NUEVO: Tap - Historias en forma de chat para tu 📲 . Disponibles en español
Obtenlo ya

En los días que siguieron, a Melanie le pareció que, sin darse cuenta, había bajado al infierno.

Tal como había supuesto que ocurriría desde que defendió a Amir de las burlas de Kyle, éste y los demás alumnos de la clase la habían destronado. Ahora, el propio Kyle se había autoproclamado rey, de la clase y del instituto, y, por lo visto, su principal ley era odiar, marginar y mirar por encima del hombro a Melanie Carter. La antigua reina. La que defendió a una persona procedente de otro país y con un color de piel distinto.

La que nunca, jamás, se había sentido superior a nadie.

Melanie intentaba consolarse pensando que, en pago por su buena acción y por lo que ahora tenía que soportar en clase, algún día volvería a ser feliz. Algo o alguien le devolvería la felicidad y la haría recordar por qué había actuado del modo en que lo había hecho.

Porque, aunque había ganado la amistad de Amir, había perdido la de sus amigas de toda la vida: Brittany, Melody y Brianna. El MBBM. Juntas habían formado siempre aquel club exclusivo al que nadie más tenía acceso; sólo ellas cuatro, que habían ido cultivando su amistad a lo largo de los años y que, casualmente, tenían nombres cuyas iniciales podían componer las siglas perfectas para su club. Para su irrompible amistad. Para su siempre eterna e imperecedera amistad.

O eso había creído Melanie.

Ahora era la marginada. La “sin-amigos”. La que sobraba. La que se sentaba junto al “moro de mierda”, tal como todos llamaban, sin molestarse en esconderlo o disimularlo, al recién llegado Amir.

Él se había convertido en el único amigo de Melanie. Y ella no sabía con seguridad si debía considerarlo como tal, pues lo conocía desde hacía poco tiempo. Desde el inicio del curso, concretamente, y sólo habían pasado diez días desde entonces.

Imposible conocer bien del todo a una persona en ese breve lapso.

En especial si se trata de una persona que sigue una religión y unas costumbres muy diferentes a las tuyas. Entre ellas, no mantener con una mujer más contacto del necesario. Ni siquiera siendo en términos de amistad.

Melanie no llegaba a comprender aquello del todo bien. ¿Se suponía que Amir no podía tener amigas? ¿No debía? ¿No quería? ¿Su única relación con el sexo opuesto sólo era posible habiendo un contrato matrimonial de por medio? Algo había escuchado sobre la religión islámica, pero no demasiado. En realidad, ignoraba más de lo que sabía, pues nunca se había interesado por el tema.

No era que Amir se mostrara distante con ella. Al contrario: la saludaba, hablaba con ella, le sonreía cuando se cruzaban por los pasillos… Pero nunca lo hacía habiendo otras personas delante. Cuando se hallaban en clase, Amir actuaba como el resto sin llegar a unirse a ellos: fingía que Melanie no existía, que sólo eran reales el profesor, la pizarra y sus apuntes, e incluso evitaba a la joven a propósito.

Sin embargo, si casualmente coincidían en el comedor, o en la puerta del baño, o en un rincón abandonado y olvidado del patio, y ninguno de sus compañeros de clase se hallaba presente, Amir no dudaba ni un segundo en acercarse a ella y entablar conversación.

Parecía que le diera vergüenza relacionarse con la “apestada” de la clase.

Y eso a ella le dolía.

Porque se había convertido en la apestada por él. Por quererlo ayudar, por sentir que aquella era su principal meta en la vida.

Era injusto que él se lo pagara de ese modo.

Aun así, Melanie intuía que no era correcto preguntarle acerca de ello. Que aún no tenían la suficiente confianza. Que quizá no llegarían a tenerla nunca, debido a la extraña actitud de Amir.

No obstante, había algo más… La chica no habría sabido decir de qué se trataba, pero había algo, muy intenso y muy fuerte, que la hacía sentirse totalmente desconsolada a causa de la indiferencia de Amir. Y no entendía por qué la afectaba tanto, por qué sentía como si su corazón estuviese sumido en una profunda tristeza, como si estuviera a punto de romperse en mil pedazos; pero estaba convencida de que, si hubiese sido otra persona, si no se hubiera tratado del muchacho árabe, a ella le habría dado igual que la ignorase.

