Capítulo 4

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La mujer, ya vestida de forma más informal, aunque elegante, entró a la biblioteca de su esposo, y puso la mano sobre su hombro hundido.

—¿Cómo se lo ha tomado, Dyon? —dijo ella comprensiva.

—No ha ido mal, pero habrá que tener paciencia. ¿Podrás tenerla por mí?

—Claro que sí. Sé que no soy su madre, pero intentaré apoyarla en lo que necesite. Además, ahora tendrá dos hermanas con las que compartir confidencias. Dale tiempo, se acostumbrará. Creo que, en un año, no la reconocerás.

—Gracias, Giselle, por hacerlo fácil —dijo él levantándose y acercándose para besarla. Ella puso el rostro en lugar de los labios y se apartó enseguida.

—No estamos solos —dijo con una pequeña risa.

—Claro, disculpa. Tengo que trabajar un rato. Hazte con la casa y dispón de lo que quieras o necesites a tu gusto.

—Perfecto, me gustará hacer algunos cambios, si no te parece mal.

—Sí, haz lo que consideres. Pasado mañana tengo que viajar a Estados Unidos, así que estaré varias semanas fuera. Solo te pido que cuides de mi pequeña.

—Por supuesto, no la perderé de vista —dijo ella saliendo del despacho.

Era perfecto que se fuera, porque así haría las reformas que la casa necesitaba, entre ellas, quitar esos coloridos y horribles cuadros de florecitas tontas y animales. La casa de un príncipe y quién sabe si futuro rey, tendría que estar acorde a su linaje y no parecer una casita de muñecas.

Ella se veía como reina de Vlatvia. Su madre siempre supo que llegaría lejos y la había educado bien. Primero se casó con un marqués, que, aunque más mayor que ella, le hizo dos hijas. Después, un príncipe y la verdad, que él era muy atractivo, aunque no era eso lo que más le atraía de él. Gracias a ella, conseguiría hacerlo rey, ahora que no tenía esposa Terránea. La dignidad de su casa haría que cambiase todo.

Selena se despidió de su padre con lágrimas en los ojos, mientras las hijas de Giselle parecían muy tristes también. Cuando el coche de Dyon salió de la verja, ellas callaron de inmediato y sonrieron. Se acercaron a la compungida adolescente.

—¿Qué hay por aquí cerca? ¿Algún vecino guapo? —dijeron rodeando a la chica.

—No lo sé, no salgo de casa, excepto para ir al colegio.

—Qué aburrido —dijo Tanya—. Tendremos que buscarnos nuestro propio entretenimiento.

—Vamos, niñas, cambiaros, nos vamos de compras a la ciudad. Necesito cambiar de aires.

Selene miró a su madrastra esperando una indicación de si se cambiaba o no, pero ella cogió a sus dos hijas de los hombros, por lo que entendió que no era así. Seguramente necesitarían un tiempo para ellas y, en realidad, se alegraba. De momento no quería ir a ninguna parte. Había estado muy pocos días con su padre y ahora se volvía a marchar.

La señora Snipples la tomó de la mano. Si no fuera por ella, se sentiría muy sola. La mujer llevaba once años cuidándola y, aunque vivía en una pequeña casita tras el bosque con su esposo, no tenía hijos y, por ello, Selena era como su propia pequeña.

—¿Te apetece ir a tocar el piano? —le dijo amablemente. Selena asintió. Mientras tocaba sentía que todo era posible, que entraba en un mundo distinto donde su madre estaba con ella y todos vivían felices. Eso se había acabado.

Entraron en el salón donde se encontraba el gran piano y comenzó a tocar. Incluso el abundante servicio hacía una pausa en sus habituales trabajos para escuchar la delicada melodía, casi embrujadora, que salía de sus dedos. Solía tocar sin partitura, solo dejándose llevar. Ni siquiera apuntaba las notas que creaba en cada momento. Era su momento de esparcimiento y lo disfrutaba enormemente.

—¡Selena! —se escuchó un grito y ella se sobresaltó, acabando bruscamente su melodía. Se volvió hacia su madrastra que estaba en la puerta disgustada.

—¿Sí, señora?

—No puedes estar tocando todo el tiempo, los sirvientes se distraen. Trasladaremos el piano a la buhardilla, allí podrás tocar todo lo que quieras. Ya lo he ordenado.

—Pero, señora...

—Es mejor para ti, así nadie te molestará —dijo ella acariciando el suave cabello de la niña—. Además, una vez que se despejen los trastos, tendrás muy buena acústica.

—Gracias, señora —dijo ella y la señora Snipples frunció el ceño.

—Ah, y no me llames señora, llámame madre.

Giselle se volvió y salió con sus hijas hacia el coche lujoso que su esposo había puesto a su disposición.

Selena se volvió hacia la señora Snipples con lágrimas contenidas.

—Tranquila, hablaré con tu padre. Esa mujer no hará lo que le dé en gana.

—Pero padre ha dicho que puede hacerlo —dijo Selena disgustada.

—Tú eres su hija, no pierdas la esperanza. Nunca la pierdas.

La señora Snipples recogió los libros de partituras, porque cuatro apenados mozos de la casa iban a trasladar ya el piano. No era uno demasiado grande, así que con algo de esfuerzo, lo subieron a la buhardilla, donde se acumulaban muebles antiguos. Era más pequeña que los pisos aunque bastante diáfana, aunque sí había un cuarto cerrado por paredes que la madre de Selena había arreglado como su despacho privado, además de un sencillo servicio de tres piezas.

Algunos de los sirvientes comenzaron a retirar muebles y a arrinconarlos, dejando una superficie suficiente para que pudieran poner el piano. Las ventanas inclinadas dejaban ver un día nublado, como sus pensamientos. Quizá ese lugar fuera su nuevo sitio favorito, lleno de cachivaches y polvo, pero solo suyo. Seguro que a sus nuevas hermanas no les interesaría subir allí.

Colocó las partituras en una estantería a la que le faltaban las puertas, al lado del piano, pero poco le importaba. Al menos allí podría tocar lo que desease. Tal vez podría colocar algunas plantas en el alfeizar de los enormes ventanales inclinados que ocupaban la pared sur y la pared norte. Se filtraba algo de frío allí, pero uno de los sirvientes descubrió que, tras varios armarios, había una chimenea.

—Señorita Selena, si lo desea, puedo mandar que reviesen si funciona y no está atascada —le dijo el señor Chavolier. Ella asintió.

Cogió una de las escobas y comenzó a barrer junto a los otros tres empleados que estaban adecentando el lugar. La señora Snipples encontró una tira de luces led de antiguas Navidades y le dijo a uno de los chicos que las colgara por la zona superior del piano. Cuando las encendieron, Selena aplaudió encantada y todos, a pesar de que sentían gran pena por las circunstancias de la niña, sonrieron por verla feliz. 


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