14| Ángeles Guardianes.

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Cap. 14| Ángeles Guardianes.

POV: Alma.

Me encuentro en la cocina merendando algo, cuando se repente suena el timbre.

Sé que es Abraham, así que con toda la calma del mundo termino de comer mis galletas.

Planeo hacerme la indiferente, total no somos nada. Pero aún me emputa saber que haya sido tan descarado en llamarme en pleno acto.

Al terminar me dirijo a abrirle, cuando el timbre suena por segunda ya estoy frente a la puerta.

Y ahí está él, noto que tiene la ceja y el labio partido, también un moratón en la mejilla izquierda.

Oculto mi asombro al verlo así.

«Y aún así sigue viéndose guapo el muy canalla» pienso.

—Hola—dice.

—Hola—respondo cortante, bloqueando la puerta.

Me maldigo mentalmente por no saber ocultar mis emociones.

Él alza una ceja.

—¿Puedo pasar?—dice intentando pasarme, pero no se lo permito.

—Puedes, pero no quiero—digo mirándolo mal.

Frunce el ceño.

—¿Qué sucede, Alma?—dice—Si estás enojada por no poder ayudarte en lo que sea que necesitaste ayer, lo siento. Estaba ocupado en un asunto.

Asiento lentamente mirándolo fijo.

—Claro, ocupado—digo—Me di cuenta de ello, justamente en el instante en el que gemiste de placer estando al celular conmigo—digo entredientes.

Trato de mermar el enojo que quiere salir a flote.

—¿Qué?—inquiere mirándome como si estuviera confundido.

Quien lo ve.

—Sí, el "Ahh, Danae" se escuchó fuerte y claro—digo.

Él me mira sorprendido.

—Alma, estás malinterpretando las cosas. Danae es sólo una paciente, ella estaba curandome—dice.

Oh, así que era eso. En parte me alivia que no haya sido lo que creí, pero ahora también siento algo más que enojo, y me da pena aceptarlo pero creo que son celos.

Aprieto los labios para no decir algo de lo cual sé que luego quedaré como para un circo.

—¿De verdad?—digo, «tarde, ya estoy hablando»—Dime una cosa, ¿también te coges a tu "paciente"?—hago comillas con los dedos. Está por responderme, pero hablo antes—¿Sabes qué? No quiero que me des explicaciones, olvida todo esto y ya.

No tengo porqué reclamarle y él no tiene que darme explicaciones. Tarde recuerdo que no somos nada y que ese beso en la playa sólo fue algo fugaz.

«Pero que me dejó con ganas de más» pienso.

Me adentro a la casa, muriéndome de vergüenza por ser tan bocota y tonta. Él me sigue.

—¿Acaso no notas los tremendos moratones que tengo?—dice, volteo a verlo y escudriño su rostro, entreabro los labios para preguntarle que fue lo que pasó, pero le doy la espalda otra vez, guardando silencio—¿Siempre planeas sólo olvidar las cosas?—dice—Esta vez no será así, Alma.

Volteo y lo miro con el ceño fruncido, al igual que él me mira a mí.

—Abraham, sólo demos inicio a la sesión—murmuro.

De su psicólogo a su novio © [#2] Donde viven las historias. Descúbrelo ahora