Capítulo 6

14 0 2
                                    


Selena ensilló a Diamante, su yegua, a primera hora de la mañana. Ni siquiera había amanecido y solo llevaba dos manzanas. Una para ella y otra se la dio a su montura, que la aceptó con alegría.

Se había puesto su pantalón de montar y una camiseta, con el cabello castaño al aire. Como casi todas las mañanas que podía escaparse, iba al bosque, buscando el Claro de Luna del que mil veces le había hablado su padre. La mañana de primeros de agosto era cálida y algo húmeda en el bosque. Las flores parecían desperezarse a ambos lados del camino desprendiendo un intenso aroma. Nunca el bosque había estado más hermoso y lleno de color que desde que ella se lo recorría.

Tras una hora cabalgando, paró en un pequeño estanque rodeado por rocas para que Diamante bebiera. Ella se sentó en la orilla. Alguna vez había pensado si ese estanque sería el que decía su padre, pero se lo había descrito de tal manera que no podía ser. El Claro de Luna era un lugar mágico y, este era bello, pero seguro que no tanto.

Removió el agua con los dedos y unas pequeñas chispas de luz salieron de sus dedos. Los sacó sorprendida, aparentemente seguían igual. Volvió a meterlos y de nuevo volvieron las luces.

—No sé qué pasa, Diamante. Esto es muy extraño —dijo hablando a su yegua que mordisqueaba tan tranquila el pasto.

Selena miró hacia arriba, en las rocas de donde salía el manantial y también vio las pequeñas luces, como luciérnagas, pero mucho más brillantes. Tenían el tamaño de un guisante y se movían de forma errática.

Ella las contempló sorprendida, pero, por alguna razón, no tenía miedo. Alzó la mano hacia delante y las luces se acercaron y se pusieron sobre ella. Parpadeó dos veces y cuando abrió los ojos la segunda vez, en lugar de luces, encontró cinco pequeños seres, del tamaño de una cerilla, mirándola y sonriendo, sentadas en su mano.

Selena procuró no moverse. Había escuchado sobre las hadas. Aunque ella pensaba que eran de tamaño humano. Decían que los Leales habían luchado contra los Tiznados hasta vencerlos, y que los Tiznados, o Luminosos, como se llamaban ellos, eran hadas. Claro que eso no era posible. No existían y, sin embargo... ahí en su mano había cinco pequeñas muñequitas, cuatro de sexo femenino y uno masculino, o eso le parecía.

—Hoola —dijo ella sin saber qué decir.

Los pequeños seres le sonrieron y se levantaron e hicieron una graciosa reverencia.

—¿Quiénes sois?

Ellos volvieron a sonreír y se alejaron volando detrás de las rocas. Selena se quedó mirándolos con pena.

—Buenos días, princesa —dijo una anciana mujer saliendo de detrás de la roca. Parecía muy mayor y llevaba una túnica color azul oscuro que le tapaba el rostro casi por completo. Las luces la rodeaban y giraban a su alrededor como si fueran su propio satélite.

—Oh, se confunde. Yo no soy princesa, mi padre sí lo es —dijo ella levantándose para saludarla.

—Eso está por ver, Selena. Siéntate. Veo que has conocido a mis pequeños. Estaban deseando encontrarte, aunque yo se lo había prohibido —dijo enviando una mirada severa a las luces que se agruparon en un lado.

—¿Por qué? —dijo sentándose.

—Ya hablaremos de eso en otro momento —dijo la anciana sentándose en una roca—. Dime, Selena, ¿eres feliz?

La niña la miró sin saber qué decir. ¿Era feliz? ¿Sin su padre o su madre? ¿Con su nueva situación?

—Sí —dijo ella. Lo cierto era que sí era feliz a pesar de todo. Aceptaba lo que le venía y sacaba provecho de la situación.

—Me alegro de que seas feliz. Selena, vienen tiempos duros y tal vez necesites compañía. Quiero que me prometas que cuando te sientas mal, vendrás a este estanque y hablarás conmigo. Mis pequeños te acompañarán, aunque solo tú puedes verlos. Ellos me informarán de cualquier cosa que te ocurra.

—Gracias, pero, ¿por qué solo yo puedo verlos? No lo entiendo.

—Hay muchas cosas que no te puedo explicar ahora. Todo llegará —dijo levantándose con cierta agilidad para ser tan anciana.

Selena la vio alejarse y dos pequeñas luces se quedaron junto a ella, dando vueltas a su alrededor

CenizasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora