hablan mal de los demás. ¡De acuerdo! Seguramente saben que eso no está bien, o que no es justo, si prefieres. ¿Pero crees que eso les hace felices? Sócrates no pensaba así.

Cuando Sofía hubo leído la carta sobre Sócrates, la metió en la caja y salió al jardín. Quería meterse en casa antes de que su madre volviera de la compra, para evitar un montón de preguntas sobre dónde había estado. Además, había prometido fregar los platos. Estaba llenando de agua la pila cuando entro su madre con dos bolsas de compra. Quizás por eso dijo: –Pareces estar un poco en la luna últimamente, Sofía. Sofía no sabía por que lo decía, simplemente se le escapó:

–Sócrates también lo estaba.

–¿Sócrates?

La madre abrió los ojos de par en par.

–Es una pena que tuviera que pagar con su vida por ello –prosiguió Sofía muy pensativa.

–¡Pero Sofía! ¡Ya no sé qué decir!

–Tampoco lo sabía Sócrates. Lo único que sabia era que no sabía nada en absoluto. Y, sin embargo, era la persona más sabia de Atenas.

La madre estaba atónita. Al final dijo:

–¿Es algo que has aprendido en el instituto? Sofía negó enérgicamente con la cabeza.

–Allí no aprendemos nada... La gran diferencia entre un maestro de escuela y un auténtico filosofo es que el maestro cree que sabe un montón e intenta obligar a los alumnos a aprender. Un filósofo intenta averiguar las cosas junto con los alumnos.

–De modo que estamos hablando de conejos blancos... Sabes una cosa, pronto exigiré que me digas quien es ese novio tuyo. Si no, empezaré a pensar que está un poco tocado. Sofía se volvió y señaló a su madre con el cepillo de fregar.

–No es él el que está tocado. Pero es un moscardón que estorba a los demás. Lo hace para sacarles de su manera rutinaria de pensar.

–Bueno, déjalo ya. A mí me parece que debe de ser un poco respondón.

–No es ni respondón ni sabio. Pero intenta conseguir verdadera sabiduría. Ésa es la diferencia entre un auténtico comodín y todas las demás cartas de la baraja.

–¿Comodín, has dicho?

Sofía asintió.

 –¿Se te ha ocurrido que hay muchos corazones y muchos rombos en una baraja? También hay muchos tréboles y picas. Pero sólo hay un comodín.

–Cómo contestas, hija mía.

–Y tú, cómo preguntas. La madre había colocado toda la compra. Cogió el periódico y se fue a la sala de estar. A Sofía le pareció que había cerrado la puerta dando un portazo.

Cuando hubo terminado de fregar los cacharros, subió a su habitación. Había metido el pañuelo de seda roja en la parte de arriba de su armario, junto al lego. Ahora lo volvió a bajar y lo miró detenidamente.

El mundo de Sofía-Jostein GaarderDonde viven las historias. Descúbrelo ahora