Pero sí que le importaba. Y mucho. Especialmente cuando veía cómo aquellos ojos negros rehuían su mirada cuando ella los buscaba. Ni siquiera él, por quien lo había perdido todo, la apoyaba.

Melanie estaba sola.

Sin embargo, alrededor de tres semanas después del inicio del curso, sucedió algo que pilló a todo el mundo por sorpresa, en especial a ella.

Melanie se encontraba a solas en la clase, pues había sido la primera en llegar y sería la primera en irse. No había tardado en habituarse a aquella nueva rutina, tan solitaria y tan distinta a la que había llevado hasta entonces, pues las circunstancias la habían obligado a ello.

No esperaba que Amir resultase ser el segundo en llegar.

Ni que, nada más sentarse a su lado, comenzara a hablar apresuradamente,  con el agobio y el arrepentimiento pintados en la cara.

—Melanie —empezó—, te debo una disculpa. Una disculpa enorme.

Ella dejó de masticar el sándwich que estaba desayunando y, sin mediar palabra, lo observó con los ojos verdes muy abiertos. Él se lo tomó como una invitación a continuar hablando.

—Me he comportado de una manera horrible contigo estas semanas. He sido injusto contigo… Contigo, que lo perdiste todo por ayudarme a mí. A un completo desconocido por el que ni siquiera tendrías que haberte preocupado. Te lo he quitado todo y yo te lo pago ignorándote cuando hay gente cerca a causa de mi religión… No es justo.

Tenía razón. Los dos eran conscientes, y sabían que era inútil negarlo. Por ello, Melanie siguió sin abrir la boca y sin apartar sus ojos de él.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que habían empezado a llegar los demás alumnos. Ni de que se les quedaban mirando. Con asombro. Con repulsión. Con desprecio.

—Lo siento —confesó entonces Amir, bajando la cabeza a causa de la vergüenza que sentía—. Siento mucho haberte tratado así… Tal como tú me dijiste cuando me defendiste: no te lo merecías. Y haré cualquier cosa con tal de conseguir tu perdón.

Aquellas palabras enternecieron a Melanie. No sólo eso: la hicieron sentir feliz, plena, completa… Como si el sufrimiento de las últimas semanas estuviese siendo recompensado. Como si todo lo malo hubiese merecido la pena. Como si su corazón destrozado se hubiera recompuesto mágicamente.

Tras contemplar al chico árabe durante un par de segundos, Melanie soltó su sándwich, se limpió las manos, posó los ojos de nuevo en Amir y le dedicó una sonrisa.

—No te preocupes —le dijo con su suave voz—. No será necesario que hagas nada. Veo que estás arrepentido y eso, para mí, vale más que cualquier otra cosa que pudiera exigirte hacer para ganarte mi perdón. En realidad, lo obtuviste incluso antes de empezar a hablar —concluyó, riendo.

Amir levantó la cabeza, desconcertado por lo que estaba oyendo; la cálida sonrisa que Melanie le brindaba lo desarmó por completo. En su interior aletearon miles de sensaciones que ignoraba poseer, pero que, en las últimas tres semanas, habían estado muy presentes en su cuerpo pese a sus intentos por contenerlas. No era correcto que sintiera aquello. Su familia se escandalizaría.

Pero, en ese momento, Amir no fue capaz de pensar en su familia, en sus costumbres o en los cánones que imponía su religión. Sólo le importaban la dulce sonrisa de Melanie, sus brillantes ojos verdes, sus finas y delicadas manos, su sedosa y larga cabellera, la placidez que sentía cuando se encontraba a su lado al poder ser él mismo sin más…

Si lo pensaba mucho más, no sería capaz de hacerlo.

Así que dejó de pensar y actuó. 

Amir se inclinó hacia delante y besó a Melanie en los labios frente al resto de la clase.

Ojos negros [Completa]¡Lee esta historia GRATIS!