Capítulo 5

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—Mira, Selena, he pensado que como has puesto tan bonita la buhardilla y para evitar que mis hijas estén discutiendo por compartir habitación, ¿qué tal si te ponemos la cama allí?

La chica la miró sorprendida. Ella tenía una preciosa habitación con los cuadros que su madre había pintado para ella, con una cama con dosel, como las de las princesas de los cuentos, y en los postes que sujetaba el dosel, se veían preciosas esculturas de animales y plantas que se enroscaban hasta formar una preciosa composición en blancos y dorados.

—Por supuesto, subiremos tus muebles y tus cuadros a la buhardilla. Así te sentirás como si estuvieras en tu habitación, pero mucho más grande.

—Señora, ¿el señor estará de acuerdo? —se atrevió a decir Snipples.

—Creo que se olvida de que ahora soy la señora de la casa. Recuérdelo —dijo ella mirándola furiosa.

Snipples se quedó en silencio. Esperaría a que volviera el señor. Ya llevaba semanas fuera y los cambios en la casa estaban siendo brutales, sobre todo, para Selena.

Después de llevar el piano y su cuarto de juegos, ordenador incluido a la buhardilla, lo siguiente había sido su habitación. La estaban desterrando poco a poco y aunque la niña no protestaba, Chavolier y Snipples estaban indignados. El primero le había comentado de pasada al príncipe que su esposa estaba haciendo cambios drásticos en la casa, pero él parecía estar de acuerdo. Ante eso, poco podían hacer.

Así que Selena vio como toda su vida pasaba a ser trasladada a la fría buhardilla. El señor Chavolier había ordenado que revisasen los burletes de las ventanas para que no entrase tanto frío y la chimenea ya funcionaba, pero la habitación era grande y no tenía calefacción como el resto de la casa.

Mientras tanto, Tersya se había apoderado de la espaciosa habitación de Selena y los nuevos muebles comenzaban a llegar. Todos los cuadros que había pintado Melissa se habían subido también a la buhardilla. Cada vez quedaba menos rastro de la primera esposa del príncipe Dyon, y nadie podía hacer nada.

El último golpe fue cuando Giselle despidió al señor Chavolier, el que había sido asistente del príncipe desde joven, con la excusa de que era ya muy mayor para llevar la casa. Un hombre, de unos cuarenta años, con aspecto de soldado, llegó entonces de Telenia para hacerse cargo de todo. Según dijo la señora, era su primo. Pero no se parecían en nada.

Selena parecía vivir en un mundo distinto. Se había abstraído de todo y pasaba las horas entre el bosque y la buhardilla. Muchas veces se olvidaba de bajar a comer, y la señora y sus hijas jamás la avisaban.

Había llevado la naturaleza al interior de la buhardilla. Todo estaba lleno de plantas que crecían de una forma espectacular, y parecía más un invernadero que un almacén, aunque seguía habiendo muchos cachivaches.

Habían colocado la cama al lado del piano, al igual que sus armarios. Como las paredes estaban tras muchos muebles, no pudo colgar los cuadros, pero los apoyaba en el suelo y podía disfrutar de ellos.

Todavía no se había decidido a visitar el despacho de su madre. Tenía la llave, pero había algo que la retenía. Tenía miedo. Miedo a descubrir que quizá ella no era la madre que había idealizado, esa con la que soñaba todas las noches, mirando las estrellas desde su propia cama.

—Algún día entraré —dijo en voz baja—. Pero no hoy.

El verano avanzó y su padre seguía sin venir a casa. Hablaba a menudo con él, aunque no tanto como quisiera. Ella jamás se quejaba, además de que siempre que hablaba, Giselle estaba delante. Solo podía hablar un par de minutos con él y ella le quitaba el teléfono enseguida.

La señora Snipples rabiaba mucho al ver eso, y esperaba a que volviera el señor para contarle todo lo que estaba pasando en esa casa. Ahora estaba asignada a la cocina. Ya no era la niñera de Selena, porque según Giselle, «ya no era una niña y no necesitaba a nadie que la acompañase». Así que, además, la niña no hablaba con nadie.

Seguía escapándose al bosque, a caballo y montando como una salvaje, buscando ese lugar mágico, con la esperanza de que allí, tal vez, pudiera saber algo de su madre.

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